Inteligencia artificial y alimentación: el desafío de usarla con criterio
Las aplicaciones y herramientas basadas en inteligencia artificial pueden calcular calorías, diseñar menús y responder consultas en segundos. Sin embargo, cuando se trata de la salud, ninguna tecnología puede reemplazar la evaluación personalizada de un profesional de la nutrición.
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La inteligencia artificial ya forma parte de la vida cotidiana. Más que preguntarnos si debemos usarla o no, el verdadero desafío es aprender a utilizarla de manera responsable.
En el ámbito de la nutrición y el deporte, esta tecnología ofrece herramientas que, bien empleadas, pueden aportar información valiosa para mejorar el rendimiento y promover hábitos saludables.
Hoy existen relojes inteligentes y aplicaciones capaces de registrar kilómetros recorridos, frecuencia cardíaca, gasto energético, velocidad, calidad del sueño y muchas otras variables relacionadas con la actividad física.
Si bien estos datos suelen tener un buen nivel de precisión, su correcta interpretación requiere conocimientos específicos. Son los profesionales, como nutricionistas y preparadores físicos, quienes pueden analizar esa información dentro del contexto de cada persona.
En los últimos años, la inteligencia artificial también comenzó a ofrecer servicios cada vez más sofisticados.
Con solo una fotografía de un plato puede estimar las calorías consumidas, calcular nutrientes, elaborar planes de alimentación e incluso proponer menús según objetivos o preferencias alimentarias. Todo esto ocurre en cuestión de segundos.
Sin embargo, esa rapidez también plantea desafíos. Una de las principales preocupaciones entre los profesionales de la salud es que muchas personas toman decisiones importantes basándose únicamente en las respuestas de una inteligencia artificial, sin una evaluación clínica previa.
Un ejemplo frecuente ocurre con quienes desean bajar de peso. Una persona puede solicitar a una IA una dieta para adelgazar y recibir un plan alimentario en pocos segundos. Pero ese algoritmo desconoce aspectos fundamentales como la historia clínica, los análisis médicos, la composición corporal, el estado hormonal, los hábitos, el contexto familiar o la presencia de enfermedades.
Incluso puede ocurrir que esa persona no necesite perder peso y que seguir una dieta restrictiva termine perjudicando su salud.
Esta situación adquiere mayor relevancia cuando quienes consultan son niños y adolescentes. Durante las etapas de crecimiento y desarrollo, las necesidades nutricionales son muy específicas, por lo que cualquier recomendación inadecuada puede afectar tanto el desarrollo físico como el cognitivo.
La inteligencia artificial procesa grandes volúmenes de información y genera respuestas a partir de algoritmos. Sin embargo, no puede reemplazar la mirada integral de un profesional de la salud, que considera no solo los datos objetivos, sino también el contexto social, cultural, emocional y los hábitos de cada paciente.
La IA puede ser una excelente herramienta de apoyo para educar, organizar información y facilitar algunas tareas, pero las decisiones relacionadas con la salud deben estar respaldadas por la evaluación de profesionales capacitados. La tecnología avanza a gran velocidad y ofrece oportunidades cada vez mayores.
El desafío no es evitarla, sino aprender a utilizarla con criterio, entendiendo que la inteligencia artificial puede complementar el trabajo profesional, pero no sustituir el juicio clínico ni la atención personalizada.

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