“En la escuela fui feliz”
Edgar Antonio Maroli se jubiló. El portero más conocido de la Escuela Normal dejó de ejercer como auxiliar hace pocos días y ahora piensa qué lugares recorrerá con su incansable bicicleta. La silla baja y de paja de la portería reclama su constante presencia y los pisos de las galerías; el olor inconfundible del aserrín con kerosén.
uien alguna vez haya ido o visitado la Escuela Normal seguramente habrá visto recorriendo las largas galerías del establecimiento a un hombre flaco, alto y siempre serio barriendo o acomodando todo lo que estuviese fuera de lugar. Ese hombre, que es sinónimo de la escuela, no es ni más ni menos que Edgar Antonio Maroli, que dedicó más de 50 años a un trabajo que, según él, lo hizo muy feliz y que hoy, después de tanto tiempo de espera, deja al transformarse en un jubilado más.
Maroli, como le dicen todos, trabajó toda su vida en la Escuela Normal. Él podría escribir, sin miedo, la historia de la institución, ya que debe ser el único que ha vivido tanto tiempo allí dentro y ha visto pasar generaciones y generaciones de estudiantes que hoy lo recuerdan con cariño.
“Siempre fui portero”, dijo Maroli a La Opinión, sentado en la puerta de su casa, espacio que hoy ocupará el mayor tiempo de su vida. Allí se lo ve feliz, aunque hay algo en su rostro que demuestra que extrañará muchísimo su lugar, sus compañeros y los sonidos que trepanaron sus oídos durante décadas.
Seguramente no será nada fácil para él continuar con una nueva rutina. “Voy a agarrar la bici y voy a recorrer todo San Pedro otra vez”, comentó mientras analizaba lo que hará en su tiempo libre. Edgar, además de trabajar como portero, también ha sido un reconocido ciclista de la ciudad, que ha ganado muchos torneos durante su juventud, de los cuales aún guarda los recortes de diario de aquella época.
Pero la vida laboral de Maroli no comenzó en la escuela sino mucho tiempo antes, de muy jovencito, cuando decidió buscar suerte como albañil: “Un trabajo muy duro”, recordó. Como ayudante de obra, trabajó once años para luego dedicarse a la pesca: “Ganaba poco como albañil, necesitaba ganar un poco más de plata y empecé a llevar gente a pescar”, relató.
Fue este último trabajo lo que le abrió las puertas de la escuela: “Un día llevé a un señor a pescar, me dijo que había un lugar ahí y le dije que no me interesaba”, aseguró entre risas y narró: “Volví a mi casa, lo pensé mejor, me di cuenta que sería una buena salida y le dije que sí”. Desde ese momento, Don Maroli trabajó en la Escuela Normal.
Hoy, Edgar Maroli tiene 83 jóvenes años y hace unos pocos días le llegó un premio, su merecida jubilación. “Estaba saliendo para la escuela y al abrir la puerta me encontré con este sobre marrón”, relató mientras blandía los papeles y el carnet de la Anses que da constancia de su nueva profesión.
Durante muchos años, mientras miraba cómo sus compañeras se iban jubilando de a poco, “el Colo”, como lo llaman, decía que pese a su edad aún no se animaba a tomar la decisión de dejar la institución. “Qué voy a hacer si me voy”, solía bufar Maroli, según recordó una de las directoras ya jubiladas de la Escuela Normal.
Qué va a hacer parece ser la pregunta que se hace todos los días. No sabrá qué, pero sabe que cuenta con el apoyo de todos. Mientras Maroli hablaba con La Opinión, sus vecinos se acercaron hasta allí. Le tomaban fotos, lo saludaban y felicitaban. Está claro que Edgar ha sido no sólo un buen portero, sino también una gran persona y el abanderado en aquella legendaria toma simbólica de los ex alumnos para recaudar fondos para suplir las falencias del Estado. No lo esperaba, pero subió el escalón que catapulta al mástil y se animó a izar la bandera mientras un tenor entonaba Aurora.
Cuando uno pregunta por Maroli en la Escuela Normal, los rostros de los docentes cambian y todos aceptan hablar rápidamente. Tal es el caso de Marta Alonso, quien pese a haber tenido una jornada interminable como Jefa de la Unidad Académica, se acomodó detrás de su escritorio para hablar con este semanario sobre su ahora ex compañero: “Maroli dejó la escuela después de más de cincuenta años trabajados con responsabilidad, sentido de pertenencia y compromiso”, dijo y agregó: “Quienes tuvimos la posibilidad de caminar muchos años junto a él pudimos rescatar esos valores”.
“Su vida, además del deporte, fue esta casa de estudios, que tiene las puertas abiertas de par en par para recibirlo como cada mañana, como cada tarde y hasta como cada noche. Su sello y su marca fueron el respeto silencioso hacia todos y cada uno de los que formamos esta comunidad educativa”, relató Alonso, quien finalizó señalando que se queda con los mejores recuerdos, “sobre todo el de ser un hombre con mayúsculas”, pese a que su cargo en la Escuela Normal fue con posterioridad a su paso por la escuela privada..
Hablar de Maroli produce una inmediata respuesta sonriente: “Ha sido el mejor compañero, todos los días venía contento, él acá era feliz”, escribieron en una carta sus compañeras. Allí reconocen su trayectoria, su dedicación al trabajo y le dicen: “Le ganaste a la vida”.
Para todos los que durante los últimos 51 años lo acompañaron en esta actividad, Maroli también tiene palabras de agradecimiento. Por eso decidió finalizar la charla con un mensaje para ellos: “A mis compañeros sólo quiero decirles que sigan allí, en la escuela, porque en ese lugar yo he sido muy feliz y deseo que ellos también lo sean”.
Edgar Antonio Maroli mira a lo lejos desde la puerta de su casa de la calle Rivadavia. Los automóviles cruzan el asfalto, dejando una estela de tierra y humo sobre la que flotan los recuerdos del viejo portero. La tarde cae y él abandona el banco de la vereda para ingresar a su vivienda. Pensará tal vez que al otro día ya no tenga que levantarse temprano para salir en su bicicleta hasta la escuela. Sonreirá quizás por el premio merecido del descanso; pero sin dudas no podrá evitar un suspiro de nostalgia.

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