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miércoles, abril 14, 2021

La batalla del cerdo

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Adolfo Bioy Casares, escritor argentino que lamentablemente se perdió en el imaginario hasta llegar a ser casi parte del mítico Borges, escribió hace varios años un libro que se llamaba “La Batalla del Cerdo”. En él pintaba una sociedad de jóvenes que, acuciados por la desesperanza, la injusticia y los males sociales, se dedicaba a cazar ancianos a quienes consideraban en cierta medida responsables de seguir ocupando un espacio y de haber hecho posible la desesperanza reinante.
Cruel e inhumano como parece el tema, tal vez podría servir para una reflexión más profunda. El mundo en que viven hoy gran parte de los jóvenes es también fruto de las actitudes individuales de los que pasamos por la vida sin querer hacernos cargo de las consecuencias de nuestros actos. La historia del mundo en el último siglo nos está enrostrando nuestra falta de compromiso y, sobre todo, nuestra falta de reflexión al momento de actuar. Búsqueda individual de riqueza y acumulación de bienes innecesarios, proliferación de armamentos, sucesivas guerras inexplicables, contaminación de la atmósfera y las aguas, extinción de miles de especies animales y vegetales, contenidos educativos hipócritas porque no educan en lo más importante, que es el aprender a pensar, reemplazo de los principios hipocráticos de la medicina por ganancias sin límite para los laboratorios que son los amos y producen sustancias que sólo mucho tiempo después se descubre fueron criminalmente responsables de efectos nocivos para la salud, ante un silencio cómplice de los médicos, pérdida del sentido de la justicia a favor de astucia de abogados, con abundantes arreglos extrajudiciales que no dejan sentada jurisprudencia y permiten que criminales de guante blanco sigan causando daño, creación de costosos foros internacionales que no cumplen su rol y bajan la cabeza ante el más poderoso, actividades políticas espurias y a sabiendas mentirosas, instituciones vergonzosas donde se tejen complicidades y negocios, aniquilación de cualquier grupo humano que haya osado tratar de cambiar el “sistema” (nombre con que se conoce a la inmunda relación de poderes reinante), religiones preocupadísimas en acumular bienes materiales y con enfoque principal en la actividad sexual de sus adeptos, pero no con el comportamiento humanista, y podríamos continuar.
El mundo es responsabilidad de todos y también en gran escala lo son los medios de comunicación que gozan mostrando lacras pero rara vez hacen un trabajo serio de denuncia de las causas profundas de tanto mal. Con todo esto a la vista, no es de extrañar el creciente número de ataques a ancianos para robarles sus magras pertenencias, como está ocurriendo últimamente en Argentina. Los ancianos son más indefensos, generalmente menos desconfiados y lentos de reacciones, lo que los constituye en la presa perfecta y menos riesgosa. Son, en su mayoría, sobrevivientes a tanto vaivén económico que, casualmente, benefició a los menos, quienes seguramente viven en protegidas áreas, a resguardo de jóvenes violentos. Son los que “trabajaron toda la vida” y cuentan los centavos de su jubilación para llegar a fin de mes, lo que hace el ataque doblemente injusto y cobarde.
Los verdaderos “Cerdos” lucen espléndidos, suntuosos, intocables. Sus numerosos delitos jamás serán ventilados en ningún tribunal popular. Mientras las cárceles amenazan con estallar de delincuentes de poca monta, la droga hace estragos en barrios marginales, llevando a jóvenes a cometer delitos sólo para asegurarse la próxima dosis, desprovistos de modelos de dignidad en quienes inspirarse, viendo a sus victimarios ocupar bancas, dirigir empresas, lucirse ante las cámaras con rostros tersos, sin arrugas, sintiendo que sus vidas ya están hipotecadas antes de siquiera poder comenzarlas.
Entonces, se comienza a discutir el límite de edad para fijar la imputabilidad, y lo hacen con total frialdad, sin sentirse para nada responsables de cada uno de esos jóvenes marginados que llegan al delito no por ser intrínsecamente malos, sino porque uno de los países con más recursos naturales disponibles, estuvo demasiado ocupado quemando bosques para plantar soja, no sea cosa que vaya a faltar combustible para que se pueda seguir contaminando el aire y atropellando inocentes, y no se ocupó de sus hijos más débiles, más vulnerables.
María Luisa Etchart

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