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    Condenan a Nidera a pagar indemnizaciones por trabajo esclavo

    La multinacional semillera sufrió un duro revés en la Justicia, que dictó una sentencia definitiva que beneficia a cuatro trabajadores que cobrarán un resarcimiento por las condiciones en las que trabajaron para esa empresa en el desflore de maíz. Es el primer antecedente y sienta las bases para que prosperen todos los demás reclamos. En diciembre de 2010, varios allanamientos destaparon la olla de la esclavitud rural. El primero fue en San Pedro.

    31 de mayo de 2017 | 11:19
    Condenan a Nidera a pagar indemnizaciones por trabajo esclavo

    Un fallo judicial contra la empresa Nidera sentó las bases para que el castigo jurídico contra una de las principales responsables del sometimiento a trabajo esclavo en los campos del país se haga efectivo.
    La Sala III de la Cámara Nacional del Trabajo condenó a la multinacional semillera a pagar resarcimiento a cuatro peones que desfloraron maíz en Santa Fe y San Pedro durante diciembre de 2010 y enero de 2011, cuando se destapó la olla del trabajo esclavo.

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    Se trata de la revocatoria de un fallo de primera instancia y el primero de sus características, que sienta antecedente para que prosperen otros reclamos similares contra la firma.
    Una sentencia

    contra el trabajo esclavo

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    La sentencia definitiva, firmada por los jueces Néstor Rodríguez Brunengo, Víctor Pesino y Diana Regina Cañal, condena a Nidera S. A. apagar 110 mil pesos –10  mil por cada jornada laboral– a Joaquín Emmanuel Font Ferreyra, José Enrique Vázquez Moreno, Facundo Andrés Vilches y Carlos Héctor Cisterna, quienes entre el 23 de diciembre de 2010 y el 3 de enero de 2011 trabajaron en el desflore de maíz en campos de las localidades de Maggiolo, provincia de Santa Fe, y en el paraje Beladrich, partido de San Pedro.

    Además, el texto de la sentencia de 51 páginas al que accedió La Opinión deja en evidencia la existencia de la modalidad “trabajo esclavo” a la que fueron sometidos los desfloradores de maíz y hace un exhaustivo relato de aquello que este medio contó cuando el 29 de diciembre estuvo más de 12 horas en la estancia El Algarrobo junto a los 130 trabajadores golondrina para relatar de primera mano el padecimiento del que fueron víctimas.

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    Los jueces fueron claros en sus consideraciones, tras analizar las pruebas y los testimonios que obran en la causa: Nidera “no tuvo la menor consideración con los trabajadores, efectuando un ejercicio abusivo del derecho que tenían como empleador, violando la dignidad” de los hombres contratados, dice el fallo.
     

    De Santiago a quién sabe dónde

    Los cuatro beneficiados con la sentencia judicial y otros cientos de trabajadores rurales golondrina fueron reclutados en Santiago del Estero. Ellos en Sumapampa, otros en Termas, otros en la propia Ojo de Agua, epicentro de la actividad.

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    Allí, en esa última ciudad, los sometían a una revisación médica y los registraban en la categoría “mozo de labranza”, con un jornal declarado de $ 113,50 y bajo la aseguradora de riesgos del trabajo SMG ART S. A.
    Pero ellos no sabían nada de todo eso. En la sentencia quedó expresado que los trabajadores sólo tenían conocimiento de que iban a desflorar maíz para Nidera, pero no tenían idea acerca de cuánto iban a cobrar ni las condiciones en las que iban a trabajar.

    A Ojo de Agua llegaban al mediodía, en ayunas. Pasadas las 17.00 los revisaba un médico. A las 21.00 partían a rumbo desconocido, en un colectivo en pésimas condiciones, camino al campo. En algunos casos, se enteraban dónde estaban gracias a lo que entendían en las radios locales. En Beladrich, aquel diciembre de 2010, un jovencito apenas salido de la pubertad abrió los ojos enormes cuando un cronista de La Opinión le dijo que estaba en la provincia de Buenos Aires: soñaba con conocer el Obelisco.

    De las declaraciones surgió que los hacían trabajar todos los días sin feriados ni domingos, de 5.30 de la mañana hasta las  20.00, con un descanso de una hora al mediodía para comer.

    Los días de lluvia también había que desflorar, una tarea que consiste en atravesar el surco del maíz para separar las flores, que se dividen en seis, cuatro hembras y dos machos.  Hay que ir sacando la flor de la hembra, para que no se cruce con un macho, porque si no se degeneran”, explicaron los propios peones.

    Nunca les otorgaron ropa de trabajo, ni calzados especiales  ni guantes, por lo que la mayoría tenía las manos y los pies lastimados.

    Para hacer el desflore, caminaban aproximadamente entre 8 y 20 km por día, sin gorros que los protegieran del sol, por lo que muchos se cubrían con remeras.

    El expediente señala que “no hay documentación que especifique el horario de trabajo” por el que habían sido contratados. La categoría “mozo de labranza” era la mínima legal aplicable según el convenio de trabajo vigente entonces.

    “Resulta penoso que prácticas de esta especie sigan sucediendo, y que las personas reclutadas tengan la necesidad de someterse a ello, a cambio de un jornal”, señalaron los jueces y destacaron: “Es claro que se privilegió la producción por sobre el bienestar de quienes contribuían a hacerla posible”.

    Un enclave medieval en el siglo XXI

    Así lo describió La Opinión cuando recorrió primero el campo de Beladrich y luego los tantos otros que las inspecciones del Ministerio de Trabajo y Uatre comenzaron a hacer casi a diario tras el escándalo del campo de Nidera, que explotó gracias a la certera intervención del Fiscal Darío Giagnorio, especializado en trata de personas, que llegó con un mínimo dato y no cejó hasta tener los elementos suficientes para solicitar un allanamiento.

    Las pésimas condiciones de alojamiento y hábitat a las que eran sometidos y el comportamiento abusivo no sólo de Nidera sino también de las empresas que proveían alimentos quedaron expuestas en la sentencia judicial, que tiene fecha del pasado 31 de marzo.

    Las casillas estaban al rayo del sol y eran muy precarias. De seis metros de largo por dos de ancho, eran una verdadera lata de sardinas donde convivían 18 camas cuchetas con colchones de cuatro centímetros.
    Sin ventilación, sin electricidad, ni elementos para cocinar e higienizarse, los golondrina santiagueños “tomaban agua sucia que salía de un pozo”.

    Para hacer sus necesidades tenían un pozo en medio del campo, de un metro de diámetro muy cercano a las casillas, “lo cual invadía todo el sector de malos olores”.

    Rodeados de moscas, convivían con roedores que se comían las bolsas de los pocos y malos productos alimenticios que poseían.

    En el fallo obra que “un proveedor iba una o dos veces por semana” a dejarles los alimentos. Tenían un total de entre  20 y 24 pesos por día para consumir, cada uno, “pero la comida era muy costosa”. Tanto, que el descuento por día era mayor. En Beladrich, por ejemplo, este semanario observó paquetes de fideos que tenían el sello de un Ministerio, es decir que eran de un programa social y de venta prohibida.

    No tenían heladeras, freezer ni conservadoras, por lo que dejaban la carne colgada a la sombra, que al día siguiente estaba en mal estado. “Le sacaban la parte fea, y la comían igual, porque tenían hambre”, relataron.

    Tampoco tenían utensilios (ni platos, ni tenedor, ni vasos), por lo que “cortaban la comida con la mano”. Uno de los testigos refirió que “parecían perros”. Para beber algo, “improvisaban cortando las botellas, y hacían vasos o tomaban del pico”.

    Se bañaban en el campo, al aire libre, sin privacidad, con agua de la bomba, sucia, y usaban como palanganas bidones de productos químicos que cortaban por la mitad. “Cuando hacían sus necesidades se limpiaban con diario”, declararon los testigos.

    Unos rostros que tenían nombre

    En 2010, La Opinión conversó largo y tendido con los esclavizados de Beladrich, mientras eran entrevistados por las “chicas lindas” del Ministerio de Justicia de la Nación, que eran trabajadoras sociales y psicólogas.
    Cebaron mates muy dulces en una pava tiznada, en un improvisado fogón. Contaron de sus pueblos, de sus sueños y sus pesares. Hablaron de folklore, de rock y de cumbia. Cantaron a los gritos, algunos más afinados que otros. Jugaron al fútbol en una improvisada canchita. Se rieron y hasta lloraron.

    Sebastián, Cuqui, Marcos, Alfredo, Cucurucho, Lucas del Valle, José son algunos de los nombres que se fundieron en un abrazo con el cronista al subir el micro que pasadas las 23.00 los devolvió a su casa. Pasaron casi seis años y medio. Quién sabe cómo estarán en sus pueblos. Quizás reciban la noticia de este fallo.

    Quizás se les dibuje una sonrisa en el rostro. A veces un poquito de justicia reconforta.

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    • Edición N° 1313
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