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    El Ideal de Fraternidad

    15 de julio de 2009 | 00:00
    El Ideal de Fraternidad

    Estamos próximos a celebrar 220 años del complejo proceso que implicó la Revolución Francesa, y recordemos entonces la sintética tríada de conceptos que enarboló: Libertad, Igualdad y Fraternidad.
    Este último ideal devino, como base y abono más tarde, en la más amplia idea de nacionalidad. Haciendo un necesario reduccionismo, afirmo que este ideal de fraternidad, luego idea de Nación, entraña una noción de cohesión social que quizá haya sido la más desatendida por las sociedades democráticas modernas, la solidaridad. Un vínculo que precisa nuestra atención. Y hoy más que nunca.
    Atravesamos una pandemia que ha puesto en juego toda nuestra ignorancia en materia cívica y de cada uno de nosotros depende poder hablar de prevención o tener que hablar de historia.
    No existe una sociedad garantizada de sus problemas y ventajas.
    Progresar es necesario y no parece ser malo, pero trae numerosos inconvenientes, tantos como los adelantos. ¿Por qué? Porque a cualquier progreso le exigimos garantía, pero cualquiera sabe que si queremos hacer una tortilla habrá que romper algunos huevos.
    Creo que mantener una sociedad democrática que pretende prevenir riesgos y daños debe ejercitar la noción cohesiva de la solidaridad. Y este es un concepto del progreso social y político.
    La Peste Negra, que desde Asia llegó a Europa, aniquiló casi un cuarto de los habitantes en el año 1348 (1 cada 4) y se eleva la estimación a casi dos quintos del total en las sucesivas epidemias auxiliares hasta el 1400 (2 de cada 5). La “Conquista de América” impuso a la población americana la viruela, sarampión, tifus e influenza, todas hicieron estragos incalculables en América.
    Con el mercado de esclavos, el “progreso” trajo de África la fiebre amarilla y la malaria falcipárum. América, a su vez, exportó poco en relación a lo que sufrió, pero sí aportó la sífilis.
    Todo este cruce de fronteras biológicas respondía a un mundo que había comenzado a expandirse, comunicarse, chocar, interrelacionarse, traficar, etc., etc. Es decir a un mundo que, en términos actuales, comenzaba a globalizarse.
    No olvidemos que antes de ser consumidor, católico, capitalista, socialista, blanco, negro, europeo, americano, argentino o mexicano, sampedrino o porteño, el hombre es una entidad biológica. En este sentido todos somos bien iguales.
    Ahora bien, desde los hechos relatados y al presente también tenemos ejemplos de pandemias:
    El 27 de Enero de 1871 Buenos Aires registraba los tres primeros casos de fiebre amarilla (también llamada “vómito negro”) de ese año y, a partir de entonces, el promedio fue de diez enfermos por día. En sus seis meses de duración dejó un saldo de 14.000 victimas entre la población de la ciudad de Buenos Aires, estimada por entonces en 190.000 habitantes aproximadamente. En este caso, las autoridades no tomaron medida alguna hasta que finalizó el carnaval.
    La I Guerra Mundial terminó en 1918 con nueve millones de muertos. La gripe española de ese mismo año acabó con la vida de 40 millones de personas. Fue la peor de las tres epidemias mundiales de gripe del siglo XX (1918, 1957 y 1968) y de hecho la peor pandemia de cualquier tipo registrada en la historia. El virus que la causó no venía de los cerdos, sino de las aves, pero era un H1N1, como el actual. El H1N1 era un virus aviar hasta 1918, y fue la gripe española quien lo convirtió en una cepa humana típica. Los países implicados en la Gran Guerra no informaban sobre la epidemia para no desmoralizar a las tropas, de modo que las únicas noticias venían en la prensa española.
    Prevenir es también asumir costos, costos que se estiman menores a los que luego se transforman en historia por lo dramático y trágico. Nuestra sociedad actual clama por prevención en toda la gama de actividades humanas. Pero para hacerlo habrá que soportar costos, costos individuales y generales.
    Y entonces, será bueno para todos recordar que la libertad y la igualdad que nos dio la Revolución Francesa como legado moderno, también nos impuso la fraternidad.
    Hoy, esa fraternidad podríamos transformarla en solidaridad. Ese vínculo tan difícil de construir cotidianamente por el cual podríamos aspirar a que todos los que vivimos en sociedad entendiéramos que para prevenir debemos contribuir. Si la contribución es obligada por el Estado, o tiene que serlo, es porque somos demasiado egoístas para darla espontáneamente. Ser ciudadano es más que pagar impuestos.
    Seamos fraternos, seamos responsables, somos todos iguales ante la Historia, pero podemos ser distintos como Pueblo, podemos forjar nuestra conciencia cívica de manera positiva y sumar a más del voto, la conducta, el comportamiento adecuado para superar estos momentos.
    Facundo Vellón, DNI: 18.192.345

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