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viernes, abril 23, 2021

Ese menor que (nos) sigue doliendo

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Estas semanas la agenda mediática estuvo marcada por el debate en torno a los adolescentes y el voto. Argumentos de aquí y allá que se dispararon en los principales medios sumado el uso de los casos particulares y las historias de jóvenes por parte de referentes del periodismo para hacer valer sus razones, tanto para la defensa como el rechazo del proyecto. Pero son las dificultades discursivas y las contradicciones argumentales con las que el tema fue y es tratado las que motivan a cuestionar aquellas voces. La más noble de todas ellas es: preparados para la cárcel, no para las urnas.
Reparar en algunas caracterizaciones en torno a la idea de minoridad/juventud que vienen expresando sectores de la clase política y del periodismo, a raíz del intento kirchnerista por promover una ley que garantice la posibilidad de ejercer el voto a chicos de 16 y 17 años de manera optativa, es una tarea que merece su atención y su tensión. En este sentido, ampliar las fronteras para un nuevo electorado ha abierto las puertas a la libre interpretación acerca de quién adolece, cuándo se adolece y, sobre todo, qué se adolece.
Para los sectores más conservadores, un adolescente es quien adolece de la madurez suficiente para ejercer un derecho político, pero que es lo suficientemente criminal para ser imputado como un mayor, como lo demuestra la insistente demanda por la baja de imputabilidad.
Mientras el oficialismo y la oposición chocan nuevamente por una iniciativa del primero, pocos abren el juego a entender que la juventud viene dando enormes pasos y enormes dolencias en la conquista y en la lucha por derechos que amplíen su protagonismo dentro del conjunto de la ciudadanía, y que se expresan en la acérrima defensa por la educación pública, en la denuncia inquebrantable por la desaparición de Luciano Arruga (un menor que “adolece” su existencia, víctima del aparto policial-represivo vigente en Democracia); pero también en la militancia de los barrios, en el ingreso temprano al mercado laboral o en la pelea diaria contra las dificultades socio-estructurales que condicionan sus días.
En la Argentina reciente, atravesada cultural y políticamente por el kirchnerismo, con sus tensiones e interrogantes, antecedida por el 2001 y colocada en esa encrucijada donde lo viejo no termina de irse y lo nuevo no termina de llegar, son nuestras dolencias y necesidades las que marcan la tarea de pelear por la amplitud de derechos.
A quienes buscan compararse a diario con países hermanos como Chile y Brasil, no podemos desconocer que fueron los secundarios del primero quienes encabezaron uno de los procesos de lucha más importantes de la región por garantizar una educación pública y de calidad, y que en el Brasil este tipo de sufragio joven ya existe. Me pregunto: ¿adolecen de la capacidad para votar quienes protagonizan enormes experiencias políticas? ¿Debemos seguir atados a protocolos institucionales que determinan que franja generacional adolece de la oportunidad de ejercer el voto?
Mientras se intenta tutelar a quien entra en contacto con el Eternauta y se busca desalentar la promoción de espacios de organización política con el cuestionado 0-800, las transformaciones culturales de la Argentina mas reciente remueven viejos argumentos entre la concepción de juventud, la capacidad de “adolecer” y la madurez política para ejercer derechos.
Cuando hablamos de ampliación de derechos ciudadanos estamos reconociendo la necesidad de dar cuenta de los pasos hechos, sosteniendo en la letra institucionalizada, dichas transformaciones para generaciones hijas del 2001.
A la voz de la mano dura y de la criminalización de la juventud pobre, de la baja de la imputabilidad para condenar como adulto al menor, se suma la voz que promueve el adolescente vaciado y viciado, incapaz de promover una identidad en construcción, un “estar-siendo” colectivo, un intento de oportunidad por ampliar los alcances de la democracia forjando experiencias, tal y como nos enseñaba en una historieta incolora el entrañable Oesterheld.
Juan Patricio Rosales
[email protected]

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