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    Así es la vida*

    4 de marzo de 2009 | 01:00
    Así es la vida*

    Se educa con las actitudes y se educa también con la fijación de normas, reglas y límites. Los chicos tienen que hacer a veces cosas que no les gustan a horarios que no les gustan, tienen que aceptar a quienes no les caen bien de entrada, tienen que comer cosas que los alimentan a ellos en lugar de basura que sólo alimenta los bolsillos de quienes las producen y venden, tienen que ceder y respetar prioridades de los adultos (sus educadores), tienen que aprender, en fin, que el amor es una construcción conjunta y activa, hecha de actos y de gestos, de compromisos mutuos, tienen que aprender que los derechos y los deberes son inseparables y que la responsabilidad (hacerse cargo de las consecuencias de las propias acciones) es la verdadera llave de la libertad porque nos enseña a elegir. Todo esto no lo aprenderán leyendo sino viviendo con sus guías, padres y madres, progenitores, referentes.
    Buena parte de ese aprendizaje será trabajoso, a menudo resultará incómodo, generará rabietas.
    Esto, el dolor, la decepción son, también parte del crecimiento. Quien ha metido en la cabeza de los padres la extraña idea de que se educa a un hijo dándole todas las prioridades, ninguna postergación, ninguna negativa.
    “¿Es el miedo a llevar la contraria, a crear traumas?”, un niño no se traumatiza tan fácilmente, y si lo que se desea es no frustrar más vale renunciar a educar. Cuando se exige a un niño que coma en horas fijas y no abuse de los dulces, se le frustra.
    Cuando se le manda a apagar la televisión o la computadora y a ir a la cama temprano para que pueda después rendir en la escuela. Se le frustra. Cuando se lo obliga a sentarse para que haga las tareas que le mandó el profesor, se le frustra. Quien quiera ver siempre niños felices, que se haga payaso de circo. Digo esto sin el menor desprecio por los payasos. Hacer reír a los niños es, sin duda, un noble y hermoso oficio, pero no es el oficio del profesor ni tampoco la tarea fundamental de los padres.
    Educar es pues, frustrar, es confrontar al hijo con una realidad esencial de la vida: no se puede todo, las cosas no salen siempre como uno pretende, y esto no es una falla, una anomalía ni una injusticia. Es la vida real.
    Cuando el chico sea grande vivirá frustraciones. Advierte Moreno Castillo. Perderá algún juicio como abogado, verá morir a algún paciente como médico, será derrotado en alguna elección como político, sufrirá algún fracaso como empresario, recibirá malas críticas como artista, hará esfuerzos sin recompensas como científico, vivirá desilusiones amorosas, atravesará algún problema de salud o será vencido como deportista. No buscará a propósito ninguna de esas frustraciones, nadie las busca, pero según haya sido su educación se convertirán en situaciones capaces de pulverizar su identidad y llevarlos a oscuros pozos de negación, depresión y disfuncionalidad o la vivirá como episodio más o menos dramático que sabrá atravesar, a veces con la cosecha de útiles lecciones.
    Hay funciones y responsabilidades de la madre, sobre todo en las etapas tempranas, como son las de nutrición y las de entrenamientos domésticos, las de estimulación intelectual a través del juego, las de contención emocional inmediatas. Hay funciones y responsabilidades del padre, como son las de la socialización, transmisión de recursos, conocimientos y acompañamiento para desenvolverse en el mundo exterior, el estímulo en el desarrollo de las actividades físicas (ya que el padre es quien naturalmente propone los juegos físicos de contacto con los hijos) y, a través de esto, el desenvolvimiento de capacidades individuales (por ejemplo, cuando el padre cumple estas funciones hay un mayor desarrollo en matemáticas y ciencias en las hijas y en literatura y áreas espirituales en los varones). También es función paterna la de dar causes creativos a la agresividad natural, sobre todo de los hijos varones, y la de enseñar a competir con fines de superación y no de imposición.
    Las funciones maternas y paternas son distintas y complementarias, ni una madre puede hacer de padre en lo que es específico de este ni un padre puede ser madre.
    Lo desconocido causa miedo. Si los hijos provocan miedo a los padres es porque se han convertido en extraños para ellos. Se aprende a ser padres con los hijos.
    Mientras unos aprenden a ser padres los otros se convierten en personas. Lo harán en la medida que reciban presencia, orientación, límites, oportunidad de confrontación frustración aleccionadora. Cuando falta esto, aparecen las prótesis, llámense escuelas Internet, niñeras, ciber café, televisión. Lejos de cumplir la función del miembro al que reemplaza, no hace más que evidenciar de un modo dramático las secuelas trágicas provocadas por la ausencia del mismo. La escuela puede funcionar, como un segundo hogar. Pero el hogar es siempre la primera escuela.
    *Párrafo extraído del libro “La Sociedad de los Hijos Huérfanos”.
    Escritor: Sergio Sinay. (Bajo autorización del propio autor).

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