Casi nadie escuchó la queja de un referente del Frente Progresista, Cívico y Social cuando festejaba el magro triunfo de la lista que integraba con el invencible exintendente Mario Barbieri, que se perdió en el fárrago de bombas de estruendo que explotaban en la boca de otros candidatos o dirigentes anunciando el apocalipsis para el gobierno de Pablo Guacone.
Tiene razón, en las elecciones generales de discusión política el saldo es cero. Ni el sistema binario puede salvar de ese círculo redondo y “rojo” el vacío que desde la ausencia de Cristina Fernández de Kirchner se abrió sin piedad sobre los dirigentes que pretendían llenar con marketing lo que no podían sostener con ideas firmes.
Martín Insaurralde, tal vez el mayor desacierto del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, terminó la campaña de la mano de Jésica Cirio y a espaldas de la ausencia notoria de Néstor Carlos Kirchner, en una contienda cargada de “necesidades y urgencias”. Sin Scioli y sin el aparato estatal, el Intendente de Lomas de Zamora parecía Heidi sin el abuelito frente a un Sergio Massa que se paró sobre su gestión en Tigre a fuerza de marketing televisivo y buena recaudación para seducir a una provincia fundida por décadas de administración justicialista mendicante del Tesoro Nacional.
El hombre del Frente Renovador, que en 1985 empujó Antonio Cafiero para borrar la imagen del cajón quemado de Herminio Iglesias y llevó adelante la revolución progresista dentro del peronismo, ahora verá desfilar a los desencantados para comenzar a cimentar su campaña presidencial de cara a 2015, sin que nadie sepa o pueda incorporar un solo razonamiento respecto al proyecto o modelo de país que la democracia posterga desde hace tres décadas montada en una sociedad que –salvo excepciones– sigue montada en su bolsillo a la hora de pensar en su propio futuro.
La inflación y el dólar dominan la escena, aun cuando la conquista de derechos sociales se sigan considerando dádivas tal, como lo hizo MI Martín Insaurralde en afiches donde el MI mostraba a una madre con su bebé y “MI Asignación Universal” o a una abuela con “MI Jubilación”. La antítesis de aquello que la Presidenta denomina la “década ganada” en una Argentina transformadora y dinámica, en sintonía con otros países de América Latina.
No se discutió política y por lo que parece no se discutirá si en el horizonte quedan Scioli, Macri y Massa como exponentes de las variantes de un peronismo que había perdido la brújula y que ahora buscará el 15 de diciembre en un congreso citado a las apuradas ver quién se aferra al salvavidas que legaron Perón y Evita.
Raúl Alfonsín a quien bien le vendría un monumental homenaje al cumplirse hoy 30 años de democracia propuso a destiempo varias de las premisas de la década ganada. El Programa Alimentario Nacional, la Ley de Democratización Sindical, el Congreso Pedagógico Nacional, el Seguro Nacional de Salud y –por supuesto– el Juicio a las Juntas genocidas cuando tronaban aún los balazos de carapintadas y Fuerzas Armadas como factor de poder. Pasado el tiempo, recitar el preámbulo de la Constitución Nacional sería un ejercicio saludable para cualquiera que a esta altura de esta columna se precie de defender la República y su institucionalidad. También aquel Presidente fue víctima del agravio de propios y ajenos, del poder de una Iglesia que lo despreciaba y de una oligarquía rural e industrial que solía reunirse a diario con los medios de comunicación que hegemonizaban el escenario que luego decoraba Bernardo Neustadt con su “Tiempo Nuevo”. En fin, de aquel octubre del 83 a este de 2013 sólo se ha discutido política en un sector del kirchenirsmo que quiso ver en el gobierno de Néstor y Cristina el sueño de una nueva generación iluminada reivindicando las prácticas de intolerancia de la década del 70.
Así las cosas en la Nación, con Boudou en la presidencia; así las cosas en la Provincia, con Scioli y sus calcomanías color naranja preanunciando su 2015. Así las cosas en un radicalismo devenido en Frente Progresista sin más convicciones que las de juntarse para ganar y conservar los puestos y absolutamente alejados de sus principios y su doctrina. Así también con partidos nuevos como el Pro de Macri o la propuesta de De Narváez. Así, el vacío.
El mismo que se reflejó en San Pedro con un resultado que pone la responsabilidad sobre un joven de 27 años, carismático y atrevido, tal vez como expresión de deseos de “algo nuevo” y no contaminado, o en “el buen tipo” como Américo Quintana que conoce a la perfección que no hay política sin dinero desde que se hizo peronista.
Quien le ganó, Mario Barbieri, tiene tres gestiones como Intendente Municipal y una como Diputado Nacional. La diferencia de 1.400 votos deja claro que en cuatro años perdió mucho más de lo que ganó en una banca en el Congreso. Con semejantes antecedentes no era concebible un resultado tan rotundo del joven seguidor del Momo Venegas y Cecilio Salazar.
La paupérrima elección del Intendente Guacone con Dalmy Butti a la cabeza puso en evidencia que aún repitiendo frases que no les son propias o ni siquiera se han tomado el trabajo de leer, intentando emular el discurso bien hilado del kirchnerismo puro, es la consecuencia de la peor administración que ha sufrido el castigado pueblo de San Pedro que alguna vez se soñó como La Perla del Paraná o La Capital Nacional del Durazno.
Para Codern, una cifra lamentable tratándose de quienes más cercanía tienen con el poder real de la Nación. Sus números no son más que una anécdota en el calendario electoral.
Monfasani cómodo como Diputado y, aún sin hacer campaña y hasta distanciado de Ramanzini, fue el candidato más votado en la ciudad con cortes guillotina que sirvieron para mostrarle a su rival más cruel, Patricia Rocca, hasta dónde es capaz de llegar en su escalada individual hacia el reino de Massa. Cuidado, porque Ramanzini también tiene llegada y si lo desea puede influir fuertemente por las heridas profundas que le ha dejado su alianza con el Presidente del Concejo Deliberante.
No se discutió política y no aparecen en el escenario quienes puedan articular el cambio que la ciudad necesita para potenciar sus mejores perfiles. Digitalizar la gestión, modernizar el sistema público de prestaciones médicas, organizar el turismo para que su rentabilidad desparrame ordenadamente los recursos, modificar la Ordenanza de Uso del Suelo, ejecutar nuevos sistemas de tránsito y transporte, rearmar una propuesta de seducción para industrias no contaminantes, acercar alternativas educativas de verdadera inclusión, diagramar la red vial y el suministro de servicios públicos esenciales en barrios condenados a la exclusión o repensar el rescate de centenares de niños que son hijos o nietos de jóvenes abuelos que no han tenido relación alguna con el trabajo formal. Esas son las deudas y las políticas que no se discuten. Ese es el acto central del 10 de diciembre, cuando asuman los nuevos concejales prometiendo por la Constitución y la Patria que cumplirán su misión.
En homenaje a estos 30 años de Democracia, lo mínimo que se espera es gestión para ser eficaz y política para la conducción de una sociedad que es esquiva a la participación por temor a la disputa sin códigos que no vacila a la hora de destruir a las personas y no debatir su pensamiento.
La década ganada ha trazado una distancia insalvable entre argentinos. El odio se instaló en las mesas de los hogares y en los encuentros con amigos. Ahí está el primer obstáculo a superar con una reconciliación democrática, civilizada e inteligente. De ahí en más podemos dar el debate político que acunó los sueños de una generación que hoy promedia los 45 a los 60 años y que tiene mucho por devolverle a una República y a una ciudad que los necesita como protagonistas.
Construcción política con sentido común es una buena alternativa para convocar a quienes por obligación moral deben meterse en la arena electoral para entregar y legar sus conocimientos. Alguien debe empezar a pensarlo y –por supuesto– a ponerse en acción.
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