¿Dos años desperdiciados?
Por Roberto Borgo ExSecretario de Economía y Hacienda de la Municipalidad de San Pedro
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A la vista de la Rendición de Cuentas elevada por el Ejecutivo Municipal al Honorable Concejo Deliberante por el Ejercicio 2017, desde el análisis conceptual se abren dudas del tratamiento técnico y confección de los presupuestos remitidos por la gestión del intendente Salazar en sus dos primeros años.
Cuando creíamos que teníamos un óptimo escenario para mejorar —poder, mayoría legislativa, la cercanía política para generar la llegada de obras tantos años postergadas—, estamos desperdiciando el valioso tiempo para
pensar y planificar.
En el primer año de gestión apostábamos a cambiar los desencuentros políticos que llevaron a sumir al municipio en una crisis económica financiera grave; era el momento para frenar la esquizofrénica dinámica de tomar decisiones condicionados por la urgencia. Desde lo político eso efectivamente sucedió. Pero el triunfalismo no es buen consejero, años de errores propios y forzados difícilmente se revierten por el mero hecho de declamarlos.
El escueto plantel político fue en aumento sin contraprestación de eficiencia; la abundancia de fondos para obras afectó el termómetro de bolsillo de las arcas municipales. Se dominó la oposición gremial que dificultaba el orden, pero el goteo de horas extras insumió en promedio 2.5 millones de pesos por mes.
Las tan debatidas fallas estructurales de recaudación y aplicación de gastos siguen bajo la línea de flotación del iceberg: a dos años nos encontramos con el mayor déficit del municipio en su existencia.
No se cambia la realidad haciendo borrón y cuenta nueva. Desde el 2016 al presente año, el municipio pasará a jubilar a más de 300 de sus agentes, muchos de ellos en cargos de importancia por los conocimientos adquiridos. ¿Cómo estamos reemplazando esos recursos? ¿Con parientes por la puerta de atrás? ¿O acaso creemos que publicar un mapa en colores es modernizar el estado?
En diciembre de 2017, el diario La Nación publicaba una nota del periodista Marcelo Veneranda que planteaba una preocupación por parte del Honorable Tribunal de Cuentas de la provincia de Buenos Aires, bajo el título “Presupuestos dibujados: un deporte extendido entre los intendentes bonaerenses”. Desde el año 2010 el organismo provincial ha puesto en análisis un nuevo índice: la insolvencia en la estimación presupuestaria, que relaciona los presupuestos remitidos y los efectivamente ejecutados.
En el ejercicio 2016 el Municipio de San Pedro se ubicó en el puesto 27 dentro los 135 municipios con un índice de insolvencia del 60 %. Sobre un presupuesto elevado por el Departamento Ejecutivo al Concejo Deliberante de 417 millones de pesos culminó erogando 667 millones. Antes de esto, San Pedro se encontraba holgadamente después del puesto 100.
En muchos de los municipios el desapego a la “ley de leyes”, como se denomina a la planificación anual de los diferentes estados, se basa en eludir los controles legislativos o esconder bajo la picardía tan común de la política argentina la total disponibilidad de fondos sin discutir la conveniencia de la aplicación a las verdaderas necesidades de los vecinos.
En el caso de San Pedro la realidad pareciera ser más mundana, e inverosímil. En un municipio ávido de obras de infraestructura, que desde la gestión política del intendente Salazar es quizás el punto más destacable de estos dos años de gestión, no encuentra en su círculo de colaboradores o equipo la contraparte de bases técnicas que permitan plasmar en resultados positivos la capacidad política.
En el Ejercicio 2017 la insolvencia en la estimación presupuestaria es del 66%, el error fue por $ 339 millones. Casi la totalidad de gasto del municipio, descontando el gasto en personal.
Poco más que temerario dejar librado al “nos ayudan” los destinos de un municipio que nunca salió de la crisis. Cuando no podamos pagar sueldos, tal vez algunos puertas para adentro se enterarán.
Luego de Salviolo y Génova al frente de Economía, el municipio no pudo desarrollar eficazmente el presupuesto como herramienta de gestión estratégica y control, menos en la forma en la que queremos evolucionar como partido hacia el futuro. Luego la crisis reconvirtió la herramienta en la mera voluntad de hasta dónde queremos aumentar las tasas y el descalabro no sólo de gestión, sino político generalizado que sufrimos. Los egos primaron sobre el bienestar común.
Transcurrieron dos años, y el presupuesto pasa sin pena ni gloria por el Deliberativo, parece eficiente aprobarlo antes de las vacaciones de los concejales. Sin discutirlo, sin enriquecerlo, de espaldas a la comunidad, podríamos culminar. Cuando se cree que las mayorías ayudan a darle celeridad a la gestión, es sólo si hay substancia, ideas y ganas de trabajar. Lo cual no se nota.
Los groseros errores de confección sobrepasan el desconocimiento; errar en el cálculo de personal cuando el municipio posee contratados profesionales externos que cobran para colaborar en su estimación sin mayor esfuerzo es sólo un ejemplo. Ajustar los ingresos propios cuando es el mismo Ejecutivo el que eleva los aumentos de tasas y servicios, otro. O la estimación de fondos provinciales que son informados religiosamente por parte del
Ministerio de Economía Provincial con la anticipación necesaria hace presumir que a nadie le importa.
Por los decretos remitidos donde se amplían partidas de gastos con fecha 29 de diciembre, surge la duda: ¿qué seguimiento han tenido para su erogación? ¿Quién definió su necesidad? ¿Cuál es el método de seguimiento de la eficiencia en la recaudación tributaria; la eficiencia en la inversión de esos recursos; la administración de la prestación de los servicios para el logro de una mayor eficiencia y la focalización del gasto en búsqueda de mayor equidad social?
En ese orden de ideas los municipios a través de sus funcionarios políticos deben ocuparse y preocuparse por diseñar los procedimientos que les permitan evaluar su gestión, en función de la responsabilidad que se devenga del cargo que ostentan. Presupuestar es el puntapié inicial de la planificación. La programación implica discernir para alcanzar los objetivos y optar entre las alternativas de la acción futura para alcanzar los fines.
Y la cuestión no pasa por las aspiraciones personales de los dirigentes políticos, las cuales pasan y pasarán. Las crisis no empiezan con una persona ni terminan con ellas. El éxito o los logros de la comunidad como tal permanentemente nos obligan a rendir cuentas y contrastar resultados. La responsabilidad continúa siendo de la clase política en su conjunto. Las herramientas quizás no sean lo único necesario, pero tampoco se puede
prescindir de ellas, bajo un empirismo ciego.
