Soy un ferviente admirador de la Justicia. Creo que la mayor causa de los males sociales tiene su raíz en la injusticia o más precisamente la Mala Justicia, si me permite la contradictoria expresión. Será por eso que siempre me costó definir mi ideología política, en caso que alguna vez haya tenido una. Porque si hacemos el facilismo de nuestros días, se dividirá a las ideas en dos, salivando el piso y trazando una línea, haciéndolo correr con la suela de la zapatilla, como cuando era chico. Allí quedarían de un lado los gorilas y de otro los progre; o si no, los de derecha y los de izquierda. Entonces descubro que a lo largo de mi vida he estado de un lado y de otro de esa línea. Y no es que yo haya cambiado tanto, sino que la que ha venido saltando la línea de saliva en el piso fue la señora de la balancita y los ojos vendados. Ella, obligada por los gobiernos de turno, fue saltando de un lado al otro incansablemente, e hizo que yo, que traté de caminar siempre lo más derechito que pude, fuese quedando a su izquierda o a su derecha.
Sin haber hecho ningún gran movimiento (valga el término), he sido un zurdito por simpatizar con Alfonsín o detestar a Menem y a veces un gorila por no estar de acuerdo con algunas cosas del Kirchnerismo.
Podrían abundar en ejemplos, pero voy a hacer referencia a una época en la que esto no ocurrió de ese modo. Fue en el final del gobierno de Isabel-López Rega y en el Proceso. Porque allí dejé de ser de un lado o de otro para convertirme triste y simplemente, como tantos, en “un sospechoso”. Un sospechoso que debía cuidarse mucho; sin saber muy bien de qué ni de quiénes en ese momento, pero había que cuidarse. Con lo que se decía, con lo que se hacía y con quién te reunías. La violencia y la injusticia habían ganado las calles, y se olían a cada paso.
Será por eso que ayer (N. de la R.: por el miércoles), cuando vi el veredicto de la Justicia y la coincidencia con el año del fallecimiento de Kirchner, no pude menos que volver a escupir el suelo, y quedar del lado de la raya con Kirchner, de quien me separan infinidad de cosas. Una vez más y por suerte la raya se había corrido y me dejaba del lado de los buenos (como siempre creí).
Mientras escuchaba el veredicto, jugaba no de mis hijos, el de once años, con dos amigos, y sin querer me hicieron un resumen de todo lo que yo sentía y que seguramente muchos compartirán.
Uno de los chicos miró el televisor y le preguntó a mi hijo: ¿Por qué los condenaron a éstos? Y el otro chiquito dijo algo que detesté durante años pero que hoy me encantaba oír: “No sé, pero algo habrán hecho”.
Les conté a los amiguitos de mi hijo (porque él ya lo sabía) la gravedad de lo que habían hecho “esos”; con mucha emoción, sin pena de quedar como el abuelito que lloraba por cualquier cosa. Esto no era cualquier cosa.
Hugo Binimelis – 10.297.032
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