Belén, escuela de calidad
La Navidad nos convoca al Portal de Belén, escuela de buena práctica pedagógica. En Belén, lo humano, en su fragilidad, un niño y lo divino, un misterio escondido, la salvación, se hermanan y se identifican. Belén es el hogar de todo hombre, por ser la casa del Salvador, pero los educadores hallamos en él, un espacio ideal para reencontrarnos con nuestra vocación docente. Si junto a María y José nos hacemos itinerantes, percibiremos que la búsqueda de este joven matrimonio sorprendido por el frío, en una tarde que se apaga y ante el inminente parto, son lección didáctica que ilumina nuestro caminar. José y María tenían claro lo conceptual; conocían la curricula que el Padre les propuso: ser mediadores en la historia de la salvación. Pero faltaba lo actitudinal y lo procedimental. Sin mezquinar esfuerzos, con dolor e incertidumbre, María y José, se arremangan, dan cara a la adversidad y ponen a disposición del proyecto de Dios todo su ser y su persistente quehacer. Llaman a las puertas de parientes y de amigos. Los ignoran. Eran pobres y con burro rengo. Los amigos no los reconocieron y los fami8liares se avergonzaron del pariente pobre. Ni la belleza serena de la joven madre, ni el estallante embarazo, movieron las fibras de la compasión. El matrimonio nazareno eran los diferentes, los excluídos, como lo son algunos de nuestros alumnos que nos molestan y les retaceamos dedicación, si es que no les cerramos las puertas de nuestra comprensión y de nuestro afecto. Esos niños y niñas que por limitaciones motoras, intelectuales o psicológicas nos arrancan un “no hay lugar para ustedes”. Damos vuelta de llave y a otra cosa. San Lucas dice que “no encontraron lugar en la posada”(Lc.2,7). Es probable que hubiera lugar material, pero no había lugar moral para que Jesús naciera. Allí, en las posadas, paraban los viajeros, comerciantes y camelleros. Corrían el juego, el vino y las prácticas sexuales. Evidente, no era el lugar. No todos los lugares son iguales ni todos los ambientes aptos. José hubiera podido arreglar para el nacimiento del Niño un rincón discreto y hasta físicamente íntimo. La pureza de la madre y la divinidad del hijo no condecían con el tráfico de la orgía y del pecado. Los principios son sagrados y prevalecen sobre las urgencias y las necesidades. No se los puede negociar, ni sacrificar para salir del paso. El gran José sabía, que renunciar a la seguridad material que le ofrecía la posada significaba seguir buscando albergue con la noche a cuestas y una mujer parturienta. Siguió, no se tomó recreo, ni se puso a llorar. Tampoco se le cruzó la idea de recurrir a la beneficencia de la autoridad civil. Echó a vuelo su imaginación, desoxidó la memoria para encontrarse con su infancia. José era betlemita y conocía los alrededores del pueblo. En las afueras había un establo. Ya era viejo y destartalado cuando él era niño. ¿Cómo estará hoy? Este peregrinar a la imaginación fue la puerta salvadora, como lo puede ser para los educadores. La imaginación hace nuevas las cosas y hasta nos rescata de esa rutina machacona que se refugia en lo de siempre para justificar la indolencia. Ante la digitalizad, que nos satura de imágenes, hay que hacer elogio de la imaginación fuente inagotable de creatividad. José detiene el burro en la puerta de la cueva. En la oscuridad, otea el estado y las condiciones del establo. Su mirada campesina lo descubre deplorable. Se acerca a María, aún sobre el animal y le dice con hondo pesar y río de lágrimas:”María, perdóname, no tengo otra cosa que ofrecerte. Me siento fracasado al obligarte a compartir el parto, fiesta para toda familia, con la adusta pobreza de este establo y la irremediable soledad”. María le miró, le tomó de las manos, le acercó al burro y le dio un besote.”José, no te preocupes, cuando hay amor, una cueva es un palacio. El niño nacerá aquí y lo cobijará el palacio de nuestro amor tierno e indestructible puestos al servicio de una misión. El Niño, tú y yo, somos la alegría de Dios y de los hombres. Desde hoy no importa dónde vivamos, nuestro hogar será casa de reencuentro, templo de reconciliación” José, práctico en lo procedimental y hacendoso en lo actitudinal, se arremanga y adecenta el portal; crea un rincón limpio y calentito, enrojado con el amor de ambos y la leña juntada en la oscuridad. Así se hizo posible el nacimiento de Jesús, nuestro Salvador. Así se celebró la primera Navidad. Aquí termina esta historia que comenzó a escribirse en Nazaret, cuando José y María decidieron obedecer la orden de empadronarse y bajar a Belén. Toda una aventura, todo un despojo. Dejar la seguridad de Nazaret y abrirse al cambio; buscar lo nuevo, lo inédito; imaginar caminos, alentar esperanzas desde la incertidumbre para alcanzar el objetivo del plan de Dios, fue y será tarea de valientes. La actitud de José y de María es un elogio a la transversalidad. Ejercitan la memoria, la imaginación y su inquebrantable voluntad. Llaman, esperan, suplican, median, aceptan el fracaso y lo capitalizan. Nacido el Niño, lo ofrecen a humildes pastores, a regios visitantes llenos de regalos y seguramente a los propios habitantes de Belén, mezquinos y egoístas que les cerraron las puertas. María y José se las abren y comparten con ellos el gran don de la Navidad. Hno. Eugenio Magdaleno.

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