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“¿Alguien se ha preguntado qué sucede cuando una persona con discapacidad pasa a ser adulto? ¿Alguien se ha preguntado que sucede cuando dejan de ser “graciosos” porque ya no son niños? ¿Alguien se ha preguntado que vacío tan grande existe cuando dejan el ámbito contenedor de la escuela? ¿Alguien se ha preguntado si existen puestos laborales para ofrecerles? ¿Alguien se ha preguntado si existen lugares donde se puedan seguir vinculando con pares? ¿Alguien se ha preguntado si también como todos, ellos necesitan mirarse con un otro? Todas estas y más preguntas me las he hecho a lo largo de estos años en los que mi hijo discapacitado llegó a mi vida.
Todas ellas, apostando desde el arranque a respuestas concretas.
Hace 35 años que mis preguntas caen al vacío.
Quizás porque soy madre… O quizás porque la frialdad de una oficina de trámites no pudo robarme la sensibilidad…
Quizás porque sueño que en una ciudad con tanta belleza natural y tanto espacio propicio, podamos contar con un lugar seguro, amable donde puedan encontrarse, compartir, disfrutar la vida por unas horas.
Hablo de crear un sitio común, un espacio, nada tan complejo.
Hablo de cultura también… ¿Por qué no para ellos?
Quizás en un tiempo no muy lejano alguien desde la acción publica pueda leer esto y no le parezca una utopía.
Son hermosas personas con discapacidad que nos acompañan en este paso por la vida. ¡Están! ¡Existen!
Necesitan que la sociedad, todos, los abracemos con el respeto y amor que merecen”. Se expresó Gladys Figari, en relación a su hijo Mauro.

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