Quiere la vida poner hitos caprichosos. Quiere la historia poner puntos y apartes. Quiere el tiempo determinar arbitrariamente la línea a transitar sin permitir postergaciones. Quiere el hoy, plantarse en uno de esos tantos momentos que deparan un casi medio siglo de existencia que les cuente desde aquí a los mayores y a los menores, qué es volver para devolver.
Faltaba poco menos de una semana para las elecciones de 1983, cuando mi compañero, correligionario y amigo, Sergio Pujol en nombre de la Juventud Radical, sufriera la pérdida de su madre: la legendaria Bertha Sotil de Pujol.
Abrigábamos por entonces, el natural desafío de terminar para siempre con las dictaduras en la Argentina. Agitábamos banderas y discutíamos en la multipartidaria juvenil hasta llegar a competir por los muertos y torturados que cada sector tenía para exhibir. Estábamos compenetrados en una lucha a brazo partido para llegar a las elecciones. No para GANARLAS. Sólo para llegar y demostrarnos que habíamos sido capaces de defender algo, pelear por algo, soñar con ser partícipes y protagonistas del trozo de historia más esperanzador que nos tocaba vivir.
Quiso esa fuerza, que en el cierre de campaña a nivel local, mi amigo, con una voz cuya fuerza desconocía hasta que subió al palco, despertara en mí y en todos los que apenas pasabamos los 20 años, poner en marcha con exacerbada ingenuidad la maravillosa idea de soñar con VOLVER a tener un país. Con DEVOLVER a nuestro país el ejercicio pleno de la Constitución Nacional.
Ninguno de nosotros, egresados de la dictadura, sabía recitar el preámbulo de la Constitución, como lo hacíamos cada vez que Raúl Alfonsín, llegaba a algún poblado en plena campaña, tras haberse atrevido a desafiar a los viejos radicales de Balbín y De La Rúa.
Con la Renovación (es decir con nosotros), había llegado el CAMBIO. Todo nuevo, todo para estrenar, todo para hacer, todo para construir y por sobre todas las cosas, la fuerza para acompañar con participación popular el valiente juicio a los dictadores y empujar desde ese delgado filamento a quienes con su complicidad y utilizando como cimientos los gremios y los partidos políticos, nos habían llevado cuando niños, a asistir a la guerra interna más absurda y a la guerra en la que habían muerto nuestros coetáneos.
Allí, erguido sobre sus pies y tras perder a la mujer que había oficiado como su verdadera madre, uno de nosotros le hacía sombra a los “más grandes” en una pieza oratoria que dejó sin reacción a los miles de sampedrinos que poblaron esa noche la esquina de Mitre y Ayacucho.
En otros rincones, los del Partido Intransigente, la Jotapé, los comunistas, los socialistas, los pocos chicos del MID y algunos simpatizantes empezaban a cantar la canción de cuna de la democracia.
Duró poco. Apenas unos años hasta las primeras elecciones internas, tras el fracaso de la reforma sindical, el seguro nacional de salud y la ambición desmedida de los primeros Concejeles que violaron su promesa de cobrar una dieta simbólica de un peso.
Llegaban los primeros cachetazos, los oportunistas, los viejos mañeros y los pesimistas para susurrarnos al oído que “ya íbamos a ver que la democracia era una porquería”.
Nosotros queríamos EMPEZAR, eran otros los que querían VOLVER y muchos más los que deseaban PARTIR porque ni se animaban a hablarnos de los sucesivos fracasos colectivos de una Argentina que siempre pudo ser país por sus límites geográficos y nunca pueblo por la madurez de sus habitantes.
En tan sólo 8 días, se cumplen 25 años de aquél 30 de Octubre, en el que por primera vez, elegíamos a un presidente que solamente valiéndose de una osadía que sólo podía ser respaldada por su calidad humana, resultaría vejado por aliados y opositores cuando el bolsillo de la clase media comenzó a apretar con la inflación.
Del más querido al más odiado, en menos de los seis años que duraba su mandato. Hoy, como enfermo terminal, recibe del más autoritario de los gobiernos democráticos, un busto en la casa Rosada, mientras le pelea al cáncer que lo sepultará en menos tiempo de lo que muchos esperan.
Dos veces, DOS VECES, con reforma de la Constitución, Menem se consagró presidente de todos los argentinos. Empujado por la Renovación Peronista, que a menos de un mes comenzó su rauda retirada, seguía con un oportuno slogan de campaña: “Vuelve la alegría”. Ya no había generación intermedia, los jóvenes de ayer representábamos la diáspora del horror que causaba la corrupción que poblaba las primeras planas de los diarios.
De la inflación a la corrupción, cualquier generación de esperanzados se sepulta a sí misma y comienza a construir su trinchera individual, añorando las sonrisas de su abuelo cuando volvía contento por haber trabajado todo el día y miraba los cuadernos de los nietos con orgullo, al sentir que desde su lugar de analfabeto manejaba la locomotora de la educación pública que empezaba a agonizar tras los amplios debates de aquel Congreso Pedagógico Nacional que entre otras cosas decidió que sólo se necesitaban derechos y no obligaciones.
Ya era tarde. La lucha por la supervivencia nos mantuvo entretenidos en los mejores años, cuidando a nuestros hijos en estado de deliberación permanente. Sabíamos cómo ser hijos, no cómo ser PADRES. Creímos que con sólo ponerles el guardapolvo como estandarte de la educación pública iba a alcanzar para tener todo en sus manos.
Tenían la libertad, ahora faltaba la educación y luego el triunfal ingreso al mundo laboral.
Ver a los porteros aguardándolos en los accesos a las escuelas nos daba contundente seguridad. Apreciar a algunos viejos profesores, nos llevaba a preguntarnos cuándo vendría ese mundo mágico y sabroso del conocimiento.
Estabamos ocupados, tan ocupados como para echarle la culpa de todo a los demás y hasta a la propia democracia.
Aparecían los Aldo Rico, los Albamonte y hasta los Patti como dueños de la moral y el orden público. Los mismos que estabamos en el 83 debajo de las tribunas de cualquier partido político, comenzamos a observar que la movilización popular venía en colectivo y las convicciones a fuerza de chapa y chorizo.
Eran ellos o eramos nosotros. Estaban VOLVIENDO, mientras nosotros DESAPARECIAMOS. No encontrábamos lugar donde canalizar nuestros sueños y lo que es aún peor, nos mirábamos de reojo para ver quién había renunciado primero a su obligatoria militancia por la decencia, la educación y la libertad. Comenzamos a ser presos de nosotros mismos y llevados como rehenes por nuestros propios hijos. Se perdieron en el camino las palabras pupitre, carrozas, hojas de caligrafía, sala de labores, laboratorio, escuela piloto, profesor normal nacional, tintero, mapoteca, registro, amonestaciones, cuadro de honor, guardapolvos con tablas para las mujeres y prendidos adelante para los varones. Palabras menores, todas absolutamente menores contra el facilismo de creer que el “orden” era represión y la educación formal “una pérdida de tiempo”.
Mirándonos el bolsillo, perdimos de vista la escuela. Todas las escuelas. Temiendo ser desocupados olvidamos el preámbulo de la Constitución. Amedrentados por los despilfarros económicos e intelectuales de la Alianza, dejamos pasar el último tren de la historia a manos de personas que con groseras faltas de ortografía y sin saber qué es una oración bimembre, lograran un “conchabo” de docentes a triple turno.
Ahí depositamos lo único y lo mejor que nos quedaba desde aquella lucha para recuperar la libertad y la Justicia perdidas: nuestros hijos.
No es agradable mirar fotos cuando uno no quiere ni acordarse de sus propias distracciones. Es la memoria la que selecciona el modo en que cada uno desee consolarse, pero… un día, inevitablemente sucede.
Alguien despierta el resorte que nos pone de cara a nuestra propia vida, nos obliga al balance, nos invita a extrañarnos a nosotros mismos como personas, nos recuerda que la vida se va a terminar y que no hemos hecho todos los deberes como corresponde. Alguien incluso mucho más jóven que nosotros, empieza a trabajar en una Cooperadora, en un club, se hace bombero voluntario o simplemente se ofrece sin condicionamientos para ir a apagar el fuego a las Islas Lechiguanas sin más pertrechos que una manguera y un tanque para fumigar.
Qué sensación maravillosa. Es maravilloso sentir que uno puede hacer algo. Mínimo, pero, ALGO.
Aquella tarde en la que la televisión nos devolvió a ese ex Presidente enfermo en mármol sin poder escuchar aquella vana promesa que le hicimos en 1983, cuando gritábamos “por cien años más” o “lucharemos hasta el fin”, percibimos nuestra soledad y nuestro propio fracaso. No como militantes de un partido, sino como ciudadanos de un país que destruye, corrompe, encandila y se distrae cada cuatro años con un mundial, dejando que sus legisladores sean un eslabón del engranaje que se despachen a diestra y siniestra haciendo de aquella “austeridad” y su dieta de peso simbólico en San Pedro, los más fantásticos negocios. Miramos como le arrebatan al pueblo su dignidad sumiendo a los niños en la pobreza, alentando la venganza del pasado, arrodillando a los productores, negociando con las multinacionales, vendiendo tierras con agua potable al capital extranjero, humillando a los decentes con una Justicia que contamina, cuidando a los desamparados con más enfermedades, más desnutrición y menos cultura. Contaminando de mendicidad a los que antes eran “derechos adquiridos por el sólo hecho de haber nacido”.
Ellos no vuelven, sólo SE QUEDAN.
Nosotros tenemos que VOLVER. Eso es lo que pensamos 25 años después cuando nos cansamos de entretenernos con las culpas y las acusaciones recíprocas. Nuestros hijos necesitan ver cómo y de qué manera VOLVEMOS.
No importa a qué lugar. No importa a qué destino. Importa que sepan que tenemos la fuerza para VOLVER y que PARTICIPAR es el único modo de evitar que se QUEDEN.
Hace apenas unos meses, varios chicos de entre 25 y 35 años, la peleaban en la Ruta como si fuera la última batalla. Bastaron unas semanas para que huyeran despavoridos cuando veían a “los de siempre” disputarse minutos en los medios de comunicación y fabricar cortes de ruta a pedido del horario informativo de los medios “cuartos” que también forman parte de la lógica del apriete porque los maestros de la comunicación ya han sido borrados del mapa a manos de las empresas que hoy los manejan.
Hay que VOLVER, para refutar el espantoso mito que nos tilda de “golpistas”, “miembros de la derecha reaccionaria” o “socios del capitalismo salvaje” para mantenernos callados e inertes.
Se lo debemos a los abuelos que se ven agonizar con resignación agradeciéndole al PAMI una droga oncológica que ni siquiera se sabe si proviene de un laboratorio. Se lo debemos a nuestros hijos que sólo pueden participar de las “tribus urbanas” para llamar nuestra atención.
Cada quién puede empezar a VOLVER por dónde le parezca.
Puede ser una comision de fomento, un club, una entidad de bien público, un partido político o una ESCUELA.
Pues bien, a esta última vamos a volver. Vamos a VOLVER en principio a la Escuela Normal Nacional Fray Cayetano José Rodríguez. Vamos a VOLVER para empezar a DEVOLVER, hacia atrás a los que nos formaron. Hacia delante a los nuestros, para que nos VEAN VOLVER a recuperar nuestro lugar, nuestra casa, nuestra trinchera, nuestra única herramienta para cambiar algo: la educación.
Nos tienen que ver los alumnos y los docentes decentes e indecentes. Nos tenemos que ver nosotros. Nos tenemos que ver VOLVER.
Por todo esto y porque la democracia ya no es adolescente y la participación popular es el mejor fusil que tenemos para disparar sobre los próximos 25 años en el único sitio que puede garantizar LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES, en la ESCUELA DEL ESTADO, el Viernes 5 de Diciembre pagaremos una entrada para VOLVER, recuperar, sentir que estamos ahí, cuidando el alma del edificio histórico, apuntalando la enseñanza, exigiendo a los profesores que estudien más para que nuestros hijos puedan DEVOLVER MAS. Desde el Viernes, comenzaremos con La Radio y La Opinión una campaña para poder VOLVER, y deslizar por la cuadrícula cansada de las galerías las piedras de la payana, el elástico, las reuniones de agrupación, el baile de egresados sin alcohol. Tenemos que VOLVER para mirar el techo de nuestro salón de actos, extrañando nuestras carreras por la escalinata de madera. Tenemos que VOLVER para abrir el telón y ver entre las bambalinas que el futuro siempre está lejos, pero no tan lejos para ser inalcanzable.
Vamos a VOLVER los ex alumnos a izar la bandera en nuestra escuela y pegaremos nuestras fotos y los años de nuestras promociones en cada salón que pintemos.
Tenemos que VOLVER para que NO SE QUEDEN con lo nuestro, para exhibir con orgullo aquella frase acuñada entre boletines que decía que “todos alguna vez pasamos por el Normal”.
Tal vez a otro se le ocurra el Industrial, a otro la Escuela Rural y así sucesivamente.
Nosotros vamos a VOLVER una vez más, para sentir que con poco hacemos ALGO.
Vamos a VOLVER para DEVOLVER. Y para quien no esté convencido, hemos preparado un mínimo homenaje en las páginas centrales de este semanario, porque hace 25 años se fue Bertha Sotil y antes se fueron otros, que miran con expectativa qué hacemos sus alumnos cuando ellos deciden tomarse su merecido descanso.
Encuentro de todas las promociones: Viernes 5 de Diciembre a las 19.30 horas en el patio central descubierto de la Escuela Normal

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