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    Crónica de otra muerte anunciada

    La violencia intradoméstica, la marginalidad, los antecedentes, la falta de intervención del Estado y la pasión terminaron el pasado sábado en un nuevo crimen. Una joven de 19 años murió ahorcada tras un arrebato de furia de su pareja, que ahora dice que “no sabía nada” de lo sucedido. Una historia que comenzó mal y terminó peor.

    14 de marzo de 2012 | 08:46
    Crónica de otra muerte anunciada

    Las alpargatas en el barro, el chaleco rojo y la calza negra resultaban inconfundibles para quienes buscaban a María Noemí Manzo, la joven de 19 años que en la cálida y húmeda noche del sábado había salido en dos oportunidades a hacer las compras en la moto Gilera, acompañada de su pareja de 21 años, Romina Soledad Valenzuela: “La Chinguda”.
    El dato era certero: en el segundo poste de luz, a 500 metros de la explanta de Pradec, sobre calle Laprida, en el Barrio conocido como La Tosquera, yacía la joven golpeada y estrangulada con un cinturón tras ser arrastrada varios metros desde el lugar donde presuntamente se produjo la discusión.
    Hasta allí el hecho, el hallazgo, el cuerpo del delito. Debajo, una historia cruenta y plagada de problemas para quien en la tarde del domingo se entregó, escribiendo una nueva carátula judicial en su paso adolescente y ahora en plena juventud. “La Chinguda no perdona”, y tiene motivos.
    María Noemí Manzo tenía un hijo de ocho meses. Nació en la zona de islas y su padre, Sixto Manzo, puede haber lamentado ese inexorable traslado desde la tranquilidad de un territorio rodeado por el agua a la vecindad de las más de 2.500 personas que viven en la zona. Una población superior a la de las localidades de Pueblo Doyle o Vuelta de Obligado.
    La policía, la familia, los agentes judiciales, los peritos y los vecinos se transformaron en un ejército que no sólo recorrió el barrio sino que desmanteló la idea de un suicidio.
    “La Chinguda” estaba escondida, cerca, esperando el desenlace de su segura llegada al calabozo, aunque esta vez para quedarse por haber traspasado los límites de sus propios antecedentes como líder de una banda de menores que delinquía por doquier y al ritmo del consumo de sustancias tóxicas.
    ¿Qué clase de destino puede tener una niña a la que apodan “La Chinguda” por su condición sexual y por su fuerte liderazgo?
    Esa y otras preguntas no tuvieron respuesta durante los años en los que la menor entraba y salía tras perpetrar distintos tipos de ilícitos. Se la conoce por su violencia y por el rencor hacia el resto de la sociedad, pero su nombre es una anécdota; para todos fue y será sólo La Chinguda.
    El Fiscal Hernán Granda y el recién llegado Jefe Distrital Dante Paolini no podían dar crédito al escenario. Necesitaron entender, razonar y buscar una estrategia adecuada para obligar a la ahora imputada por asesinato a verse cercada. Esta vez no “por ir de caño”, como sucedió en algunos asaltos que protagonizó, sino por haber dado muerte a su pareja.
    Con prisión domiciliaria, Romina se entregó el domingo a la noche con asistencia del Patronato de Liberados, como si se la buscara sólo por ello. Hasta ahora, no declaró pero su Defensa dijo que estaba “conmovida” porque no sabía nada de lo que había sucedido (ver recuadro).

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    Los hechos
    Alrededor de las 20.30 del sábado, María Noemí Manzo y Romina Soledad Valenzuela salieron en dos oportunidades a hacer las compras. “No volvían y el nene lloraba”, dijo Sixto Manzo, señalando que en varias oportunidades intentó comunicarse al celular de su hija pero en vano.
    La espera se hizo larga por los primeros peritajes del médico forense, tal vez para las 21.00 la joven ya estaba muerta.
    El alerta a la policía se produjo casi a medianoche, cuando “La Chinguda” ya había encontrado refugio y según fuentes seguras le había indicado a su cuñada el lugar preciso donde encontrarían el cadáver. El barrio ya sabía quién era la autora material.
    La llegada de los agentes no hizo más que conformar un cuadro de situación. El Comisario Salas y su superior entendieron que había que preservar la escena y a poco de andar dieron con el cuerpo. “Había huellas del arrastre”, dijo un testigo. Se refería a las huellas de las alpargatas. La primera conclusión: el lugar donde se halló el cuerpo no era el mismo en el que se produjo el asesinato.
    La moto Gilera marrón y negra en la que se transportaba la pareja tampoco estaba en el lugar. El ojo de la fallecida ofrecía claramente la marca de la violencia que precedió a la pasión por terminar con su vida de manera atroz usando un cinturón con el que quedó semicolgada.
    El velatorio fue a cajón cerrado producto de la alevosía con la que la joven fue asesinada. Tenía el rostro desfigurado, parte del cráneo hundido producto de golpes y quemaduras de cigarrillo en varias partes del cuerpo.

    Después del amanecer
    En la mañana del domingo el hecho estaba esclarecido. Sólo restaba esperar la aparición de La Chinguda. La desolación en la familia de isleños que recalaron en La Tosquera dio al cronista la incomparable sensación de aportar sólo consuelo.
    En otras peleas, María Noemí solía imponer su físico pero Romina, La Chinguda, estaba entrenada, sabía de dominación y territorio. Sabía de amor incondicional y posesión permanente. Vivían en pareja en la casa de uno de sus familiares.
    La Opinión llegó horas después a la precaria vivienda de la familia Manzo, tomó algunas fotos bajo la atenta guía de los vecinos que con temor y cierta vergüenza orientaron al periodista.
    Ya en el domicilio, un paisaje de corrales, chiqueros y animales que la familia cría anunciaban un día normal con rueda de mates y personas que hablaban en el frente de la casa.
    Fue Sixto Manzo, el jefe de familia, quien abrió su corazón junto a familiares, amigos y a su esposa, que luego se sumó a la charla en la que “en confianza” y con llamativa resignación relataron parte de los hechos.

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    Sixto, el isleño
    que perdió a su hija
    Hacia cuatro días que María Noemí Manzo había decidido regresar a la vivienda de sus padres en La Tosquera. Hasta ese momento convivía con su pareja, Romina Soledad Valenzuela, en Río Tala.
    El fin de semana La Chinguda llegó con intención de visitarla y pasó la tarde del sábado con María Noemí y su familia. Según el relato, se las vio de manera normal y “no hubo discusiones durante el día”, dijo Sixto, aunque Romina le habría quitado el chip del celular a la otra joven.
    “Fueron a hacer compras dos veces y la segunda no regresaron”, señaló. Se sabe que pasadas las 20.30 ambas mujeres “salieron a cargar nafta y a comprar algunas cosas. “No volvían y la beba de mi hija lloraba”, agregó el padre de la víctima.
    La madre de la fallecida llamó a su celular y fue Romina Valenzuela la que contestó uno de los llamados para anunciar que estaban regresando.
    Minutos más tarde, la cuñada de la víctima efectuó otro llamado para relatar que su hermana le había dado muerte a la otra joven. A partir de allí comenzó una búsqueda por todos los caminos de la zona. Ya en la madrugada del domingo un oficial de policía y el padre de la víctima hallaron el cuerpo a 250 metros del destacamento policial, sobre calle Laprida, golpeada, ahorcada y colgada con un cinto.

    El destino de
    “La Chinguda”
    La fama de Romina Soledad Valenzuela en Río Tala fue creciendo al ritmo de su liderazgo. Protagonista de peleas con heridos y contusos. Hábil ladrona en los comercios céntricos, corajuda hasta para empuñar armas que amedrentaron a más de una víctima desde sus precoces 16 años.
    El consumo de drogas y una infancia desdeñable se puede encontrar en los archivos policiales y de los organismos de minoridad que en decenas de oportunidades la han dejado librada a su suerte, porque la Justicia de menores no otorga posibilidades de rehabilitación ni se decide por familias sustitutas a la hora de rescatar chicos en situación de calle. Por su condición sexual, su único patrimonio lo constituyen lo que roba y el apodo “La Chinguda”, despreciable y discriminador.
    Ahora, bajo un título de “crimen pasional” que nada explica, gana espacio en los medios de comunicación y se refugia en el silencio de los brutales golpes que ella misma ha asestado a una sociedad que la empuja y le otorga licencia para sentirse dueña y verduga de la persona a la que eligió para convivir.

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    La Chinguda no declaró porque “desconocía el hecho”

    El lunes, Romina Valenzuela se presentó en la Fiscalía N° 8 con la asistencia de la Defensoría Penal, aunque decidió hacer uso de su derecho de no declarar.
    Hubo que requerir la asistencia de una ambulancia, ya que se descompuso. La Defensoría informó en ese momento que la imputada estaba “conmovida” porque se había enterado “recién” de que su pareja estaba muerta.
    Esto significa que “La Chinguda” no sólo no se autoincriminó, como se esperaba luego de que se entregara, sino que además manifestó su “desconocimiento” de los hechos acontecidos, algo que la Fiscalía no cree, por las pruebas recogidas.
    Durante la jornada de hoy, declararán los familiares de María Noemí Manzo, quienes están convencidos de que “La Chinguda” no podría haber actuado sola para cometer el crimen, por las características que presentaba el cuerpo de la joven al momento del hallazgo.

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