El calvario de vivir bajo amenazas y usurpaciones no da tregua en la zona de la escuela 11
Tras una semana con dos menores baleados, una mujer herida con perdigones y dos vecinas atacadas con adoquines, exigen que la Justicia actúe antes de que se desate una tragedia irreparable. Los vecinos del colegio que históricamente habitaron el lugar también soportan el temor de no saber cómo pasarán la noche.
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El temor a represalias obligó a los vecinos del barrio de la escuela n.° 11 a solocitar que se resguarde su identidad. Algunos se animan a denunciar, otros prefieren el silencio pero todos reportan en la redacción de La Opinión & Sin Galera que, de no mediar una tregua con las bandas violentas, se verán obligados a actuar en defensa propia. Repiten nombres y apellidos conocidos, familias enteras vinculadas al delito y acostumbradas a las disputas cotidianas con amenazas constantes.
El martes llegó a la policía y a la Fiscalía una nueva denuncia que incluye acusaciones y pedido de medidas perimetrales. En las acusaciones figuran amenazas de muerte, daños calificados y tentativa de usurpación. El reclamo comprende a un particular damnificado, pero reúne a varias viviendas donde la constante es encerrarse cada vez que suenan disparos o piedrazos.
Quieren que con urgencia lleguen órdenes de restricción perimetral de acercamiento y presencia policial efectiva en un sector donde el avance delictivo amenaza con desalojar a las familias que históricamente vivieron en el lugar donde crecieron sus hijos.
La denuncia a la que tuvo acceso este medio detalla el asedio que sufre una vivienda de calle Fray Cayetano Rodríguez. Integrantes de una conocida banda que opera en las inmediaciones comenzaron a derribar a golpes y barretazos una pared medianera del patio para abrir boquetes y ganar acceso al predio.
En ese inmueble reside un hombre en extrema situación de vulnerabilidad debido a una discapacidad mental, quien se convirtió en el blanco predilecto del hostigamiento.
El modus operandi descripto y los testimonios vecinales responden a una modalidad repetida: desgastar a las víctimas hasta forzarlas a abandonar sus propiedades.
Eso ya ocurrió en ese y en otros barrios. En el caso de los linderos a la escuela, tras el fallecimiento de un antiguo vecino el inmueble fue desvalijado por etapas y posteriormente usurpado mientras sus herederos se encontraban fuera de la ciudad.
Esa misma táctica buscaron aplicar con este vecino discapacitado: mediante amenazas continuas lograron desplazarlo al punto de dejarlo durante meses en situación de calle. En ese intervalo, la casilla fue incendiada intencionalmente.
Pese a que su familia realizó un enorme esfuerzo para reconstruir la vivienda, levantar murallones de más de dos metros de altura y colocar alambrado de protección superior, el asedio armado no se detuvo.
Días atrás, uno de los agresores —que había recuperado la libertad apenas 48 horas antes— irrumpió armado con un revólver a plena luz del día para despojarlo de una cocina, una garrafa, cables y herramientas, advirtiéndole que lo mataría si se resistía o pedía auxilio.
A las roturas materiales se suma el espionaje constante: registros de cámaras de seguridad captaron a mujeres del entorno delictivo recorriendo la cuadra en horas de la madrugada, señalando las cámaras y encontrar por dónde intrusar la vivienda. En la misma cuadra, una mujer se vio obligada a tapiar todas las aberturas por no tener lugar donde mudarse.

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