Aunque el verbo “entusiasmar” apele al sustantivo o adjetivo, según se escriba, se percibe en el ambiente un triunfo de la abulia y el desinterés por la cuestión pública.
Gestas importantes que van desde lo mínimo a lo máximo han logrado conmover a la sociedad sampedrina apelando al amor propio como motor de pequeñas a grandes transformaciones.
Qué otra cuestión que no sea la pertenencia nos hace vanidosos con los foráneos a los que les hablamos sobre una laguna que ya no existe y pretendemos que imaginen; los camiones cargados de frutos de todo tipo; los rosales en flor; los libros de Abelardo Castillo o las travesuras de Lalo Mir, cuando en realidad puertas adentro aborrecemos los deplorables accesos a San Pedro, la profunda crisis de representación, las cañerías, los baches, las cloacas…
Es una pregunta que cabe hacernos para entender por qué se pierde el entusiasmo que debería provocarnos cada nuevo principio. Saber que se puede, creer que se puede y hacer lo que cada uno puede.
“En estas condiciones no se puede hacer nada”, es la simplificación absurda de aquello que ya no nos animamos a proponer, exigir o cambiar.
Algunos vecinos de conducta admirable logran, desde la individualidad, poner en marcha comedores, centros culturales, desarrollos vecinales, talleres de capacitación e invitan a otros a sumarse y permitirles sentir que al menos “están vivos”. Otros sólo esperan. Esperan que todo termine mágicamente y se produzca un milagro semejante a los siete días en los que Dios creó al mundo. Imposible.
Con esa convicción, los adultos con memoria suelen sostener que “todo tiempo pasado fue mejor” y, según la edad, mencionan apellidos absolutamente desconocidos para la generación intermedia y ni hablar para los jóvenes.
Tal vez allí resida este embate brutal contra el entusiasmo colectivo que suele verse en movilizaciones o actos en los que la gran mayoría parece no entender que el entusiasmo o el “enamoramiento” existan como parte del proceso de acción que se creen capaces de emprender.
Aun rodeados de corrupción generalizada, es parte de la realidad la tarea de miles de jóvenes que se suman a la actividad política sea esta rentada o gratuita. Es otro modo, es otro tiempo.
Es en ese marco, y no en la comparación con el pasado, el presente nos depara una ciudad cuyas grietas se han ensanchado para el descreimiento. Sólo que el exintendente Guacone haya llegado a ser Jefe Comunal y, lo que es aún peor, haya terminado de hundir a un pueblo que tiene sus finanzas hipotecadas a largo plazo, nos muestra la verdadera cara de un modo de destruir a la política como único instrumento de transformación colectiva.
Y se menciona a Guacone por no listar los apellidos del resto de los inútiles premiados con cargos para los que no estaban ni están preparados pero por los que perciben sueldos que jamás hubiesen logrado en la actividad privada. Esos son cómplices o artífices de los años más apocalípticos para sembrar en tierra fértil algún grado de entusiasmo.
Así, no. Con un intendente sustituto que generó expectativas y tras 100 días de gobierno certifica con la misma metodología y las mismas prácticas un modo de gobernar, sumarse es un sacrificio inútil.
No puede con los sindicatos, no pudo con los acomodos, no cerró los grifos de nombramientos, no logra aumentar la recaudación, no corrige la situación de los servicios, no planifica y no LIMPIA. Sí, parece menor, pero no limpia ni su propio despacho. Parece una tremenda boludez, pero quien puede llegar a su lugar de trabajo sin percibir que en su propio patio hay vidrios rotos, sillas destrozadas y abandonadas sobre los yuyos, botellas de gaseosa entre la mugre, telas de araña en los picaportes y una horda de zánganos que no son capaces ni de agarrar un plumero, no está en condiciones de exigir lo que no hace ni manda a hacer.
Fabio Giovanettoni debe saber que incluso en la prensa tiene aliados dispuestos a apuntalar las buenas decisiones como la de echar al Secretario de Salud o al de Desarrollo Humano, siempre y cuando no los siga manteniendo en la planta municipal. El cambio era muy bueno pero ahora cuesta más caro, sumando incapaces. Durísimo tener que decirlo, escribirlo y, trascartón, correr el riesgo de ser calificado como “desestabilizador”. Pero qué otra cosa puede hacer la prensa que no cede a las mieles del dinero y el poder de la rosca. Qué debería reportarse en una columna editorial cuando lo que debe cambiar no cambia.
Acudir a los exfuncionarios de Pángaro como Codern, Penino y Barceló es casi un bálsamo para quienes preferimos la experiencia al alarde de la ignorancia, pero seguir manteniendo parásitos a sueldo en los cargos que los nuevos funcionarios van a ocupar es arrancar la carrera de obstáculos con las piernas fracturadas.
Se impone que Giovanettoni entienda que ser intendente es manejar ni más ni menos que el Estado local, dicho esto con buenas intenciones y sin más ganancia que una sarta de insultos toda vez que se opina diferente al coro de adulones que lo rodean.
El próximo miércoles este semanario cumplirá 23 años con “la versión original de los hechos” y a la hora de repasar su archivo se encuentra con columnas y tapas de críticas despiadadas a todas las gestiones de gobierno. Entonces cabe preguntarse si se estaba errado o acertado. Y la respuesta es el ENTUSIASMO. Ese sustantivo con aspiraciones de adjetivo y ahora de verbo.
Entusiasmar al lector a cambiar algo, a hacer algo, a exigir todo, a controlar y fiscalizar que el poder no siga siendo el hábitat de la corrupción y el premio a la incapacidad. Allí reside esa enorme necesidad de sentirse entusiasmado u optimista. Quedan varios meses hasta que esta breve gestión se despida con una corona de laureles o con una palma fúnebre. Depende de entender que el paso por el poder es, por definición, efímero.
Si no se ve el horizonte como una culminación de tarea y un principio de otra etapa, la sospecha es inevitable. Usan más tiempo en la rosca que en “la marosca”, como decían los tanos inmigrantes.
Queremos una “marosca”, una tímida revolución que imponga un criterio diferente al que por ahora exhibe el estrecho grupo que colabora con el intendente y, en consecuencia, de estos paupérrimos concejales que no han cedido ni un minuto –salvo excepciones– a la elaboración de políticas públicas que al menos sirvan como legado. Así como no se limpia el edificio, tampoco se estudia cómo reemplazar la ordenanza madre de uso de suelo que es más que vetusta para los tiempos que corren.
En la mañana de hoy, Fabio Giovanettoni puede elegir el camino de reformular o resignarse a ser más de lo mismo. Los periodistas críticos esperamos que “nos entusiasme” aunque sea usando el plumero y el trapo de piso en una jornada solidaria de limpieza de nuestro emblemático edificio municipal. Al menos desde aquí podemos aportar algunas escobas.

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