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    Cuál es ese delgado límite

    2 de septiembre de 2015 | 14:40
    Cuál es ese delgado límite

    Un #MeRetracto bastó para desatar la imaginación o, en todo caso, la persecución de episodios de violencia, abuso, inseguridad, precariedad laboral o de otra índole para la reacción colectiva.
    Es que siempre, desde una situación de debilidad, se espera que sea “otro” el que denuncie, señale y en todo caso proteja a quien se siente vulnerable.

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    Así, la empleada doméstica de un funcionario público teme llegar con su reclamo al Ministerio de Trabajo o a un estudio jurídico porque sus perjuicios serán más que los beneficios, toda vez que el poder deja caer su pesada guillotina sobre aquél que puede ponerlo en peligro.

    Del mismo modo, quien sufre atropellos por parte de uniformados y tiene antecedentes no puede abrazar el recurso que separa la lógica detención de una “zurra” sin precedentes antes de ingresar al calabozo, porque todo será lo mismo para quien lleva las de perder.

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    Una mujer atemorizada por la violencia verbal, psicológica o física, se pregunta cuán más dura será su vida si se atreve a cruzar la frontera entre lo privado y lo público. Es el poder el que muestra su peor cara cuando la asimetría se hace evidente.

    Es el poder del habla el que condena, desprecia y aniquila a aquella persona que en estado de indefensión termina optando por el silencio. Ocultar, callar, resignar y someterse a la denigrante acción del otro, del que todo lo puede, de quien no vacila en la descalificación para abollar personalidades talladas en el temor.

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    En los últimos años, todos tenemos una dosis de esa humillante situación que comprende una violencia inusitada como moneda corriente en el trato. 

    En las últimas semanas, a la redacción de La Opinión llegaron diversas situaciones que al no haber sido denunciadas terminarán perdiéndose en la nebulosa de los comentarios “off the record” de “testigos de oídas”, porque las víctimas no pudieron cruzar el umbral del temor para hacer público ante la Justicia o ante los medios de comunicación las situaciones que vivieron.

    Porque no sólo no denunciaron, sino que en algunos casos negaron ante este semanario lo que sus propios familiares contaron. En otros, se desdijeron cuando se les propuso hacerlo público. En algunos, hubo quienes intercedieron para silenciar sus voces y evitar que siguieran contando.

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    Entre esas historias, hay de todo: desde poderosos que buscan silencio para favorecer sus intereses a hombres públicos que como los necios a los que les cantaba Sor Juana Inés de la Cruz acusan a la mujer sin razón sin ver que son ellos mismos los que causan esos males, pasando por personas que se supone que velan por los derechos de todos y todas pero no son capaces de proteger los de aquellos a quienes confiaron sus tesoros  más preciados.

    Son tiempos difíciles para todos. La exposición pública de la intimidad provoca que muchas de las cosas que quisieran resolverse en privado cobren difusión inmediata. En algunos casos, mejora la condición democrática porque permite que haya cada vez más interpelados por lo que le pasa al de al lado. Son los que vencen el “no te metás” para llamar a la policía ante un robo o a la Comisaría de la Mujer ante una golpiza en la calle u oída a través de la pared.

    Pero también son tiempos donde lo público se discute y resuelve en privado. Donde las instituciones que representan a los ciudadanos se reúnen para pedirle a la prensa que los deje debatir algunos temas “delicados” entre ellos, como si no estuvieran hablando de temas que atañen a todos.

    Entonces, el silencio. Un silencio que, por temor, termina cómplice. Desde el que renuncia en lugar de denunciar a la que se queda en casa con la promesa de un futuro mejor hasta el que prefiere no meterse en problemas porque no sabe qué le deparará el otro día.

    Estamos rodeados de silencios cómplices y noticias que “no fueron”. La semana pasada fue nutrida en materia de desaguisados y víctimas que más que lamentarse pretenden usar a los medios para extorsionar a sus victimarios aunque sea a través de redes sociales. Esa misma semana culminó con una escalada de versiones en la noche del viernes que envolvió a todos aquellos que con algún nivel de conocimiento presumían el desenlace de una cuestión privada en una desgracia pública. Tal vez, sólo tal vez, hayan provocado en muchos periodistas el deseo de desnudar cuestiones que de tratarse de un particular desconocido, hubiesen colmado portales, pantallas y medios gráficos.

    Ese universo de presiones que alimentan el ejercicio del poder. De “contactos” para facilitarnos las cosas. Que no “son así”, sino que “están así” y queremos cambiar al menos para no sentirnos cómplices.

    “No tengo por qué dar explicaciones de lo que hago o dejo de hacer con mi vida”, dirá quien sea consultado por una situación en la que no puede reconocerse como víctima.

    En la calidez del hogar, una mujer se reúne con sus hijos, apaga el celular, se desconecta de Facebook, evita algunos contactos que podrían ser los que le traen la situación a la memoria y se arroja a los brazos del olvido, del ya pasará, del quizás mejor así.

    En otra casa, otra mujer se levanta temprano con el recuerdo de aquellos con quienes se había encariñado. Quizás se seque una lágrima y salga a trabajar rumbo a un nuevo empleo, con la esperanza de que esta vez la confianza recíproca no termine en el engaño al que la habían sometido sus anteriores empleadores, que la querían “como si fuera de la familia” y para quienes la Justicia y el derecho social que defienden o representan pasa por otro lado.

    Ninguno es un buen tiempo para enfrentar al poder. Ninguno es buen tiempo para callarse y dejarlos hacer. Quien renunció a su trabajo para evitar complicaciones futuras ya encontró otro, por suerte. Quien se encerró en su casa tras recibir agresiones cree que lo peor ya pasó y ojalá tenga razón. Así se nos pasa la vida.

    Como los casos sobrevolados en esta página, hay tantos otros, con similar resignación. Que es la de quien “celebra” que los delincuentes que entraron a su casa “sólo se llevaron todo” pero “no lastimaron a nadie”. Es también la de quien todos los días se acerca a alguna dependencia pública con la esperanza de que si hace algún mandado hoy mañana pueda ser contratado. Es la resignación de los profesionales que salieron de la Universidad para inscribirse en un programa del Ministerio de Trabajo a ver si tienen suerte y consiguen su primer empleo. Es la de quienes, hastiados de luchar contra los molinos de viento, bajan los brazos y se vuelven a su casa mientras los lugares de decisiones que involucran a todos los toman cada vez más aquellos interesados en su propio beneficio.

    Quizás a menos de dos meses de las elecciones generales que decidirán las nuevas autoridades políticas nacionales, provinciales y municipales quepa hacerse la pregunta respecto de qué estamos dispuestos a hacer, a ceder, incluso a perder sólo por decir lo que sucede a nuestro alrededor, por no soportar la violencia de los poderosos, que tiene múltiples caras y sólo temen la llegada de una tapa con títulos que los comprometan personal y públicamente.

    Advertir, señalar, prevenir, anunciar que algo puede pasar es la única alternativa para un medio que se caracteriza por la fuerza de sus letras y la intensidad de sus investigaciones cuando no se quiere cruzar el delgado límite que transformaría en papel picado tantos años con “la versión original de los hechos”. A buen entendedor, pocas palabras; y a tanto rumor, un anticipo que solo pretende frenar el despropósito de creer que el poder protege conductas impropias.

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