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La multitudinaria audiencia callejera de Axel Kicillof y el silencioso sobrevuelo de la gobernadora Vidal por San Pedro, a menos de una semana de anunciadas las listas, marcaron el primer hito en la agenda de campaña. Nada será como era ni volverán los métodos tradicionales de seducción al votante.
El acto de Axel se pareció más al del cantante que al que puede dominar en un auditorio con su esencia de sólido baluarte intelectual dueño un bagaje de convicciones que pueden sepultar en una milésima de instante los centenares de intentos marketineros a los que recurre la alianza de gobierno. Lejos de regalarnos esa verba o permitirnos preguntas fuera de agenda, el exministro de Economía de Cristina Fernández de Kirchner llegó en un Clio 2011, comió empanadas en una parrilla, durmió en un hostel y derrochó paciencia para tomarse fotos de todo tipo con fans de todas las edades: desde adolescentes que le gritaban “no te olvides del aborto” a señoras mayores que lo arropaban o abrazaban con el ferviente deseo de que simplemente les dispensara una mirada.
La presencia de Sergio Berni, Paco Durañona y de los cuatro precandidatos a intendente que disputarán el liderazgo dentro del Frente de Todos fue un detalle menor a la vista de quienes entienden que el “entusiasmo” es la sal de cualquier campaña. Un entusiasmado es mejor que un convencido a la hora de multiplicar los votos. Eso es lo que sucedió: los que el jueves estuvieron en las puertas del Sindicato de Luz y Fuerza se entusiasamaron, cargaron pilas, recuperaron la mística del “vamos a volver” y hasta se atreven a imaginar el modo de desplazar a Cecilio Salazar de la jefatura comunal.
El precandidato a gobernador se sacó una foto en la terraza de su alojamiento. Ese mismo cielo surcaría a esa hora el avión con el que María Eugenia Vidal llegó a San Nicolás para visitar un Casa de Encuentro y más tarde sobrevolaría San Pedro nuevamente para llegar a un Hogar de Niños en Baradero. Otro estilo: contacto directo, charla cara a cara, fotos, video, ocho preguntas con la prensa y más tarde un resumen con música vía redes sociales recordando que Cambiemos llegó para “hacer lo que hay que hacer”, sin estridencias y parados sobre el terror que produce sólo imaginar que el kirchnerismo vuelva al poder. Esa es la campaña y el motor que pone en marcha el espanto desde ese otro lado en el que se ha colado la figura de Pichetto para amargura de quienes pensaban que por primera vez en la historia desde 1945 podría terminar su mandato un gobierno no peronista.
El intendente Salazar no fue convocado a ninguna de esas ciudades para compartir escenario. Las cosas se están poniendo muy difíciles dentro del espacio del oficialismo. Cambiemos o Juntos por el Cambio no puede resolver un problema. Siempre resolvió de manera inteligente usar lo que está en contra a su favor. Así sucedió con los escraches o piedrazos en actos o timbreos. Advirtieron que esas agresiones los favorecían, la gente ya no quiere ver ese espectáculo en el que hasta docentes han utilizado la cobarde metodología del escrache, pero ahora han hallado un modo inteligente de penetrar en ese miniuniverso angelical de los encuentros cara a cara: hábilmente se infiltra a una voluntaria o vecina que pregunta con respeto y pone en aprietos a la precandidata mientras alguien graba con su celular el video “ocasional” que luego será estratégicamente subido a las redes.
Más tarde miles de esclavos del celular hacen su tarea gratuita cada día, cada hora, cada minuto. Salvo quienes aún atesoran en sus manos un diario de papel, el resto debe cumplir sin remuneración alguna su rol de propagador de disparates. Reciben una foto y sin que se active la neurona o la reflexión la comparten. No conocen su procedencia pero la urgencia los lleva a enviarla a amigos, seguidores, usuarios, miembros de grupo. Del mismo modo proceden con un video, un flyer o un mensaje tenebroso en el que se les advierte de los males que sobrevendrán si gana tal o cual.
El último paso se dará sobre los periodistas que, a propósito, están pasando el peor de sus veranos cada vez que un colega protagoniza sin tapujos alguna operación de prensa o elude los tribunales, como ha sucedido recientemente tras el escándalo de las escuchas y extorsiones del falso abogado Marcelo D’Alessio.
Hace exactamente una semana, a esta hora, los periodistas que trabajan en La Opinión escucharon pacientemente las reglas impuestas para la cobertura de las próximas elecciones. Los más jóvenes con intriga, los más experimentados con cierta resignación; quién esto escribe, con el temor de que los más de 30 años de ejercicio de la profesión se diluyan en algún exabrupto o maniobra intencional de quienes están armando la campaña sucia. Sucede a menudo: discutimos. Discutimos fuerte por abordajes, tratamientos, coberturas, innovaciones u opiniones, pero en los últimos años nos hemos empezado a mirar con recelo o sospecha. Pensamos distinto, muy distinto.
Abrazamos esta profesión desde distintos lugares. Más académicos o más improvisados. Acaso estemos más sensibles y menos apasionados por el desgaste que produce en estos tiempos competir con la posverdad. Esa que hace que cada quien se apegue a creer aquello que es más afín a su pensamiento dejando de lado el proceso deductivo que necesariamente lleva a la dramática e incontrastable realidad. Esa que solíamos ver los movileros cuando nos mandaban a perseguir ambulancias o patrulleros en procura de una imagen propia, un relato nacido de la visión directa u original de los hechos. La que en esta campaña nos está vedada a todos, especialmente a ustedes, los que aún leen párrafos de más de diez renglones porque los disfrutan y saborean.
Confieso que esta campaña nos asusta por sus brutales modos de engaño y sus rastreros métodos. Ya dan vuelta datos escabrosos sobre la vida privada de varios candidatos, intimidación e interpelación para que se den a conocer sucesos que no ocurrieron, maniobras de manipulación sobre los sectores más sensibles de la población a los que se les dará o quitará la posibilidad de la comida o la atención de la salud, y “estimulación” eficaz sobre el bolsillo de voceros que suelen doblegar a comunicadores o a los dueños de los medios de comunicación. Sabemos que también nos puede pasar a nosotros porque alguna vez nos ha pasado o “se nos ha pasado”. Hemos encendido todas las alarmas para no defraudar a nuestros lectores, seguidores u oyentes. Vamos a encender una más: les pedimos que alerten, sugieran, opinen, griten, califiquen, participen y avisen si alguno anda por la banquina del periodismo militante.
