Sabemos que el miedo es, además de una emoción primaria, una forma de gobierno, un negocio. Una mecánica social. Nada nuevo.
En tiempos donde el hombre y la mujer deben dar una lucha diaria frente a todo lo que les ofrece el universo, nace, acecha, somete, el miedo a estar solos.
Difícilmente hayamos imaginado años atrás semejante incomunicación en la era de la hipercomunicación, de las nuevísimas tecnologías. Las maquinarias de la alegría –concepto robado al escritor Ray Bradbury– son hoy una escapatoria a los recelos de una sociedad que se siente amenazada por un derrotero de actitudes cínicas cotidianas. Todo aparato electrónico que esté al alcance es utilizado como un modo de combatir ese miedo endémico a estar solos. (No es casual que una aplicación del programa que estoy usando en este mismo momento, Microsoft Word, me sugiera el término “acompañamiento” como sinónimo de “aparato”. Sabremos disculpar a su creador, si es que ciertamente las prestaciones se adecuan a los usuarios.) De nada vale compartir mates y palabras, un largo abrazo, una mirada contemplativa, la última estrofa de aquella canción o una siesta de a dos con el sol entrando –metiéndose– por el ventanal. Ese estremecimiento puede ser peor todavía. Necesitamos con urgencia todos los dispositivos en buen funcionamiento.
Y en la ofensiva nos paseamos por los facebooks y hacemos más amigos y firmamos los muros y escribimos que nos gusta el café y cómo llueve. Navegamos de incógnitos por sitios del ciberespacio y dejamos comentarios para saber que existimos –a partir de ese comentario–. Mandamos un email en cadena porque somos solidarios con la niña que necesita la operación, que aparece en la foto legitimando el suplicio, como si esa tristeza se hiciera urgente ante el dolor de los demás; pero ahí queda. Los auriculares del mp3, ó 4, ó 5, o más, nos tapan el saludo de quien pasa y se entusiasma al vernos. Estamos etiquetados, no disponibles, conectados, como grupo, ausentes, representados en una frase que creemos interesante. Somos clave, cuil, cuit, pin, url, msn, sms, txt, anónimos y seudónimos, usuarios, consumidores, asteriscos más algo, espectadores, fanáticos, ciberlectores, ciberoyentes, ciberopinólogos en furia, seres alfanuméricos, dígitos ingresados incorrectamente.
Esto no es estar comunicado. Aunque lo idealicemos. Nuestro cuerpo es una extensión de los aparatos; ya ni siquiera es al revés.
Todo contacto se ha vuelto artificialmente grupal. Los mensajes carecen de un destino particular y preciso. Se suspenden quién sabe dónde, quedan a la espera de una aceptación. En el entramado asocial, al que llaman por el opuesto, red social, alguien nos modera. Nos dice “aquí sí” o “aquí no”. El adentro y el afuera. Y la aprobación. Y el rechazo. Y estamos solos. Y tenemos miedo.
Ads Ads Ads Ads Ads

:format(webp):quality(40)/https://opinionsemanariocdn.eleco.com.ar/laopinion-static/images/logo.png)