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Tuvimos la suerte de vivir la mejor época de la radio. Nos llevamos lo mejor”, me dijo Héctor Levín el domingo por la tarde, casi agonizante y pendiente no del escaso aire que respiraba sino del otro, del que lo mantuvo vivo desde que nació y creció bajo los altoparlantes con su padre, Don Jacobo.
El lunes, a la misma hora, respiraba con esfuerzo bajo la máscara de oxígeno y rodeado por Elsa, su incondicional compañera y pilar de una familia que disfrutó y padeció los vaivenes del último radiodifusor que quedaba en la ciudad. “Le faltaba el aire”, pensé en silencio mientras con el corazón lo empujaba a partir hacia la merecida paz de quien hasta el último minuto acariciaba sus tímpanos en el dial de todas y cada una de las emisoras a su alcance. “Fijate que están saliendo por un solo canal y no se dan cuenta”, observó con preocupación sobre la que fuera hasta este año “la radio de Lilí y Fernando”.
Así nació y así se fue. Educando el oído de todos y dejándonos ser lo que hoy somos la mayoría de los periodistas, locutores y operadores que crecimos en aquella mítica APA, cuando todo era pasión y entusiasmo por superarnos a nosotros mismos.
Por algo cuando fue desplazado sin piedad de su propia casa llamó a su precaria pero impecable radio de familia “Vida”; porque la radio le proporcionaba el aire para llenar cada día los pulmones y resistir con dignidad el ostracismo al que fuera condenado porque antes de comprarse un auto prefería un micrófono omnidireccional o una antena de polarización circular.
Héctor, el hombre que heredó y construyó la banda de sonido que acuna a este pueblo desde 1922, se va en medio del dolor de una época en la que los medios de comunicación torcieron el rumbo en parte por la concentración desmedida de poder en manos de quienes pretenden manejar la opinión pública con prebendas o por los que apuestan fuerte a la era digital donde el mensaje se hace horizontal y participativo.
El maestro dejó a sus alumnos con sólidas convicciones y contagioso amor propio por hacer cada día algo de mejor calidad para los oyentes.
Los que fuimos sus amigos en las buenas y en las malas, los que incluso nos atrevimos a hacerlo trabajar nuevamente en una época que ya le resultaba irrespetuosa, lo acompañamos hasta el final, sintonizando los minutos que le quedaban de vida para que todo se cumpliese tal como lo organizaba.
“Es tan testarudo que no se quiso dormir hasta que no dejó todo organizado”, decían Andrea y Guillermo, sus hijos, mientras soltábamos alguna sonrisa recordando viejos tiempos, grandes amigos y epopeyas disparatadas que pudimos protagonizar mientras hacíamos los palotes de la mano de otros grandes de la radiodifusión ciudadana.
“Los Salieris de Héctor” estamos tristes pero orgullosos de tantos días y tantas noches compartidas entre coberturas sin celulares ni híbridos telefónicos; de grabadores a cinta abierta; de los aparatitos negros unidos por un cable que transmitían la misa los domingos por la mañana; de la vigía en los atentados carapintadas; la legalización de las emisoras de Frecuencia Modulada; la lucha por un lugar en el dial de los grandes medios y porque “el pueblo siempre nos eligió”. Ese era y es el patrimonio de Levín. Todos sus discípulos en mayor o menor medida armamos nuestras vidas a partir de su generosa apertura mientras se apretaba el cinto del pantalón, porque lo que Héctor no tenía era “culo” para sostenerlos y simulaba poner sus manos al final de la espalda como para apoyarse en esa prenda que tanto le proporcionó el mote de “muñeco”.
Qué duro que es escribir tu despedida querido amigo del aire, socio incondicional de las ideas, incansable defensor de las libertades, mentor de cientos de almas gemelas, hacedor de la revolución tecnológica desde la red de altoparlantes a “la FM Stéreo”, observador de vúmetros y lucecitas de ecualizadores. Qué triste es saber que no habrá más “Lilí, sin que te ofendas, te quiero decir una cosita” o “me parece que tendrías que volver a hacer editoriales”.
En nuestra última charla le prometí que haría “radio a domicilio”, porque extrañaba las mañanas de “Sin Galera”, y eso hago ahora: escribir como si hubiese hablado. En lenguaje llano y sencillo. Así como sale cuando se enciende la luz de “aire” que nos hace desplegar las alas a los que amamos el aire más que a nuestras propias vidas.
Sí, amamos el aire. Dejamos de respirar cuando nos falta. Nos sepultamos en vida; pero en el caso de él, se respiró hasta la última gota de ese aire con adornos que sólo se construyen en el imaginario del gran universo de oyentes que sienten que “la radio es, por siempre, compañera”.
Nunca fue declarado ciudadano ilustre y hasta algunos le dieron la espalda por haberse fundido haciendo radio. No guardaba rencores en el tramo final de sus días; sólo buenos momentos de todos y cada uno de los que fuimos parte de su escuela.
Fue la vanguardia de esos tiempos y la retaguardia de quienes hoy pueden valorar lo que este hombre de extrema sencillez le regaló a su pueblo: la comunicación de cada día sin que nadie le otorgue la distinción de ciudadano ilustre que tampoco aceptaría.
Héctor ya es polvo en el viento y aire cálido para todos los que tuvimos la dicha de transitar con él por la vida. Héctor es Alma de Radio.
Gracias Héctor
Periodistas, locutores, operadores, medios de comunicación orales, escritos y televisivos alzamos la voz para decir GRACIAS a Hector José Levín por su entrega a la radiodifusión de todos los tiempos. Su partida es una señal para todos los que entendemos que fue y es el pilar y Pionero de la Comunicación sampedrina.
