José tenía los ojos lacrimosos. Como sus coterráneos venezolanos, su única preocupación era cobrar. En el Ministerio de Trabajo, casi se quiebra. Había hablado con su esposa la noche anterior. La menor de sus tres hijas no había ido a la escuela ese día. No había comido. “El salario mínimo es de 5 dólares y un pack de huevos cuesta 3”, contó.
Con una carpeta en la mano caminaba Elvis. Exfuncionario policial, trabajó en el Servicio Penitenciario venezolano y estudió hasta llegar a numerario de la Policía Científica. En la república bolivariana en la que Hugo Chávez soñó una revolución que su heredero Nicolás Maduro no supo, no quiso o no pudo continuar, están su esposa y su pequeña hija.
Ambos estaban en Perú. Trabajan como albañiles y decidieron venir a la Argentina cuando Jesús, otro compatriota suyo, les comentó acerca del trabajo que él y otros venezolanos habían conseguido en una fábrica de plásticos en San Pedro.
José y Rober son mayores. Trabajaron como agentes de seguridad en el aeropuerto de Valencia. Su sueldo era la mitad de lo que hoy vale un kilo de carne en Venezuela.
Junto a otros compañeros –hay quienes llegaron tras los pasos de su padre–, vinieron directo desde Venezuela. Durante 12 días cruzaron en micro los países de la Patria Grande: Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile. Entre ellos hay técnicos que trabajaron en fábricas automotrices, papeleros, especialistas en sistemas de producción en serie.
Como esos nueve venezolanos de la fábrica de los Saladino, en San Pedro y en otras ciudades del país se multiplica la presencia de migrantes que salen de Venezuela en busca de un futuro mejor.
Sin ahondar demasiado, señalan: “Todos saben que la situación allá es complicada, muy complicada”.
Su esperanza es conseguir un empleo, girar dinero a la familia, reunir moneda sobre moneda para que un día ellos también puedan venir al país. Sus sueños son los mismos que los de los inmigrantes que forjaron la Argentina entre fines del siglo XIX y principios de siglo XX. Sin embargo, en estos días de conflicto, no faltó el xenofóbico que les gritara: “Si no les gusta, vuélvanse a su país”. Exaltado –luego pidió disculpas–, el sindicalista Raúl “Chipi” Benítez gritó en la puerta de la fábrica: “Se acabó la época de la esclavitud”. Ojalá tenga razón.

:format(webp):quality(75)/https://opinionsemanariocdn.eleco.com.ar/laopinion-static/images/logo.png)