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    La cultura de arriesgar la vida propia y ajena en moto

    Pese a los controles, los accidentes dejan secuelas irreversibles y en muchos casos han terminado con la vida de quienes las conducen sin respetar su propia existencia. El horario de salida y entrada de las escuelas es el más riesgoso para circular. La Guardia del hospital invierte la mayor parte de su presupuesto y recurso humano en las víctimas. La cultura de la “justificación” está instalada y las alternativas que aparecen en el horizonte van desde una reforma al Código Penal a la resignación de aceptar lo que sucede como cotidiano.

    8 de abril de 2015 | 16:30
    La cultura de arriesgar la vida propia y ajena en moto

    Quien conduce un auto culpa a los motociclistas; los peatones apuntan a los rodados; las bicicletas son vetustas aun para quienes pueden usarlas como alternativa para no contaminar y hacer ejercicio saludable…  y todos creen estar asistidos por la razón a la hora de circular sin cumplir las mínimas normas de respeto por la vida propia y la ajena.

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    Entre todas las conductas, la que más llama la atención es la que naturaliza la justificación de someter a niños al riesgo de muerte sobre todo en las denominadas “motos colectivo”, en las que se ha llegado a contar hasta cinco personas a bordo.

    Aunque todas las gestiones municipales han intentado planes de concientización o implementado controles, las consecuencias se miden por decenas en el libro del diario de guardias en el Hospital.

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    Lesiones leves o graves no distinguen sexo, edad ni clase social. Aun con las derivaciones a las clínicas privadas, son la salud pública, las fuerzas de seguridad y los bomberos quienes agotan todos sus recursos con una frecuencia que a veces se mide por horas. Sí, por horas.

    A veces en el ingreso al sector de Urgencias “chocan” los heridos procurando una pronta atención tras haber protagonizado un accidente. Se escuchan insultos, acusaciones pero es poco frecuente el mea culpa: “si hubiese llevado casco”; “no debería haber puesto al nene adelante”; “estacioné mal y al abrir la puerta no miré para atrás, y venía un hombre en bicicleta”; “por qué iba tan rápido si no era necesario”; “no me di cuenta de la velocidad que había levantado”… Nada de eso.

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    Por el contrario: “Es que si no llevo los chicos no tengo con quién dejarlos”; “esa piba es una maleducada que siempre va a fondo con la motito que le compraron para los 15”; “cómo va a cruzar esta vieja por la mitad de cuadra”; “por qué me piden la documentación de la moto y no detienen al otro que anda con el escape libre y corriendo picadas sin casco”; “se llevaron  mi moto y ahora cómo hago para ir a trabajar”… Estas excusas son las que se esgrimen muchos a la hora de no hacerse cargo de la conducta propia.

    A ello se le suma uno de los negocios más rentables para algunos estudios jurídicos, que se dedican a apostar personas que ofician de informantes para luego adueñarse de juicios que nunca devuelven la vida ni la salud a las personas.

    Puede ser asesinato
    Lo más fácil es culpar, señalar, denunciar o “escrachar”, pero aun los medios no encontramos el modo de generar una corriente de reflexión que ayude a entender que, aunque haya acción represiva y sanción, es cada madre o padre el que decide qué día somete a sus hijos a riesgo de muerte, ya sea dotándolo de un ciclomotor sin exigirle que circule de acuerdo a las normas y protegiendo su cabeza o montándolo al vehículo siendo bebé.

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    Parece absurdo plantear el tema en términos de suicidio o asesinato; pero qué figura legal es la que encuadra a quien con extrema negligencia lleva a bordo de una moto a un niño de meses o recién nacido como paragolpes.
    El Código Penal tipifica como homicidios culposos a los que ocurren cuando por impericia o negligencia alguien provoca la muerte a otro sin que haya sido su propósito.

    “Las Madres del Dolor”, mujeres que han perdido sus hijos en accidentes de tránsito,  están solicitando cambios en el artículo 84 del Código Penal para que se aumenten las condenas previstas para los victimarios. La pregunta que surge para el caso que nos compete en San Pedro es cuál es, o debe ser, la tipificación penal para quien sin pretenderlo ocasiona la muerte a otro o si es más adecuada la intervención sobre los adultos que deben asumir su responsabilidad sobre las decisiones que toman cada vez que deciden tomar su auto para circular sin asumir una conducta responsable. Aún así sería difícil revertir la cultura arraigada del riesgo constante.

    Los números y las fotos
    La estadística del Hospital es sólo una parte de los números que se manejan ya que muchos accidentes no llegan a ser registrados cuando se tratan de episodios leves. Este semanario cumple hoy 23 años y recuerda dos dolorosos casos que, según se pensó a principios de la década del 90, iban a servir como el “nunca más” de picadas y accidentes. El primero de ellos fue el fallecimiento de un menor de 15 años que rodó tras un accidente desde la intersección de calle Mitre y Quiroga hasta la altura de la Biblioteca cuando circulaba a bordo de una Honda Dax. Su familia jamás pudo recuperarse de esa pérdida. El otro, estuvo dado por una persecución a jóvenes baraderenses que habían venido a festejar un cumpleaños en San Pedro; fueron perseguidos por varias motos y desde una de ellas salió un disparo que dio en la sien de un chico de tan solo 16 años que agonizó varios días y se apagó enlutando a otra familia cuya vida cambió para siempre.

    Era inimaginable por entonces pensar que muertes que estaban en primera plana,  pasarían dos décadas después a la página 20 y como simples hechos policiales.
    En 2014, un accidente múltiple les costó la vida a nueve jóvenes en la ruta 1001. En 2015 una mujer perdió la vida cuando circulaba sin casco por la misma vía; más tarde otro joven murió en un accidente de moto, después una pequeña arrollada en el Camino al aeroclub y por último una anciana que cruzaba la calle falleció tras ser embestida por dos menores que circulaban también en moto. Ese febrero hubo cuatro víctimas fatales de accidentes de tránsito.

    Son décadas de muertes evitables in crescendo. Décadas de lesiones que se curan en un cuerpo joven pero se sienten como irreversibles con el paso de los años.

    Quienes las sufrieron lo saben y lo padecerán aún más al llegar a la vejez con limitaciones físicas.

    Sólo citamos estos casos como testimonio de la instalación y naturalización de la irresponsabilidad.

    Naturalizar la impunidad
    Tal vez la muestra más clara de jactancia se dé los fines de semana cuando muchos vecinos se quejan porque casi un centenar de motos se reúnen todos los domingos sobre Lucio Mansilla a la altura de Sadiv para correr picadas sin las más mínimas condiciones de seguridad. De allí, y como héroes, se trasladan al centro de la ciudad para desfilar por Mitre o Pellegrini al ritmo de la contra explosión sin tomar en cuenta al prójimo. En alguna oportunidad hasta han esgrimido armas de fuego para efectuar disparos a modo de festejo.

    La escena es trágica, un verdadero desafío con muestras de desprecio a la convivencia y a la propia vida.

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