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miércoles, junio 23, 2021
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Día del Estudiante: “La magia de aprender de un libro”, un cuento de María Inés Stoppani

Este 21 de septiembre, en el Día del Estudiante, María Inés Stoppani preparó para todos los estudiantes este homenaje. El cuento que se reproduce a continuación se llama "La magia de aprender de un libro".

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Estaban los libros en la biblioteca aburridos y se empezaron a molestar entre ellos. Decían: ”Vamos a divertirnos, porque estamos aburridos”.

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Se tiraban papelitos como los alumnos en las horas de clase libres. Se cambiaban de lugar. Reían.
Recogí  algunos de esos papelitos. Tenían oraciones de las más diversas. Leí algunas de ellas:

La ortografía de la RAE saca el acento a los pronombres demostrativos. Real Academia Española.

Buscando reposo después de rudas fatigas de esas que rinden el cuerpo y envenenan el alma, quise visitar las montañas de mi tierra natal… Joaquín Víctor González.

Nunca estuve convencido por mí mismo de que yo existiese. Franz Kafka.

Estos recuerdos de mi madre implican para mí un gran consuelo. Guillermo Enrique Hudson.

Suceda lo que suceda levaremos anclas. Emilio Salgari.

Pero entre los que jugaban, como siempre, había uno que estaba molesto, Era un libro de Fisiología Vegetal, al que le faltaba la primera hoja, donde estaba el autor.

Entonces me habló más bien gritando y me dijo en tono caprichoso:

— ¡Estoy cansado porque nadie me  consulta. Empezando por ti. Si no me recoges ya, y me tomas en tus manos, me voy a molestar mucho!
—Estás aburrido. Eres insoportable y no pienso atenderte.  Me voy a dormir a mi habitación, así no te escucho.
—Pues como estoy muy enojado, voy a tirarte  con los cloroplastos que están dibujados,  en mi capítulo de fotosíntesis. Tengo un apartado que habla  sobre la fotosíntesis de las plantas. Están dentro del  dibujo, de una  hoja de la planta. Y la voy a vaciar—, me dijo el libro.
—Me voy a dormir—repetí bostezando—.  Hasta mañana
—Esto no va a quedar así—,  me dijo  molesto el libro—. Voy a cumplir mi promesa,  porque sé que es por tu bien.

Lo miré para hacerle frente a su capricho. Iba en camino a acostarme y escuché una carcajada. Seguro que sería el Atlas Universal, un libro muy caro que lo compré y jamás lo abrí. Se querría divertir también.
Me senté en el sillón, para saber si volvía a reírse,  pero el sueño me fue venciendo. Me quedé dormida.
Cuando a media noche  me desperté, los libros estaban tranquilos. El piso lleno de papelitos.  La fiesta había pasado. Había un silencio absoluto: Solo el sonido del motor de la heladera.
Me levanté y me trasladé a mi habitación,  para seguir durmiendo en mi cama.
Con la luz entrando por mi ventana,  me desperté. No tenía horarios porque eran mis vacaciones. Aún somnolienta me levanté,  pero noté algo raro en mis brazos: Al mirarme al espejo, observé que mi cabeza, los brazos y las piernas estaban algo verdes. Desnudé mi cuerpo,  pero el resto del mismo, estaba normal.
En medio de la confusión recordé la promesa de represalia  del libro de Fisiología Vegetal. Entonces fui a la biblioteca, me acerqué a él, pero estaba absolutamente quieto. Absorto como una piedra. No iba a conseguir ni una palabra de él.
Hice mi rutina: Me bañé, lavé mis dientes, me vestí y desayuné. Salí a la calle. Era media mañana, así que me dirigí al bosque del lago a caminar. Estaba expectante,  para ver qué pasaba con mi cuerpo verde. “¿Y qué me iba a ocurrir?”.
Me puse cada vez más verde, como una papa bajo la luz del sol.
Entonces empecé a tener sed, como para no marchitarme. También me mojaba la piel para hidratarme. Necesité exponerme al sol. Por la nariz me entraba  oxígeno,  y el dióxido de carbono, que luego de respirar  exhalaba, se iba a mis cloroplastos. Me transformé en el primer ser humano  combinado con una  planta.
Así se sucedieron los días. De a poco todo lo que necesitaba para vivir,  lo producía yo. Excepto el agua y muy pocos nutrientes y los gases dióxido de carbono y oxígeno. Estaba tan verde, que más que una persona parecía un árbol. Pronto me resigné. Quería vivir.
Me empecé a interesar entonces, por los movimientos ecologistas. Por eso aquel domingo,  todavía en mis vacaciones,  me dirigí a un parque. Iban a plantar árboles, para mejorar la captura de dióxido de carbono de la atmósfera, qué impedía que el calor se disipara. Y en un planeta caliente, este efecto invernadero, dañaba la vida.
Cuando llegué me quedé adelante, cerca de los organizadores. Estaba lleno de jóvenes estudiantes. Ellos querían un planeta mejor.
Cuando terminaron los discursos y se dispusieron a plantar vegetales,  ya estaban hechos  todos los huecos para los árboles. Entonces un muchacho morocho,  de anteojos azules, me levantó y me introdujo en un pozo. Mientras las otras personas,  hacían lo mismo con las diferentes plantas. ¡Me había parado en el lugar equivocado!  Yo gritaba, pero el muchacho me hizo caso omiso y me enterró hasta los muslos: Me agregó agua con una regadera,  y se marchó.
Yo estaba desesperada, pero no podía hacer nada. Me quedé allí. Nadie me podía ayudar.
Pasaron los días. Era un árbol,  donde la fotosíntesis formaba compuestos y los mandaba a mi parte humana,  para su alimentación. La única ventaja es que no necesitaba que me alimentaran, porque yo hacía la fotosíntesis.
Así estuve tres días. Al atardecer del tercer día, vi algo que me llamó la atención. En el banco más cercano a mí, estaba apoyado el libro de Fisiología Vegetal. Lo reconocí de inmediato.  Me había venido a visitar. Y a traerme una propuesta.
Mi biblioteca se estaba llenando de tierra y los libros anhelaban mi presencia. Aunque estuvieran de adorno y no los usara, extrañaban verme en la casa. Entonces el de Fisiología Vegetal me propuso un trato:

—Si tú lees el capítulo de fotosíntesis, te  quito ya  los cloroplastos,  y los devuelvo al dibujo de la hoja, en este libro—, dijo con tono amable.
—Acepto —, respondí apurada, para que ya arregláramos el acuerdo.
El libro abrió sus hojas en la página con el dibujo de la hoja vegetal. Poco a poco, los cloroplastos llenaron el esquema.  Así, mi  piel se fue volviendo clara y tomando su color. Recuperé la alegría y mi condición humana total.

El pozo se abrió y pude elevar mis piernas. Fui moviendo mis extremidades entumecidas. Tomé el libro, regresé a casa y luego de bañarme, me senté en el sillón.
Comencé a leer fotosíntesis. Asombrada, me quedé entendiendo qué maravilloso era lo que me había sucedido, con los cloroplastos en mi cuerpo. Cada vez me interesaba más y me gustaba más. Y se me ocurrían ideas. Y me llenaba de energía.
Terminado el capítulo empecé a hojear el libro. Y vi un dibujo de la raíz de zanahoria que me llamó la atención.  Y cómo era la curva, con la que crecían todas las plantas. Mañana muy temprano me levantaría leerlo.
Había descubierto un mundo maravilloso, pero estaba cansada. Miré los otros libros y me pensé: Cuántas historias  tendrán escondidas.
Cuántos días me esperarían, para continuar en ese maravilloso camino de leer, estudiar y tal vez, crear, que recién empezaba. Y el milagro lo había hecho una sola página, de uno de mis libros.

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