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    En la vía

    “El pueblo se quedó solo cuando el último tren partió, los chicos crecen soñando con un mejor porvenir, los jóvenes marcharon tras un futuro incierto y nuestros viejos se quedaron custodiando los recuerdos”.

    21 de noviembre de 2007 | 00:00
    En la vía

    Cuando escribí la frase anterior nunca supuse que el viernes 16 de Noviembre no iba a poder dormir en toda la noche. Mi razón intentaba hacerme creer que se trataba de un hecho social más, pero mis sentidos tenían muy en claro de que no era así. Algo iba a pasar y en muy pocas horas.
    El sol de la mañana me encontró con mi mochila al hombro entrando en la Estación de Trenes de la Ex Línea General Belgrano de Retiro. Una larga cola de turistas aguardaba el momento de ingresar al andén 5 para subir al Tren Solidario que Rieles Latinoamericanos organizaba para llevarlos a un día de campo al norte de la provincia de Buenos Aires. Bolsas de alimentos, equipos de mate y una multitud de personas estaban presentes en el lugar. Nadie sabía a ciencia cierta el destino, se los habían contado, era un pueblito llamado Santa Lucía que en días cumplía 100 años de vida. Un pueblo que nació, tuvo su apogeo y posterior ocaso al son del ferrocarril. Ni más ni menos que muchos pueblos del interior del país. El resto, una caja de sorpresas por descubrir.
    Mis ojos paneaban las caras de los pasajeros. Muchos. Demasiados. Casi al final de la cola, en la calle, un grupo de aventureros esperaba el momento de subir al tren, muchos por primera vez y, tanto como yo, eran concientes de que este no era un viaje más, era la vuelta a los sentimientos; éramos los locales, los santalucenses que simbólicamente le llevábamos el tren nuevamente a nuestro querido pueblo, sin querer decirlo, nuestras miradas hablaban por nosotros. Nos esperaba un día de emociones encontradas y preguntas sin respuestas.
    En el andén, el maquinista caminaba tranquilo disimulando sus nervios, pero sabiendo, muy dentro suyo, que este sería un día muy especial. El también era santalucense, el había llegado y se había marchado miles de veces de Santa Lucía manejando un tren como su padre. No era poca cosa la responsabilidad de volver a abrir camino, entre matorrales y gramilla para entrar al son de una bocina, luego de 15 años, al lugar que lo vio nacer.
    La vuelta al pasado
    Serían las 8 y 30 de la mañana, segundo más, segundos menos, cuando el tren empezó a marchar. Era la ida del pasado al futuro. Era la vuelta al pasado. Era el presente que escribiría una nueva página en cada uno de los allí presentes. Todo era alegría, festejos, ronda de mates, charlas, cantitos improvisados y vistas que se perdían por la ventanilla sabiendo muy bien que no contemplaban el paisaje sino rememoraban esa infancia, adolescencia y juventud donde todos éramos felices en nuestro pueblo cuando el tren pasaba a diario, donde su bocina saludaba en las fiestas de fin de año, donde los estudiantes partían persiguiendo el porvenir, donde uno era feliz con poco, con un poco de algo que ya no estaba más.
    Hasta Villa Rosa el viaje fue normal, las vías conducen varios trenes a diario hasta esa estación que es hoy el final del recorrido de este transporte de pasajeros. A partir de ahí comenzaba la aventura. Y las recomendaciones. ¡Ojo con los vidrios abiertos! Cuidado con la maleza que nos acariciará al son de nuestro paso. Iremos despacio.
    No fue un viaje corto, pero fue ameno. En los vagones fuimos conociendo personas y sus historias. Dos madrileños que, con pocas horas en el país, emprendían esta aventura. Muchos ferroviarios de alma que aman el tren y hablan de él de una manera que inquieta, chicos, adolescentes, jóvenes y mayores.
    El último vagón era la popular. Allí estábamos los locales lamentando el ser pocos, pero felices. Una pareja con sus hijos chiquitos entretenían mientras el tren cruzaba una a una las estaciones. Alguien que viajaba en tren cada Domingo para ir a probar suerte a Buenos Aires, hoy volvía con su hija que nunca tuvo la oportunidad de viajar en tren a estudiar. Los de siempre. Los que nos vemos cada tanto. Los que cada domingo a las 20.30 emprendemos el viaje por tierra a la Capital, con las caras largas viendo a los que nos van a despedir. Todos caminábamos por el pasillo, tomando mate y hablando sin parar. No nos costaba mucho sociabilizar. A medida que dejábamos más kilómetros atrás, aumentábamos el contacto con los pasajeros y nos íbamos conociendo.
    La transmisión por las tres radios locales y los interminables llamados telefónicos nos traían las noticias de que la expectativa crecía minuto a minuto esperándonos. Las señales de los celulares se cortaban y los nervios iban aumentando minuto a minuto. Se nos notaba en las caras. En los ojos brillantes de alegría y en los primeros comentarios que delataban nuestra ansiedad por llegar.

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    Santa Lucía en el andén
    Ya había pasado el mediodía cuando la primera emoción nos ganó. Faltaban pocos kilómetros para llegar a Doyle y, en el cruce del camino de tierra de Ingeniero Moneta, una familia esperaba el paso del tren para saludarnos con una bandera. Su hija volvía de Buenos Aires por primera vez en tren. En el estribo de la puerta ella iba expectante por ver su casa desde el vagón y no pudo contener las lágrimas ante la sorpresa. Un silencio nos invadió a todos. No hacían falta las palabras. Eran las primeras personas conocidas que veíamos y fue a partir de allí que la emoción se apoderó de todos, para entrar en una especie de película donde éramos los protagonistas impensados de un regreso demasiado esperado.
    Dejando atrás el túnel verde comenzamos a ver Pueblo Doyle. Desaforados cantábamos al son de “y ya lo ven, y ya lo ven, todos queremos que vuelva el tren”. Nos esperaban las escuelas, los vecinos y la gente. Las caritas de los chicos que por primera vez subían al tren denotaban su asombro y su alegría. Cada vez faltaba menos.
    Quedaban minutos para el momento esperado y abandonamos el vagón. Queríamos llegar a nuestro pueblo desde adelante, necesitábamos ver todo. Envueltos en banderas argentinas subimos a la locomotora. Estaba decidido. Desde la baranda saludaríamos a quienes nos esperaban.
    Atrás habían quedado algunas gotas de lluvia. Un sol radiante nos quemaba por fuera. Y la emoción hacia lo suyo en el interior cuando el tren echó nuevamente a andar.
    Fue cruzar un túnel de plantas y comenzar la llegada. Ver el pueblo desde el tren. Ver gente sacando fotos. Y de pronto, una multitud, un anden lleno de gente, una bocina que no paraba de sonar, una luz en la vía, un grito desesperado para sacar afuera tanta emoción contenida durante horas. Y rostros, banderas, vecinos, grandes, jóvenes, chicos, autos, lágrimas, manos alzadas, más gritos, bombas de estruendo, sirenas, gente y más gente, emoción, emoción y emoción…
    A partir de ese momento, es difícil contar lo que pasó. Nadie lo tiene del todo claro. Fueron miles de abrazos, lágrimas compartidas, más abrazo, más saludos, más gritos, un sin fin de gracias, y un solo pensamiento, el sueño se cumplió. A todos los que en este tren llegamos nos superó la situación. Éramos partícipes de la historia. Nos sentíamos parte de esa fiesta y la disfrutábamos. Ver a todo un pueblo en el andén, a los ex ferroviarios con sus elementos de trabajo en las manos, fotos en blanco y negro, rostros de alegría, de emoción. Hubo pocas palabras. Son los momentos en que no se necesitan. No hacen falta. Las muestras de afecto de quienes menos uno espera, santalucenses subiendo al tren nuevamente, son todos flashes del momento. Instantáneas que nadie jamás olvidará.
    El acto, las palabras de las autoridades, las caritas de los chicos cantando el himno sobre las vías, los bailes, las artesanías, la vida de Santa Lucía.
    El día fue corto. Apenas unas horas donde ciento de personas recorrieron cada rincón del pueblo. Comieron asado, pastas y empanadas. Visitaron la plaza, contemplaron la iglesia, pasearon por el museo.
    Las bocinas del tren nos encontró nuevamente corriendo hacia él. Desde los estribos volvimos a cantar. Gritamos. Saltamos. Reímos. Al son de “Atención, atención. Atención, atención, Santa Lucía quiere que le devuelvan la estación”, volvimos a ver lágrimas en los ojos de los que desde el andén saludaban nuestra retirada lenta del pueblo.
    Y de a poco nos fuimos yendo. Volvimos a desandar el camino de regreso a Buenos Aires. Nos fuimos alejando de cada uno mientras veíamos como el sol nos había iluminado.

    Algo tenemos que hacer
    El regreso fue el momento de las reflexiones. De contar la experiencia. De escuchar lo que otros habían vivido. Había una necesidad, la de reconstruir un par de horas en las que todos eran instantes. Compartir sensaciones. Vivir y tomar una decisión; algo tenemos que hacer. NO PODEMOS PERMITIR que nos nieguen la alegría, no podemos darnos el lujo de vivir de los recuerdos y las sensaciones, no tienen derecho a privarnos de esto. De ninguna manera. Este no debe ser un hecho más por los 100 años de Santa Lucía, debe ser un precedente para que todos juntos, como pueblo, como vecinos, como seres humanos peleemos por lo que queremos: “Que vuelva el tren”. Nosotros, los que vivimos la experiencia desde arriba de un vagón necesitamos lanzar una cruzada, estamos dispuestos a trabajar para lograrlo, queremos que todo un pueblo que estuvo presente este 17 de Noviembre, luche junto a nosotros para que este sueño se haga realidad. No queremos que vuelvan a pasar 15 años para que el tren nos visite. Queremos que los ex ferroviarios puedan llegar a escuchar cada día nuevamente la bocina del tren. Queremos que los chicos del pueblo tengan la oportunidad de poder viajar como lo hicimos nosotros. Queremos volver de Buenos Aires cada fin de semana en tren y que nos esperen en el andén como hace años. Queremos que las despedidas se repitan a diario. Que los brazos en alto saludando a los que se van sean solamente un hasta luego porque en unos días volvemos a vernos. Queremos que Santa Lucía recupere lo que se merece. Queremos que la gente sea feliz y se desarrolle. Queremos que vuelva a crecer el pueblo. Queremos que las lágrimas se transformen en instrumento. Simplemente, queremos que vuelva el tren, que nos devuelvan la estación, que nos permitan ser felices otra vez.
    Esperamos que todos quieran lo mismo, que trabajemos juntos, que la peleemos como sabemos hacerlo, que no nos quedemos “en la vía”. Nosotros damos el puntapié inicial esperamos de todos y cada uno de ustedes las ganas de trabajar y de luchar juntos. No tenemos dudas, si vuelve el tren vamos a ser todos un poco mas felices como lo fuimos el sábado y eso esta muy bueno.
    Que vuelva el tren y que seamos felices depende de todos; ¿lo intentamos? Juguémonos para que Santa Lucía recupere su mirada y el brillo en los ojos que una vez iluminó. No nos quedemos en la vía, luchemos juntos para QUE VUELVA EL TREN.

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    • Edición N° 816
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