Sé poco de arte, pero quiero al artista. Conozco menos de danza y poesía, pero cómo aguantarse de quererla. Y cuando quiero, puedo. Digo: cuando queremos, podemos.
Lo que pasó en estos días desentierra algunas preguntas que el bostezo comunal ha venido diluyendo. ¿Qué pueblo, de qué país, de qué tierra, de que qué puede permitir que se le niegue la libertad del ejercicio del arte? Sí, como dice el maestro, el arte es esa única comunicación que va de alma a alma, ¿quién puede animarse a censurar una reinterpretación del mundo? Así como el letargo es perecedero, también tiene un ojo abierto el adormecimiento. Ante la angustia colectiva que generó la posibilidad cierta de que la Casa Museo Fernando García Curten cierre sus puertas, renació la necesidad de hacernos cargo de nosotros mismos. Y así, anónimos a la pasada, mujeres en bicicleta, hombres de oficina, abuelas con nietos en las manos, cantores, albañiles y nadies barriales acercaron la mirada a Fernando y a Chichí para recordarles que la tarea artística puede ser solitaria, pero no así el artista. “No están solos”, de muchas maneras. Entonces los dos se abrazaron como siempre (tal vez como nunca) y no les cupo tanta gente en la sala del pecho.
García Curten cree que el arte nace de la angustia, que alguien, en algún lugar y hace tiempo, dibujó una línea con un hueso y luego tuvo que crear un lenguaje para comprender lo que acababa de descubrir. Y habrá que preguntarse si no fue ese mismo sentimiento de desasosiego lo que nos despertó el grito urgente del “Acá, no”. Sea como sea, la oscuridad existe a partir de la luz y de ahí vinieron palabras y acciones de quienes abrieron los brazos a la Casa Museo. Ellos, Fernando, Chichí, sus hijas Fernanda y Rosaura, sus gatos, sus árboles y cada obra que nos mira agradecen el compromiso. No podría ser de otro modo: no hay cultura sin un otro.
Gracias, de alma a alma.

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