Querida Lili: te mando este escrito que realicé a la muerte de Alfonsín y que nunca publiqué. Espero que te guste.
Estas líneas, las escribí cuando falleció Raúl Alfonsín. Hoy a 30 años de ese 1983, quiero recordarlas para rendirle un tributo a quien me enseñó que vale la pena seguir luchando:
Que tal Dr. hacía tanto tiempo que tenía ganas de escribirle, de contarle y recordar con usted algunas cosas que vivimos. Como aquella noche de 1982. Creo que era marzo, o abril. ¿Se acuerda? Sí, en esa vieja casona de la calle Ayacucho. Un cuarto al final del pasillo, una bombita de 60 y libros, muchos libros con sus hojas percudidas por la humedad y recostado en un pared una foto del Chino Balbín, recuerdos de un radicalismo pueblerino que estaba, como en todo el país, prohibido. Ahí, sentados y comiendo unos chorizos, estábamos con Fredy y Bebe, dos militante que venían de afuera, de una militancia en la Franja Morada, en la Juventud de la Coordinadora. El primero de La Plata, presidente de la Federación Universitaria de La Plata. ¿Qué bárbaro, no don Raúl? Tipos a los que usted ya conocía. Y Bebe, un militante también de la Franja, de Derecho de la UBA, que junto con Moreau recorría los polvorientos caminos de la Patria, al decir del chino. Tipos que me invitaron a querer al radicalismo, a sentir la fuerza de un proyecto, a verlo por primera vez a usted. Fue entonces que debíamos estar formados, preparados para el debate, convencidos de lo que se venía y para eso empezamos a leer los cuadernillos de la Coordinadora, a prepararnos como militantes en el campo ideológico, a reflotar los libros de Gabriel Del Mazo, de Lebenshon, a aprender de usted en la revista inédito (donde firmaba como Alfonso Carrido Lura), o leer su pensamiento político en sus libros, “La cuestión Argentina”, “Ahora, mi propuesta política” y “Qué es el Radicalismo”, entre tantos otros. En fin, queríamos militar, pero debíamos formarnos. Llegarían mas tardes las reuniones con las otras juventudes políticas y nosotros, sus soldados, no queríamos desentonar.
Esa noche fue la antesala de mi militancia. Después vinieron más amigos, Germán, Eduardo, el querido Rubén, Lidia (usted ya sabe de quien hablo, don Raúl), Pablo, Yayo, Juanjo, y tanto otros que veníamos con todas las ganas de cambiar, de patear las estructuras de su partido, de nuestro partido. Qué macana don Raúl, nos mandamos mil barbaridades y no nos callábamos, seguíamos donde algunos nos apoyaban y otros nos decían que no nos juntáramos con tal o cual porque eran posibles subversivos. Ah, no lo puede creer, pero lamentablemente pasaba eso en el partido de Irigoyen, de Alem y de usted, Doctor. Pero nosotros seguíamos adelante, siempre adelante. ¿Se acuerda cuando trajimos a Leopoldo y después a Fredy? ¿Sabe quiénes organizábamos los actos, quienes salíamos a pintar con esa mística propia de la juventud? Sí, nosotros, los que estábamos en la JCN. Qué grande verlo a Juanjo escribiendo su nombre, qué digo, haciendo de su nombre una obra de arte. Al otro día, uno veía el paredón al final de la Pellegrini con su nombre y el RA, y se quedaba asombrado. Sí, Don Raúl, su campaña fue una verdadera exposición de arte, por parte de Juanjo y Yayo.
Así fue que un día decidimos que teníamos que tener un ateneo, nosotros los jóvenes pedíamos a gritos nuestro espacio en el partido, no nos casábamos con nadie. Pedíamos tener representantes en la comisión directiva y recorríamos con un Fiat blanco y una amiga la segunda sección electoral. Por eso necesitábamos una identidad que nos diferenciara de los mayores. Sí, don Raúl, cuando se es joven obligatoriamente se debe ser revolucionario, usted lo fue y lo será siempre. Nosotros tuvimos el ateneo, nos dieron la habitación de adelante, ¿y sabe cómo le pusimos? Mario Abel Amaya.
Qué lindo lío armamos, los mas conservas no querían saber nada, los supuestos progresistas que estaban con usted en Renovación y Cambio nos decían que estábamos influenciados por zurdos. Doctor, siempre fue un lío el partido, pero nunca dejamos de ser nosotros.
Bueno, pasó el tiempo y qué emoción cuando cerró la campaña radical de nuestra ciudad. Cómo trabajamos para eso. La juventud tuvo su representante en el escenario, los gritos de “ahora, ahora, la Coordinadora”, “Alfonsín, Alfonsín”, y usted recitando el preámbulo y la gente llorando. Un final a toda orquesta.
Después llego el Cabildo, y esa fiesta donde el 51,7 por ciento de los argentinos votaron por usted, votó por la UCR, votaron por el fin de la barbarie, de los inadaptados de siempre. Miles de banderas argentinas y radicales lo acompañaban en su asunción.
¿Se acuerda quiénes vinieron, entre otros, a saludarlo? Sí, el Comandante Ortega, de Nicaragua; el socialista Felipe González, de España. Una idea socialdemócrata se sentía en los nuevos aires.
Después vino la difícil tarea de gobernar, de llevar a delante el barco de la democracia. ¿Qué jodido se nos puso doctor, no? Pero claro, había que marcar un antes y un después en esta nueva apertura democrática que tanta sangre había costado, por un lado las organizaciones guerrilleras que habían sembrado el terror, pero más peligroso fue lo que nos vino después. El estado, convertido en una maquinaría de matar, de negociar con extranjeros, de liquidar el país al mejor postor.
Es entones donde nos demostró que usted estaba decidido a llegar a fondo y se derogó la Ley de Amnistía, fue el fin de la Doctrina de Seguridad Nacional, firmó los decretos 157 y 158, que ordenaban el procesamiento de las cúpulas guerrilleras y de los comandantes de las tres primeras juntas militares. Su herramienta: la CONADEP. Su recopilación de las atrocidades: NUNCA MÁS. Implementó el Programa Alimentario Nacional (PAN). Comenzaba una etapa democrática signada por la justicia para los injustos, y solidaridad para los más necesitados. En definitiva, el Estado se había puesto los pantalones largos, y trabajaba en ello.
Pero qué pasaba con nosotros. Muchos dejamos el pueblo para seguir estudiando, y sentíamos que ese lazo no se debía cortar y así entramos a la Franja Morada. Esa misma agrupación estudiantil fue la que nos llevo a todos los rincones del país, defendiendo la Reforma del 18. Claro Doctor, usted fue el que normalizó las universidades, el que incrementó el presupuesto universitario, el que dijo que deberíamos hacer un Congreso Pedagógico, y ahí estuvimos nuevamente para ayudarlo, para sentir que estábamos participando en la reconstrucción del país.
Y llegó la prueba de fuego, ¿se acuerda el día, Don Raúl? Claro, cómo no se la va a acordar, el 15 de abril. La sublevación de Aldo Rico. Pero nosotros estábamos ahí, los militantes, y esta vez no fue la UCR sola, fue el pueblo que salió movilizado, y gritó a los cuatro vientos que no queríamos más milicos. Lo bancamos, Doctor, lo bancamos todos. La casa estuvo en orden, felices Pascuas, y algunos en ese momento nos enojamos con usted, “¿por qué cedió el viejo con los milicos?”, nos preguntábamos. Hoy a la distancia, vemos que mas allá de ceder en algo, preservó el sinuoso camino que empezábamos a transitar en democracia.
No importa Doctor, usted ya estaba pensando en otra cosa, en otra obra cumbre que era el Tercer Movimiento Histórico; “qué disparate”, comentaron algunos, otros no sabíamos de qué se estaba hablando, pero no prosperó. Lo que sí llegó a buen puerto fue la Ley de divorcio vincular. Ahora se podía regularizar las situaciones de muchas parejas.
En fin Doctor, pasaron los 13 paros, la inflación nos carcomía, y usted consideró que la mejor solución era la entrega del mandato. Qué macana Doctor, cómo nos enojamos por eso, pero ya estaba, no había vuelta atrás.
Llegó otro tiempo a la Argentina, uno de vender las joyas de la abuela, la de enriquecer más a los ricos, la de olvidarnos de lo social. Llegó el momento donde muchos bajamos los brazos, donde nos fuimos retirando poco a poco del escenario. Solo usted seguía luchando por sus convicciones, por sus ideales, en definitiva por esa idea rectora que por nuestros egoísmos no la veíamos: La Republica.
Y en el partido, ¿qué pasaba don Raúl, se acuerda? Claro, cómo no recordar que los que habíamos empezado tantos años antes fuimos reemplazados por la militancia sin pasión, sin misticismo. Las pintadas se hacían por una empresa, los carteles eras hechos en forma serial. Y un buen día, ese histórico comité de mi pueblo quedó cerrado. Hasta las letras UCR habían desaparecido. Cuanta amargura, cuanta tristeza. Solo quedaba como mudo testigo de voces, discusiones, alegrías y rebeldías, la mesa de madera con el escudo tallado por Yayo.
Usted siguió, buscó alianzas, el pacto de Olivos, y después llegó De La Rua, con Cavallo como ministro. Fue el tiro de gracia para muchos que no soportamos semejante traición. Sin embargo, nuevamente su voz se levantaba en algún sitio para llamar a la cordura, para llamar a la esperanza. El año pasado, en los 25 años de democracia, su mensaje grabado, me dejó una huella imborrable. Nos dijo que no miráramos el pasado, que no nos detengamos en el presente, que veamos el futuro.
Creo que hemos aprendido muchas de sus lecciones, pero la última, la de continuar la dejamos para marzo. Ahora es el momento de saldar esa deuda, Doctor; de retomar el camino y seguir avanzando. Usted dijo una vez: “Con la democracia se come, se educa, se cura”, mas allá del tiempo que tardemos, nos convocó a una utopía, esperemos hacerla realidad.
David Pujol
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