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    Jaque mate al abandono

    Los bulevares, la peatonal, los barrios, la basura, la indiferencia, la violencia, la noche brava, las peleas, las reyertas, los accidentes y la decadencia están en la lista de una ciudad que se ha resignado a vivir de manera restringida. De la inseguridad a la desidia, cada grano de arena suma.

    19 de agosto de 2015 | 17:01
    Jaque mate al abandono

    Cuando la excusa de la falta de dinero justifica todo, la población se desentiende y luego se acostumbra. Los hechos violentos de los fines de semana se cuentan por decenas en la Guardia de un hospital abandonado a su suerte o en los mediodías de domingo con secuelas de borrachera. El expendio de alcohol a menores es moneda corriente y la precariedad en la que funcionan los locales de diversión nocturna son parte del paisaje que encuentra la debilitada patrulla de inspectores y policías que a veces por sólo intentar separar a los violentos en una reyerta termina involucrada en denuncias de las que luego no les es fácil salir. Ejemplos son los que sobran. El pasado fin de semana la esquina de 3 de Febrero y Mitre volvió a ser escenario para los violentos. A pocos pasos y en Belgrano y Boulevard Moreno un choque terminó con dos bandos de jóvenes a las piñas, un policía insultado y golpeado. En esa misma madrugada dos bares que violaban la ley de venta de bebidas alcohólicas y presencia de menores fueron clausurados.

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    Casi llegando a la mañana del domingo dos jóvenes ingresaron de urgencia al Hospital con heridas de arma blanca simplemente porque en un bar quisieron ayudar al padre de uno de ellos a echar a los presentes, en estado de ebriedad, para cerrar sus puertas. Uno quedó en terapia intensiva con heridas graves ante la impávida presencia de la carpa “de protesta”, que se cae de vergüenza en el acceso al sector de emergencia.

    En cuatro párrafos la desgracia de acostumbrarse a vivir con miedo y a dejar en manos de terceros la vida de los menores por los que luego se llora en las salas velatorias. En lo que va del año, varias son las muertes que pasaron desapercibidas y muchas más las lesiones permanentes que tendrán víctimas de accidentes de tránsito en los que los adultos provocan el ejemplo transitando con dos o tres niños y sin casco.

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    A la hora de buscar causas, razones y responsabilidades aparecen todas las quejas. Contra inspección, contra el municipio, contra la policía, contra la justicia, contra los adultos, contra los chorros, contra los asesinos, contra…

    El gran basural
    Tal vez una recorrida por todos los rincones de la ciudad no venga mal para percibir el correlato de una sociedad cada vez más acostumbrada a dormirse entre la basura, el barro y la propia mugre. 

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    Quien camine por los bulevares no tardará en comprobar que comerciantes y vecinos eligen los canteros como cestos para sus bolsas de residuos.

    La menor presencia de la empresa de limpieza no es justificativo para una conducta que en todo caso los describe como demasiado preocupados por “sacarse la mugre de encima”. No son personas sin recursos ni que quieran ser tildadas de maleducadas. Son simplemente los que sin saberlo se entrometen en el “síndrome de la ventana rota”, aquél que da origen a varias teorías criminalísticas.

    Por algo se empieza: dejar la basura es generar que muy pronto haya más basura hasta que todos acaban dejando su basura en ese lugar. Así se ve al menos en los caminos que conducen a barrios privados, a barrios marginales y por supuesto al basural. Pasan, miran y dejan la bolsita. Un día llegan con un acoplado y derraman la carga. Más tarde llegará la podredumbre y por último las enfermedades y la contaminación.

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    El mismo síndrome se expande cuando una ventana no se repara. Quien pase por allí no tendrá reparos en romper otro vidrio, luego romper el resto de las aberturas y un día ingresa al lugar, se queda, prende fuego para calentarse y genera el clima para que otros hagan lo mismo. El saqueo se hace constante y, como no hay sanciones, todo está permitido.
    Así como la mayor parte de la población se acostumbró a vivir tras las rejas, tarde o temprano se termina adaptando a condiciones cada vez más denigrantes para la vida en sociedad.

    De la Peatonal al campo
    Las calles que el Municipio no repara desde hace más de una década ya son depósitos. No solo las que rodean el centro, sino las de las casas más sólidas, donde cualquiera puede dejar un vehículo abandonado que luego sirve de recipiente. Eso sí, para entonces ya le han quitado ruedas, tableros, cables y otros elementos que pueden ser vendidos apenas por un puñado de monedas.

    No hay grúa para levantarlos. Tampoco hay voluntad de denunciarlos porque no hay quién los escuche. Un ejemplo claro de resignación son los ruidos molestos. Ya no se escuchan quejas porque, pese a que cada vez son  más estridentes, carecen de importancia para vecinos que conviven con el agua de las cloacas dentro de su casa.

    La Peatonal del Centenario, es una clara muestra de lo que es capaz de hacer el ciudadano cuando todo está permitido. No cortar el pasto en derredor del Hospital, dejar que todo tipo de residuos asomen hacia la calle Belgrano sin sonrojarse, significa en lenguaje básico: rompan, tiren, porque si al lado de los enfermos no limpiamos, no tiene sentido hacerlo en otro lado.

    No hace falta presupuesto, como lo señalamos al Intendente apenas asumido cuando vimos en el patio del Municipio desde colillas de cigarrillos pisadas sobre el mármol hasta escombros y botellas de gaseosas abandonadas mientras varios holgazanes y holgazanas juegan al Candy Crush en el celular o deambulan por los pasillos sin que se les asigne tarea.

    Aun sin un peso se puede ser limpio. Sólo hay que cuidar. Entender que no es obra de la casualidad que la consecuencia final se desate en forma violenta incluso entre adolescentes mujeres que se muelen a golpes en el piso.

    Las fotos que ilustran esta nota no han sido tomadas exprofeso sino acumuladas durante semanas en las que este medio recorre la ciudad. Cualquiera de ellas es una “ventana rota” que habilita a otro a meter la mano y seguir rompiendo o robando porque crear un hábitat mejor ya no es una costumbre sampedrina. Del mismo modo aplicar sanciones cuando no se puede dar el ejemplo exacerba la posibilidad del “todo vale” y en esa posición ya no vale ni la pena señalar a los muchos que aceleran su moto, salpican con el auto al peatón u obstruyen la rampa por la que debe transitar un discapacitado. De menor a mayor o a la inversa, tenemos “la ventana rota”. Podemos poner el vidrio o dejar que todo pase.

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