Las próximas líneas expresan mi consideración sobre el artículo de la última edición titulado “Todos para el cierre”. De todos modos no me dedicaré a interpretar visiones de un prójimo sino a manifestar la propia sobre lo acontecido el pasado Sábado en el Club La Esperanza.
Primero me gustaría contarle que soy un joven de 22 años, estudiante de administración agraria; desde hace cuatro años vivo en Capital Federal y viajo a San Pedro habitualmente. La última visita a la ciudad fue el pasado fin de semana y uno de los motivos por los que viajé fue la invitación on-line al cierre de campaña del Acuerdo Cívico y Social. Al recibir la noticia de este acto tuve una gran curiosidad inmediata por estar presente y saber de qué se trataba un acto político (como dicen los chicos, no me lo quería perder).
El único recuerdo vago de un acto previo al día Sábado eran los choripanes; también recordaba un escenario ubicado en Pellegrini y Ruiz Moreno hace unos años donde vi pasar a políticos despolitizados y a músicos tropicales. Digamos que la idea de un acto para mí incluía esos tres ejes: choripanes, políticos de “medias tintas” y bailanta. A Dios gracias por asistir al cierre del Acuerdo ya que esta percepción cambió de manera rotunda.
A las 18.00 Hs llegué al Club, me acerqué al vallado y comencé a observar, a escuchar, a percibir. Las banderas argentinas estaban, los pochoclos también, las pancartas de las que hablaba el artículo de este semanario colgaban de todos lados; la descripción escenográfica de la nota es perfecta pero carece de interpretación, quizás fue la intención del autor de la nota y lo felicito por generarme estas reflexiones. En otros palabras, la fiesta estaba armada pero el desafío consistía en armarse la “fiesta” propia, la interna, que tiene que ver con fijar las ideas y las realidades existentes, de tal forma que converjan en lo que para y para el resto represente el óptimo de vida.
En primer lugar me gustaría compartir la ansiedad que viví en ese momento por escuchar a los oradores, pero el tiempo que demoró el inicio me sirvió para ambientarme y comprender la lógica de un acto político. Puedo decir que me sorprendieron algunas caras que ví tanto abajo como arriba del palco, pero afortunamente la sorpresa fue positiva; arriba ví personas honestas y capaces, jóvenes que conozco y doy fe de sus aptitudes, abajo encontré personas mayores amigos de mi familia que las noté felices de estar, convencidas y esperanzadas. Esta observación fue instantánea como una fotografía tomada de cerca; no me hizo falta el zoom para descifrar las intenciones de estas personas.
Cuando el acto comenzó la gente parecía estar en una fiesta; esto primero me llamó la atención y me hizo dudar de si en verdad esas personas comprendían donde estaban y para qué. Supongo que los objetivos personales de estar en ese lugar pueden haber sido muy distintos pero creo que todos se unían en un fin general: ESCUCHAR. ¿Oír?, no sólo eso. Escuchar para mí involucra una interacción con el que se está expresando, no es sólo la acción de oír sino que es el flujo recíproco de ideas, pensamientos, principios, propuestas, información; es una acción activa del que oye y del que dice.
Para concluir debo decir que escuché muchas cosas, que me dispuse a interpretar y a procesar lo que se dijo en cada discurso. Lo que saqué en limpio es que un acto político es más digno de lo que pensaba y es más últil de lo que imaginaba, no sólo útil para los políticos, útil para los ciudadanos. La utilidad que puede llegar a generar un acto no se encuentra en la escenografía del espacio ni de las personas, tampoco se puede encontrar en los tambores que no dejaron de sonar ni en el pochoclo que pudimos degustar gratuitamente sino que se funda en el proceso personal de desarrollar la empatía colectiva, es decir, ponerse en el lugar del otro, no para ocupar el lugar del otro sino para transitar por las ideas del otro, por sus razonamientos, por sus propuestas. Cuando seamos capaces de superar la limitación que supone la prepotencia (ya sea prepotencia actitudinal y/o racional) podremos reconocer la riqueza que supone un proceso de formación cívica conjunta. Sólo tenemos que observar al otro y no observarnos tanto a nosotros mismos.
Agradezco el espacio y los invito a PENSAR, a ESCUCHAR, a OBSERVAR para que en estas elecciones ejerzamos el voto no como un deber ciudadano sino como un derecho legítimo a poder cambiar el estado de las cosas. Atentamente,
Juan Manuel Gomila – DNI 32.657.326
Ads Ads Ads Ads Ads

:format(webp):quality(75)/https://opinionsemanariocdn.eleco.com.ar/laopinion-static/images/logo.png)