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San Pedro
lunes, mayo 16, 2022
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Al Compañero y Maestro

 

Hace un año, el compañero Elvio nos dejaba sorpresivamente para ingresar al Comando Celestial junto con el General Perón, la compañera Evita y nuestro querido Néstor. Allí está junto con todos los luchadores populares que a lo largo de la historia del pueblo argentino fueron dejando su huella en todos los espacios por donde pasaron. Muchos reconocidos en su tiempo, algunos tardíamente, la mayoría anónimos. En ese Comando Celestial se encuentran desde nuestros paisanos los indios –como los llamó el General San Martín– hasta los soldados de la independencia, nuestros caudillos federales, y luego los obreros anarquistas, socialistas y comunistas, radicales de FORJA, que fueron el germen de la conciencia nacional y popular. Conciencia que luego cristalizara el Movimiento Peronista al unirse el sentido de clase a la corriente nacional y latinoamericanista.
Allí están todos los héroes anónimos cuyas sepulturas no tienen ni un nombre ni una cruz. Ya sea por ignotos, por ser solo número para los poderosos que los aniquilaron, ya sean indios gauchos, paisanos, negros, obreros bombardeados en la Plaza de Mayo, fusilados en basurales porque así lo decidieron perversamente. Como nuestros desaparecidos, sobre cuyos paraderos sólo sus desaparecedores conocen.
Ahí está Elvio, junto con ellos, ni bombardeado ni desaparecido ni masacrado, pero también pagando un precio por 50 años de actividad política. Actividad insalubre, criticada, incomprendida y vilipendiada aun por los que más se benefician de ella.
Allí está, con los hombres y mujeres que han construido nuestra identidad nacional y que le dan sentido a nuestras vidas con su ejemplo. Y nos marcan el camino a seguir.
Bienvenida la época en que los ejemplos son personas como nosotros y no ya mármoles, bronces y santos. Hombres con virtudes y defectos que compartieron el camino con nosotros y nos lo hicieron más fácil, como sin dudas sucedió con Elvio.
Cuantas veces fuimos a verlo pensando que teníamos un problema insoluble o grave que requería medidas urgentes, cuya sola explicación nos agobiaba. Pero cuando estábamos frente a él, que nos recibía con esa sonrisa pícara y un “¡Otra vez sopa!”, todo se resolvía al instante.
Nos olvidábamos de todo, charlábamos de cualquier cosa y nos íbamos tranquilos, sabiendo qué hacer por el solo hecho de haber compartido un mate con Elvio.
Era un peronista consecuente, o tal vez sería mejor decir incansable. Cuando los demás se rendían, él seguía adelante. Ninguno de nosotros hubiera soportado los dolores físicos que él sufría cotidianamente y a pesar de ello, jamás se le borraba la sonrisa de la cara ni se le olvidaba el trato amable que todos amábamos.
No sabemos si tendría un sentido de misión en lo que hacía. Sí, que su modo de actuar era profundamente cristiano. Es raro que lo digamos muchos de los que, a lo largo de nuestras vidas, hemos tratado de mantenernos alejados de las religiones.
De hecho, lo pensamos ahora, cuando ya no está entre nosotros.
No existe otro modo de explicar su generosidad, su disposición a ayudar a todos sin pensar de dónde vienen o si “lo iban a votar o no”. Más aún, lo hacía con la conciencia de que lo criticarían en el minuto siguiente de recibir su asistencia, su ayuda.
Tenía una inmensa bondad. Hacía las cosas fáciles. Nos decía, entre tantas enseñanzas, que no debíamos “darle la cosa masticada” a los demás porque si no, no se aprende. Aunque no siguiera su propio consejo todo lo hacía sencillo y de ese modo todos creíamos que en verdad era fácil. Ahora empezamos a darnos cuenta de que eso no era así.
Jamás lo vimos hacer o decir una maldad a alguien.
Comprendió incluso a los que lo traicionaron, pensando simplemente que eran personas débiles.
Nunca predicó el odio aunque a veces se “le saltara la chaveta”, sobre todo estos últimos años, y dijera algo políticamente incorrecto. ¡Las veces que lo habremos criticado! Ahora todo eso no tiene ninguna importancia.
No tenía ambiciones de poder. La vida lo puso en el lugar en que estaba y las más duras críticas que recibió fueron por no usar sus influencias con especulaciones electoralistas.
Lo denostaron porque no publicitaba lo que hacía, porque no entregaba una zapatilla antes de las elecciones y otra después, porque ayudaba a los que estaban en la vereda política contraria y hasta por atender el llamado de todo el mundo.
¿Era un conductor? Más bien era un Maestro que predicaba con el ejemplo. Su palabra era como la parábola que debía ser interpretada cada vez a la luz de los hechos. Uno no podía obtener de él una respuesta directa y salvadora. Había que deducirla.
Quizá porque tenía verdadera vocación docente que desempeñó también tantos años, y algunos exalumnos todavía lo recuerdan como el “Teacher”, como le decían cariñosamente.
Trabajaba siempre para la gente y especialmente para los miles de sampedrinos que pueden dar fe de ello. La lección era hacer lo máximo posible, lo más correcto, lo más generoso con todo el mundo y nada más. Ni nada menos.
El que buscara una segunda intención en él se equivocaba. Su objetivo era ayudar. Mil veces nos dijo que estaba más para las pantuflas que para los cargos. Pero seguía a pesar de todo porque la tarea estaba inconclusa.
Humildemente, creemos que al final se fue satisfecho de su labor. Colaboró con todas sus fuerzas y hasta su último día para producir un cambio político en San Pedro, que haga mejor la vida de todos nosotros.
Te extrañamos Elvio. Gracias.
Kolina San Pedro

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