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sábado, mayo 8, 2021

Jorge Benozzi: la vida “sin anteojos”

Tras varios años de investigación y gestiones, el oftalmólogo sampedrino Jorge “Pulga” Benozzi instala en el mercado argentino un medicamento que reemplaza el uso de anteojos en casos de presbicia. El tratamiento fue patentado en Europa y Estados Unidos en 2003 y la semana que viene será presentado oficialmente por la Sociedad Argentina de Oftalmología.

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Las calles de San Pedro lo conocen como “el Pulga”. El mundo lo conoce como el Doctor que logró eludir los anteojos cómo obstáculo entre lo que apunta la pupila y el objeto que percibe el cerebro, los anteojos “de aumento”. Jorge Benozzi es médico oftalmólogo y tras una larga batalla logró penetrar en distintos países con un tratamiento sencillo y casi “mágico” para quienes comienzan a perder paulatinamente la visión.
El medicamento que acaba de patentar en Argentina y que será presentado oficialmente el 25 de Agosto en la sede de la Sociedad Argentina de Oftalmología, ya ha saciado la impaciencia de los que por distintos motivos –generalmente anquilosamiento del músculo que facilita la conexión con el estímulo cerebral– van perdiendo paulatinamente la visión aumentando periódicamente la graduación de los cristales de sus anteojos.
Sólo un puñado de amigos argentinos y algunos colegas lo alentaron a continuar los trámites para hacer de la “pulgota” –la conjunción que un conocido vecino hizo de su sobrenombre con el frasquito de la poción mágica– una herramienta que devuelve a hombres y mujeres la capacidad de activar la visión naturalmente.

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Mi hijo “el Doctor”
El Doctor Benozzi nació en San Pedro y cursó sus estudios secundarios en el viejo Colegio Nacional, donde pasó horas inolvidables como un alumno “inquieto, divertido y de aquellos que pasan dejando huellas”, según relató un ex profesor. El sobrenombre “Pulga” lo identifica en la patria chica más que el apellido. En el año 1970 se instaló en Buenos Aires para cursar en la UBA la carrera de medicina, que terminó en 1976.
En 1978, ya especializado en oftalmología, trabajaba en el Hospital Durand y recibió la posibilidad de especializarse en Bélgica, que por esos años era un centro de referencia en la medicina oftálmica, donde Jules Francois intentaba articular las investigaciones que paralelamente se desarrollaban en EE. UU. y la Unión Soviética.
Sorteando las dificultades del idioma que no conocía, ya que según relató entre risas “sólo sabía decir bon jou”, Jorge Benozzi estudió, investigó al lado de Francois, y se transformó en uno de los principales referentes sobre las enfermedades de la vista.
En 1981 volvió a la Argentina, enviado por la propia Universidad de Gantes, Bélgica. Aquí permaneció hasta 1984, año en que volvió a Europa, para trabajar y estudiar en Francia. En 1987 regresó a nuestro país y se instaló definitivamente con su familia, aunque mantiene una relación profesional constante con el viejo continente, ya que durante veinte años atendió pacientes y practicó cirugías en España y Francia. Hoy, continúa viajando cada cuarenta días a las Islas Canarias, donde ofrece su servicio profesional.
Este hijo dilecto de la ciudad tiene una relación importante con el paisaje sampedrino, del que formó parte durante su juventud. El Club Náutico lo tuvo como un destacado deportista en las canchas de basquet, voley y en actividades gimnásticas en cajón y colchoneta. Sus profesores de entonces lo recuerdan como un atleta predispuesto y colaborador.
Sus amigos de la infancia son sus compañeros de la adultez. Cada Jueves, Benozzi llega hasta San Pedro para compartir una cena entre amigos, anécdotas, asados regados con buen vino y buen humor. “Es un tipo inquieto, un gran luchador, un amigo de fierro”, dicen quienes comparten la mesa de la amistad. “El Pulga”, como lo conocen desde chico, debe su apodo a su condición física de aquellos años. “Era flaquito, por eso le decíamos así”, contó uno de los integrantes de su grupo de amigos.
Su familia ha sido siempre un puntal importante en la vida profesional del oftalmólogo. Su familia, especialmente sus hijas –una de ellas oftalmóloga, como él, y otra estudiante de arquitectura naval– estuvieron siempre al lado de sus aventuras científicas.

Invento revolucionario
La presbicia es una enfermedad que se agrava con el paso del tiempo. Para “ver bien”, el ojo pone en marcha un mecanismo que hace variar el espesor del cristalino, aumentando su potencia. Eso se produce a través de la acción del músculo ciliar, que, como todo músculo, pierde elasticidad con el paso de los años y afecta la flexibilidad del cristalino, haciendo disminuir la visión a corta distancia.
Los síntomas aparecen entre los 40 y 50 años de edad: hace falta separarse de lo que se lee o de la tarea que se realiza y se necesita cada vez más luz para leer. La situación suele ser chocante para quien la padece, porque suelen ser personas que nunca usaron lentes y descubren un rápido y progresivo deterioro en su visión cercana, lo que obliga a aumentar constantemente la graduación de sus cristales. Benozzi trabaja en la solución de esta afección desde sus años en Bélgica: “En aquellos años no pensábamos en el perjuicio que podía ocasionar el uso de anteojos para el tratamiento de esta enfermedad y estábamos contentos de poder solucionarlo así”, relata el Doctor. “Por esa época ya existían medicamentos que podían solucionar la presbicia, pero se usaban para otras cosas”, explicó. En Argentina, con el Profesor belgoargentino Victoria, comenzó las investigaciones.
“En 1999, 22 años después, cuando comencé a padecer presbicia, se me ocurrió que esa droga que había utilizado para curar otra enfermedad y que provocaba un mejoramiento de la visión cercana pero que empeoraba la visión de lejos y de media distancia, podía ser la solución. Si lograba modificar la acción del medicamento para que no empeorara la visión de lejos y de media, manteniendo la función para ver bien de cerca, podría evitar el anteojo y ver cómodamente en todas las distancias como cuando era más joven. Ese mismo año logré el objetivo y comencé a tratarme a mí mismo, a mis colegas y amigos con una mezcla de medicamentos que ya se usaban en la oftalmología desde los años 60 para tratar otros problemas”, relató el profesional.
Los resultados se vieron rápidamente: los pacientes no sólo dejaban de usar anteojos, sino que la presbicia, que es progresiva, se detenía. En 2003, la Universidad de León, España, convocó al sampedrino para asociarse y costear los gastos para patentamiento y desarrollo del colirio. En EE. UU. y Europa, a través del European Patent Office, la “pulgota” está patentada a nombre de su inventor.
Ahora, el próximo 25 de Agosto, el Dr. Jorge Benozzi –cuyo curriculum como médico y científico sorprende a cualquiera que lo lea— presentará junto a miembros de la Sociedad Oftalmológica Argentina y la Fundación Argentina de Glaucoma el revolucionario invento, que podrá ser utilizado en Argentina tras largos años de disputas por la autorización de un procedimiento que atenta contra intereses creados en torno al negocio de las lentes ópticas, ya que evita la necesidad de anteojos para una afección muy común entre los adultos.
El sampedrino cedió a la Fundación Argentina de Glaucoma los derechos para los procedimientos de logística y organización de los médicos que deseen utilizar el tratamiento.

Vista libre
Para muchos de los que accedieron al tratamiento experimental la vida ha cambiado. Ese es el caso de la señora A, lectora empedernida y escritora. Tras la primera consulta, no lo dudó y por desconfianza cruzó la calle y probó leer el menú de un restaurante cercano a las oficinas de Benozzi. Levantó la vista, miró al mozo y le indicó claramente qué comida había elegido.
El señor M, hace más de dos años que abandonó sus anteojos, pese al largo tiempo que pasa frente a la computadora.
“El secreto es evitar la facilidad de volver a calzarse los anteojos”, dice Benozzi a sus pacientes, a la vez que los incita a ejercitar constantemente el músculo que provoca el estímulo cerebral necesario para tener una visión “como a los 20 años”. El nombre de ese colirio que ya han probado los que se animaron a formar parte del grupo experimental ha servido para alimentar varias humoradas que van desde la “Pul-Gota” a la “Pull-Drop” que suena más atractiva para todo público. El 25, en el auditorio de la Sociedad Oftalmológica Argentina, además de mirar podremos ver con “ojos libres”.

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