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    Desde Manacor a Espinillo

    “Yo me voy a casar con la chica de Sobrino”, anunció Ariel Lido Gomila cuando transitaba la adolescencia. Sería años después la esposa que lo acompañó hasta el día que lo asesinaron. Un mallorquín y una gallega que tomaron decisiones y trabajaron a la par con el campo como horizonte y la familia como destino.

    10 de febrero de 2016 | 11:43
    Desde Manacor a Espinillo

    Entre las Islas Baleares, Mallorca es la que ha empujado el destino de decenas de familias sampedrinas que a principios del siglo XX llegaron en procura de una nueva vida. Manacor, la ciudad natal de los Gomila, es la tercera en importancia y cantidad de población.

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    Los hermanos Don Rafael y Don Jaime Gomila le dieron nombre y apellido a una vasta descendencia que pobló los campos de la zona con frutales, guinea, viveros, batata y trabajo a destajo.
    Ariel Lido Gomila era hijo de Bernardo y nieto de Jaime, el dueño de la tapera que ahora oficia de mudo testigo de la tragedia que le puso punto final a la ilusión de María Ester de continuar la vida en el lugar en el que trabajaron, educaron a su hijo y vieron jugar a sus nietos.

    Allí, en el paraje El Espinillo comenzaron los estudios, primero en un establecimiento precario y, luego del gobierno de Juan Domingo Perón, en la escuela fundada allí, con la que colaboraron permanentemente.
    “Ella era la mandamás, la de las relaciones públicas”, describe Juan Gomila, el nieto varón y cuarta generación de inmigrantes que desde el sábado acompaña los dolorosos pasos de su abuela, que ahora, sin alternativas, compartirá vivienda en la ciudad para dejar la casa de material que lograron construir con la ayuda de toda la familia.

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    “Venían todos los fines de semana los grandes y los chicos para levantar la casa. Mi abuelo estudió en la escuela de Espinillo”, relata el Presidente de la Agrupación Mallorca cuando este medio lo llamó para retomar parte de la historia de la pareja que, como otras tantas, ha perdido a uno de sus miembros a manos de los delincuentes.

    A los 27 años, en la Iglesia Nuestra Señora del Socorro, Ariel Lido Gomila y María Ester Sobrino contrajeron matrimonio. La luna de miel fue en Córdoba y la fiesta en el galpón del establecimiento rural. De allí, cada mañana y cada noche compartirían tareas rurales que sólo interrumpían para algún encuentro social o para compartir jornadas de pesca.

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    Disfrutaron de una vida sencilla y ajustada a los vaivenes de la producción y se alegraron con la llegada de Magdalena, Isabel y Juan Manuel, los tres hijos de Gustavo.

    En 2013, Ariel y María Ester fueron tomados como rehenes de un robo en su casa. Los ataron y amordazaron para golpearlos y “se llevaron todo”. El matrimonio se negó a dejar su hogar y por primera vez pensó en la defensa propia, “por si vuelve a pasar”. Y pasó.

    Desarraigo

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    No forman parte de la estadística ni de la contención. Están educados en tiempos en los que la psicología se medía al calor de la leche con nata y la escarcha de la helada. Tienen celulares porque sus nietos los obligan o porque entienden que ese es el único medio para que los atiendan. Son herederos de los inmigrantes y felices con lo que tienen tranqueras adentro. No saben qué es la oligarquía y hasta hace algunos años el peligro residía en las heladas, las plagas o el clima. Entienden que el efecto de la grapa o la ginebra empinada al alba es un acto a compartir con los peones antes de encarar el surco. No salen en televisión ni participan de fiestas que no sean las de sus colectividades o sus familias. Son ellos: los que siempre vivieron en el campo y vivieron “del” campo. Con ahorros en camionetas, conservadores plazos fijos y un “ahorrito” escondido por si hay problemas de enfermedad o la necesaria ayuda a hijos y nietos, transcurren su vida de negocios. No molestan ni quieren ser molestados, pero esa paz terminó.

    No es una postal antigua y es cierto que el progreso mató muchas costumbres. Lo que no ha cambiado es la capacidad de comprender que no será un equipo de profesionales, ni el fiscal, el Juez o el Policía, el que les devolverá la paz de una vida que nunca quisieron abandonar.
     

    A veces los miro, sentados o asomados tras la persiana de alguna casa de esas con una puerta chica, enconrvados, llenos de ausencia, mirando a la nada, pasando la vida, y me pregunto en qué campo vivían o en cuál de ellos jugaban de chicos. Me pregunto si están esperando. Me interrogo sobre sus deseos. Me culpo por no preguntarles y porque temo que me respondan que no hemos hecho nada. Me pesan esos silencios duros, tanto como las amplias sonrisas que nos devuelven si les dejamos paso en alguna vereda. Y si me tocan, las manos que raspan delatan el tránsito por las huertas, las tijeras de poda y la limpieza con las uñas percudidas. A veces solo los miro porque no puedo explicarles nada. No sé si son peones o chacareros, sólo se que son gente nacida y criada en un pueblo de campo. Sólo eso. 

    Lilí Berardi

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    • Edición N° 1245
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