¿Hambre o ansiedad? Cuando las emociones también influyen en lo que comemos
Aprender a reconocer las señales del cuerpo y entender el vínculo entre las emociones y la alimentación es clave para construir una relación más saludable con la comida. La columna del nutricionista Juan Pablo Corleto.
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En los últimos años se volvió cada vez más frecuente escuchar frases como “como por ansiedad y no por hambre”. Y aunque comer en respuesta a las emociones es algo que puede suceder, no necesariamente representa un problema.
La dificultad aparece cuando esta conducta comienza a alterar el funcionamiento normal del organismo, los hábitos alimentarios o el bienestar general de la persona.
Para comprender esta diferencia es importante distinguir entre el hambre fisiológica y el hambre emocional.
El hambre fisiológica es una respuesta normal del organismo. Todos podemos reconocer algunas de sus manifestaciones: ruidos en el estómago, sensación de vacío, ligero dolor de cabeza, irritabilidad, debilidad o falta de energía. Son señales que indican que el cuerpo necesita incorporar alimentos.
El hambre emocional, en cambio, es más compleja. Comer no es solamente un acto fisiológico: también está relacionado con nuestras emociones, experiencias, vínculos y costumbres. Comemos para disfrutar, para compartir, para festejar y también, en determinadas situaciones, para sentirnos mejor.
El problema aparece cuando la comida comienza a utilizarse principalmente para intentar llenar un vacío emocional y no para responder a una necesidad fisiológica. Esto puede llevar a alterar los ciclos habituales de hambre y saciedad, saltear comidas, comer a deshoras o atravesar episodios de ingesta excesiva.
La ansiedad puede entonces incorporarse al acto alimentario. En lugar de aparecer una sensación real de hambre, surge el deseo de comer como una forma de disminuir el malestar emocional. Y comer puede generar momentáneamente una sensación de alivio, especialmente cuando se alcanza la saciedad. Sin embargo, ese alivio puede ser transitorio y no resolver la causa de fondo.
Comer algo rico cuando atravesamos un momento difícil también puede ser una experiencia saludable y reconfortante. El problema no está en disfrutar de la comida, sino en que comer se convierta en la única estrategia para afrontar el aburrimiento, el estrés, la tristeza o la ansiedad.
También es importante evitar la culpa y la vergüenza después de comer. Estos sentimientos pueden alimentar un círculo difícil de romper: aparece la ansiedad, se come para intentar reducirla, luego aparece la culpa y nuevamente aumenta la ansiedad.
La ansiedad se ha convertido en una problemática cada vez más relevante a nivel mundial. El contexto social actual, caracterizado por la inmediatez, la exposición permanente a las redes sociales, las dificultades económicas y distintas situaciones de incertidumbre, puede favorecer la aparición de este tipo de malestar.
Cuando comer como respuesta a la ansiedad se vuelve frecuente y sostenido en el tiempo, puede tener consecuencias negativas sobre la salud física y emocional. Por eso es importante prestar atención a las señales del cuerpo, especialmente durante la infancia y la adolescencia, y aprender a reconocer nuestros propios patrones de alimentación durante la adultez.
La alimentación y las emociones están estrechamente relacionadas, pero ninguna persona debería atravesar sola una situación que le resulte difícil de manejar. Ante conductas alimentarias que generan preocupación o interfieren con la vida cotidiana, es recomendable recurrir a profesionales de la salud, como psicólogos y licenciados en nutrición.
Aprender a diferenciar hambre de ansiedad no significa dejar de disfrutar de la comida, sino comprender qué necesita realmente nuestro cuerpo y encontrar herramientas saludables para responder también a nuestras emociones.

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