Cuando la ayuda social viene solo en una bolsa
La Opinión estuvo en las zonas más afectadas por el temporal. Las vivencias, el contacto y la reflexión sobre realidades que interpelan la eficacia de la llegada de ayuda social que, sin planificación, se transforma sólo en dádiva momentánea. Un recorrido por el basural, La Tosquera, Bajo Tala y las barrancas que se pinta con sonrisas que mezclan la resignación con el agradecimiento.
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-Por Luz Costa
En nuestra ciudad y en sus alrededores hay situaciones muy distintas; de muchas de ellas, no somos conscientes. Realidades a las que nos enfrentamos luego de que un temporal de casi 15 días las saque a la luz. Y ese fue nuestro trabajo del sábado por la mañana, salir a la calle y “pisar los charcos” que el temporal dejó.
Muy temprano comenzó el recorrido en uno de los lugares más ocultos de San Pedro: el basural. Y no oculto porque sea difícil de llegar a él, sino porque aunque mucho se hable o se publique, rara vez se recorre y se contacta a la gente que allí trabaja. Suelen autodenominarse como los “olvidados de San Pedro” o al menos así lo expresaron hace poco más de una semana cuando se acercaron a las puertas del municipio a exigir reconocimiento como recicladores.
Pero en esta ocasión llegar sí nos fue difícil. La lluvia había arruinado las calles que nos llevaban a La Tosquera y, a medida que nos íbamos acercando, notábamos cómo la situación era dificultosa para todos, en especial para los que debían ir caminando o en sus bicicletas a trabajar. Sí: a trabajar, porque recolectar residuos todos los días es nada más ni nada menos que su trabajo, su pan de todos los días, la posibilidad de mandar a sus hijos y nietos a la escuela y ponerles un plato de comida en la mesa al regresar. Así, con esas palabras, lo relataba la mujer con quien tuvimos la posibilidad de mantener una larga charla al llegar al lugar, y quien junto a Julio (otro de los más de 30 que se encontraban allí), nos respondieron a las dos preguntas por las cuales habíamos ido: ¿qué consecuencias les trajo el temporal? y ¿cómo siguió todo después de encontrar en una de las bolsas de basura a un bebé recién nacido el jueves de la semana pasada (ver página 2)?
En cuanto a la primera respuesta, la entendimos desde el momento en que llegamos al lugar: dificultades para entrar y para salir, el calzado desgastado y sucio, las bicis cargadas de bolsas, las manos llenas de barro, los camiones que debían ser vaciados y el trabajo que igual debía continuar. La lluvia había dado un respiro y era hora de separarse nuevamente por grupos y comenzar a reciclar. Por un lado, la comida para los animales; por otro lado, el cartón y el plástico; por el restante, aquellos artefactos que todavía se podían utilizar. Mientras tanto, algunos niños jugaban junto a los perros, corriendo por todo el lugar, y otros ayudaban a sus papás a recuperar elementos.
Llegaba ya el segundo camión lleno de residuos y ahí fue cuando dimos con Blanca, quien realizó el llamado el jueves por la mañana a los Bomberos tras encontrar una bolsa con un bebé recién nacido muerto en el interior.
“Lo encontró uno de los chicos, era un bebé hermoso, pesaba como 4 kilos, y por las dudas no lo queríamos tocar”, relató.
Luego de describir la situación en la que los llevó a sumarse al accionar policial y judicial, reapareció el problema del temporal. “Fue fuerte ver eso, acá encontramos cosas muy feas, pero está todo tan complicado que no podíamos dejar de trabajar”, dijo.
Blanca tiene a su nieto de 15 años viviendo en su casa y el hecho de que ella vaya a juntar cartón y plástico en el basural le da a él la posibilidad de estudiar. El problema fue que durante los días de lluvia era casi imposible trabajar y, por lo tanto, comprar algo para comer también. Ella vive en una casa muy precaria en el barrio de La Tosquera, como la mayoría de los que van al lugar. Allí recibió algo de asistencia del municipio que, con algunas trabajadoras sociales, se acercó al lugar y repartieron bolsas de mercadería, ropa y colchones secos. De todos modos, remarcaron, no fue suficiente, porque no todos recibieron la asistencia y además porque, cada vez que llueve, lo que se repone son el colchón y las frazadas, porque nunca se puede llegar a la solución de contar con un techo seguro.
Continuando con la asistencia, este no fue el único lugar al que debieron concurrir, ya que en Bajo Tala la ayuda también era necesaria e inmediata. El único almacén que funciona como tal está vacío: las garrafas, la luz y los impuestos aumentan cada vez más, la comida no alcanza y no pueden trabajar. Si bien los caminos no les dificultan el ingreso, la mayoría de las familias se gana la vida en el campo, con la batata o en algún vivero cercano a la zona, y la lluvia realmente los complicó, por lo cual ellos también recibieron bolsas de mercadería con aproximadamente cinco productos que les debían durar unos cuantos días a todo el grupo familiar: una botella de aceite, un paquete de harina, un puré de tomate, un paquete de fideos y medio kilo de yerba.
Como si no tener para comer no fuera suficiente, una persona “de buena fe, con buenas intenciones”, según detalló Sandra, la presidenta de la Comisón de Fomento del barrio, acercó comida vencida al lugar. “Quiero creer que esta persona no se había dado cuenta que le habían dado cajas de cosas vencidas, así como nosotros no nos dimos cuenta hasta después, cuando las repartimos”, dijo y agregó: “Todos los que vienen a traernos algo lo hacen por interés, lo hacen por política; pero obvio que, si a uno le ofrecen comida y le hace falta, la va a aceptar”. Finalmente descartó algunos rumores que involucraban a Desarrollo Humano con la mala asistencia. “La verdad que no nos podemos quejar, la comida vencida no la trajeron ellos, eso no es verdad, acá siempre que necesitamos están, siempre a los que más lo necesitan se les entrega mercadería, y, en este caso, lo necesitamos todos, y se nos pudo dar, aunque ahora si no esperan una semana para darnos otra bolsa tampoco nos vendría mal”, haciendo referencia a que la última bolsa había sido entregada días atrás, y ahora debían esperar hasta la
semana entrante.
Más allá de este episodio lamentable, están acostumbrados a recibir ayuda que está “de más”, como bolsones de ropa que particulares deciden llevar y están sucias, con ratas, inutilizables y hasta con pañales usados por adultos en su interior.
La necesidad en algunos casos es tanta que el simple hecho de que les donen pollos para criar y comer, y un par de semillas para cultivar, como lo hicimos con Elena, los puede alegrar.
Entre charco y charco nos acordamos que no es necesario ir muy lejos para enfrentarnos a duras realidades. Claudia es otra vecina que vive en la barranca de Fray Cayetano Rodríguez al 1935 y cuya casa corre peligro. La lluvia constante hizo que la tierra comience a ceder y se forme una grieta entre su casa y la barranca, que ella nota cada vez más grande.
Claudia terminó de construir esta vivienda de madera hace muy poco tiempo, sin saber que en ese espacio, donde ella tiene ahora ubicada su cocina, había un pozo ciego que, por la actividad de la tierra, se volvería a abrir. La asistencia llegó, sin embargo, su realidad no le permite aceptar las propuestas que le realizaron: “Me dijeron que me vaya a un refugio, pero adentro tengo mis cosas. Acá andan robando y no podés dejar tu casa. Voy a esperar que pare y traer tierra”, dijo.
Esperar que todo pase y recibir los materiales que Desarrollo Humano prometió es para ella la única solución al menos por ahora. Hasta que esto ocurra, convivirá con su hija y sus dos nietas, que viven en otra casa de material que se encuentra frente a este terreno. ¿El otro problema? Es una casa muy precaria, su hija tiene un embarazo de alto riesgo ya que transitando el séptimo mes, el bebé no llega a pesar medio kilo, la lluvia humedeció todas las paredes, los colchones y la ropa, por lo cual desde Defensa Civil decidieron hacerle llegar todas las cosas que ella daba por perdidas, pero su marido, quien se encarga de llevar la comida todos los días, trabaja en la venta de frutas, y estos días de lluvia tampoco pudo salir a ganarse el pan.
Como si esto fuera poco, Claudia hace dos años tuvo tuberculosis, por lo cual su salud es delicada y la humedad no hace más que empeorar su situación. Pero, más allá de todo esto, y de que tuvo que pagar más $ 1000 de luz por tener un foquito y una pequeña tele en su casilla, concluyó: “Vamos a esperar que esto pase y, bueno, de alguna manera nos volveremos a arreglar”.
Cuestiones sociales difíciles, en todos y en cada uno de esos barrios, pero lo más sorprendente es que ni el barro ni la lluvia ni la preocupación podían más que las ganas de salir adelante. Nada pudo opacar las sonrisas con las que nos recibieron y nos contaron su cruda realidad.
