A 25 años de la muerte de Bertha Pujol
El símbolo de la educación que supimos conseguir
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Seguramente son muchísimas las personas que a lo largo de su vida han dejado todo de sí para contribuir, desde su lugar, en una mejora en las características de la comunidad. Cada una de esas personas, anónimas en muchísimos casos, representa un pequeño grano de sal en un enorme océano de individualidades que han hecho de nuestro país lo que hoy es. Con sus defectos y virtudes.
Homenajear, reivindicar y traer al presente la tarea de algunos personajes en particular que han trabajado en pos del bien de la sociedad, es una manera de repensar algunas de las tantas asignaturas pendientes que tenemos, para lograr apuntar y perfilar correctamente los desafíos futuros.
Y con esa premisa, el merecidísimo homenaje a Bertha Sotil de Pujol a 25 años de su fallecimiento, no hace mas que poner en valor la tarea que ella (como tantos otros), desempeñó en San Pedro para aportar a la construcción de un sistema educativo que impulsó el progreso de la Argentina y que durante muchos años fue probablemente la razón mas significativa del importante grado de desarrollo social que mostró el país en relación a Latinoamérica y el tercer mundo.
Hija de un modelo educativo nacional cuyos mandatos principales eran la disciplina y el orden en la escuela (cuya misión esencial y fundamental era formar “buenos ciudadanos”) Bertha Pujol se insertó en la docencia ni bien finalizó sus estudios secundarios y llegó a la Dirección de la escuela Normal de San Pedro en el año 1966 con 37 años. Desde allí, le imprimió su estilo personal a la institución, hasta su jubilación a fines de la década del 70.
Muchas generaciones de sampedrinos recuerdan su impronta, su dedicación al trabajo y su solemne personalidad en la escuela, que inspiraba el respeto de padres, alumnos y cuerpo docente.
Pero Bertha Pujol fue mucho más que eso. Romántica, soñadora, defensora de los más profundos valores democráticos y amante del estudio y la ciencia, dejó testimonio de sus más íntimas convicciones personales en un diario que escribió en plena adolescencia y que aún se conserva.
El destino quiso que pocos días antes de la recuperación definitiva de la democracia que Bertha tanto anhelaba, falleciera producto de una intervención quirúrgica que se presumía en principio “sencilla”.
Hoy en día, en los tiempos que corren y con la misión de la educación pública desdibujada y desalineada y luego de un nuevo paro nacional de los gremios docentes, se hace sumamente interesante poner en perspectiva la tarea y la impronta de docentes como Bertha, que hicieron de su trabajo un compromiso de vida.
El diario de Bertha
Elisa Bertha Sotil de Pujol, nació en San Pedro el 11 de Mayo de 1929. Hija de un inmigrante francés, Bertha se mostró siempre sensible a las artes, la cultura y la educación. Amante del cine, la lectura y el río, adoró siempre la ciudad que la vio nacer y a la que le entregó toda su vida, desde la escuela Normal Superior.
Durante sus últimos años de bachillerato, entre Febrero de 1946 y Agosto de 1947 una Bertha adolescente escribía con una prosa contundente e ideas asombrosamente claras y precisas para una niña de 17 años, un diario íntimo en el que plasmó sus impresiones personales sobre su vida y el país.
El diario nos permite, a 60 años, conocer de primera mano algunas de las cualidades de una adolescente que ya perfilaba como una gran mujer de enormes ideales. El documento, pinta de cuerpo entero el espíritu soñador y la fructífera imaginación de alguien que soñaba con transformar el mundo a manos de la cultura y la educación.
La lastimaba el sufrimiento de la segunda guerra mundial que acababa de terminar un par de años antes y de la que se comenzaban a conocer sus espantosos detalles. Esta lucha entre el bien y el mal, marcó significativamente la época e hizo mella en los ideales de la joven, a la que le preocupaba mucho el posible desarrollo del fascismo en la Argentina y el mundo.
“La conciencia bien formada repele al mal” decía Bertha en su diario. Por su parte, siempre se ocupó de estudiar mucho y de ser una alumna ejemplar. “Mi deseo más intenso es poseer un carácter más firme y una voluntad de acero. Admiro a las personas que poseen esos bienes” reflexionaba.
Una adolescente que de tanto en tanto, era inundada por la pena y por la angustia propia de una mujer brillante, que frecuentemente se sumía en profundas introspecciones, que no podían dar como resultado -a esa edad- más que un cúmulo importantísimo de dudas existenciales. En esos momentos, se refugiaba en la ciencia y en el estudio, como consuelo y desahogo.
Solamente un alma sensible, puede ser capaz de un análisis tan desmenuzado del espíritu humano, con solo 17 años.
En una época turbulenta políticamente, eran comunes entre sus amigas las peleas de novios por cuestiones políticas: “Novios puede haber más, pero las ideas son únicas” decía Bertha.
Ella, quien durante toda su adolescencia se mantuvo alejada de las relaciones sentimentales y se abstuvo de darle lugar a algún hombre en sus aspiraciones, anhelaba encontrar en la vida a alguien “bueno, limpio y trabajador, que tuviera ambición y constancia fiel y “como cualidad ideal y ambición suprema amar y proclamar siempre la libertad y la justicia”. Finalmente sería un hombre precozmente viudo, Sergio Juan Pujol, quién robó su corazón y con quién formaría su familia.
Esa adolescente que prefería la natación al baile y que decía que el río “me fascina, me atrae irresistiblemente, dejaba entrever en sus escritos su preocupación constante por la democracia y el rechazo a la frivolidad.
“Veo estas niñas mimadas y frívolas, y pienso en la necesidad que tiene todo país de ciudadanos educados y encaminados a la lucha… intelectual” anotaba Bertha el 16 de Marzo de 1946 en su cuaderno. Para agregar un poco mas abajo que “Dios quiera que alguna vez pueda llegar a la cátedra y hacer todo lo posible porque los jóvenes puestos bajo mis conocimientos comprendan y practiquen esas ideas”… y Dios quiso.
El 22 de Diciembre de 1952, con 23 años, se recibía en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata y comenzaba con la profesión a la que le dedicaría toda su vida.
Honor y gratitud
Luego de más de 10 años de ejercer la docencia, en 1966 toma el cargo en el que dejaría su profunda marca en varias generaciones: La dirección de la Escuela Normal Mixta “Fray Cayetano José Rodríguez” de San Pedro. La Profesora María Avelina Luna de Sánchez Iturbe, entregaba la posta luego de dos años de interinato en el cargo en el que había sucedido ni más ni menos que al reconocido Profesor Francisco Giovanelli.
A pesar de que se la recuerda por su paso frente a la dirección de la escuela, la forma particular de enseñar y compartir sus conocimientos desde el ejemplo, convierten a esta joven en una verdadera “maestra”. Porque hizo en esencia, docencia como ser humano. De valores y de conductas.
“Cuando Bertha caminaba los pasillos después del timbre del recreo, todos marchábamos a nuestros asientos, no necesitaba decirnos nada” recuerda Carlos, un ex alumno.
Estricta y severísima con alumnos y personal, se las arregló para cosechar afecto desde un cargo que no es precisamente “ideal” para generar cariño. Y sin embargo, a 25 años de su partida, solo hay nostalgia y cariño en las palabras que la recuerdan.
Enarbolando una costumbre que ya se ha perdido, la Directora se encargaba personalmente de la entrega de los boletines de calificaciones. “Me acuerdo como si fuera hoy, de Bertha entregándome el boletín. Siempre me decía que estaba bien, pero que yo podía dar más” cuenta a “La Opinión” Raquel, otra ex alumna. Una tradición que seguramente hacía sentir a cada uno de los alumnos de la escuela, el peso de la mirada individualizada del Director del establecimiento, sobre la tarea que cada uno desempeñaba. Y lo mismo para los docentes, que siempre se sintieron respaldados y custodiados por la tarea de su directora.
“Bertha era la primera en llegar y siempre tuvo un manejo correctísimo de la escuela”, recuerda Carolina, una preceptora que trabajó con ella. Por su parte, una colega en la dirección de la escuela de los primeros años, opinó que “fue una de las buenas Directoras que tuvo la escuela… de las mejores”.
El adiós a la escuela
Si la materia prima fundamental de una institución, son los individuos que la construyen día a día, la partida de Bertha Sotil de Pujol de la escuela fue una verdadera pérdida.
“Su ausencia se notó desde el primer día después de su jubilación” contó una ex docente. Corrían los últimos años de la década del 70 y Bertha iniciaba un merecidísimo descanso luego de más de 25 años de servicio y toda una vida formando parte de la institución y con una enfermedad a cuestas que la torturaba más de la cuenta.
Pero fue muy poco, el tiempo que tuvo Bertha para disfrutar de su retiro. El Viernes 21 de Octubre de 1983 y luego de una operación quirúrgica que se suponía debía ser sencilla, moría uno de los íconos más importantes de la educación pública en San Pedro de las últimas décadas.
A su conmovedora despedida, concurrieron cientos de ex alumnos y colegas. Sus horas de despedida transcurrieron, como casi toda su vida, dentro de la propia Escuela Normal, en donde se velaron sus restos mortales.
Desde su niñez como brillante y aplicada alumna, pasando por los mejores años de su vida profesional, hasta su velatorio y despedida, la existencia de Elisa Bertha Sotil de Pujol, parece haber estada inexorablemente ligada al edificio de la Escuela Normal Superior “Fray Cayetano José Rodríguez”
Allí, el 5 de Diciembre se reunirán todas las promociones en un emocionante encuentro (Ver página 2, columna editorial) en el marco de la campaña “Volver a tomar la escuela”. En pocos días, la Cooperadora pondrá en venta las entradas que pretenden entusiasmar a todas las agrupaciones para hacer su aporte y reencontrarse en el “patio central del mástil”.
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SEA MERECEDOR DE ESTO
La última frase que el protagonista le dice al soldado en la película “Rescatando al Soldado Ryan” es el puntapié para poder escribir estas líneas sobre quién fue mi madre, Bertha Sotil de Pujol. ¿Cuál es su connotación?, el saber que las enseñanzas tanto en su actividad profesional como en su vida privada, calaron tan hondo, que hoy se convirtieron en parte del camino con que mis hermanos y yo transitamos nuestra propia historia.
Su vida fue enteramente dedicada a la docencia. Desde su niñez supo cuál iba a ser su proyección y luchó por eso. Hoy me pregunto cuántas chicas de poco más de veinte años marcharían a la estepa patagónica a dictar clases al Colegio Nacional Perito Moreno, en Comodoro Rivadavia. Allí mamá estuvo muchos años. Partió en 1952, para retornar entre el 56 y el 57 a su amado San Pedro para ser docente en la escuela donde había iniciado su propia formación.
Fue el 31 de Enero de 1966 cuando ella asumió su cargo como Directora de la Escuela Normal, en reemplazo de la Profesora María Evelina Luna de Sánchez Iturbe. Transcurridos más de 10 años en el cargo, por razones de salud, decidió cambiar de turno y pasó a ser la Rectora de la Escuela de Comercio, en el mismo edificio, en el mismo escenario, con los mismos ideales de cómo debía ser su función directiva.
Pasaron los años y los cambios políticos iban y venían. El país estaba convulsionado, el 24 de Marzo del 76 ya era parte de nuestra dolorosa historia. Todo quedó sepultado bajo las órdenes militares. Fue entonces cuando trató de separar las atrocidades de la dictadura y conducir a buen puerto la institución, su amada escuela. Miles de anécdotas de su Ser docente me pasan como una película por el baúl de mis recuerdos. Quizá sería interesante rescatar alguna de ellas.
En algún mes del año 1980, época todavía de militares, se izaba la bandera mientras se cantaba la canción “Aurora”. Fue en el preciso momento de dicha ceremonia, cuando un alumno pretendió hacerse notar y estornudó muy fuerte, quizá alguno de los presentes lo recuerde. Fue entonces, cuando mi madre, inclinándose levemente hacia delante, y dirigiéndose al autor de la humorada dijo: “no se falta el respeto a los símbolos patrios, venga a la dirección que charlaremos”, y continuó con la ceremonia. Se preguntarán si le puso amonestaciones, pues no. Ella sostenía que este tipo de medida disciplinaria, no debía ser un fin en si mismo, por el contrario había que bucear en las profundidades del alumno y ver las causas que originaban tal o cual comportamiento y a partir de ahí trabajar, desde el docente, para poder revertir y sacar adelante al alumno que estaba en conflicto.
Pocas veces supe que fue ella, la mentora de poner amonestaciones. Sin embargo, existieron excepciones, motivos para hacerlo y entonces Bertha rompió su propio reglamento y aplicó las sanciones pertinentes. Mencionare un caso que fue emblemático en San Pedro y trajo un gran revuelo; cuando algunos decidieron que el esqueleto que se usaba en las clases de anatomía, saliera a tomar fresco colgado de un camión. Los autores de que “Felipe”, -así le llamábamos cariñosamente al flaco huesudo-, traspasara los umbrales de la escuela, es parte del anecdotario. Diría que fue ésta circunstancia y sus connotaciones, una excepción a su política, la de charlar, la de disuadir mediante la palabra, la de convencer que tal o cual actitud estaba fuera de lugar.
Muchas veces, algunos viejos profesores, me han contado cuando todas las mañanas se escuchaban los tacos de sus zapatos y luego se habría la puerta de un aula, para que así pudiese ver como se daba la clase; o sencillamente disfrutar junto a los alumnos y el profesor un momento de la mañana. Una vez le pregunte, por qué lo hacía, y ella me respondió: “la escuela no son ladrillos, ni ventanas, ni pisos, son las personas, que en forma conjunta con el edificio la construimos todos los días, y como directora debo velar por mis alumnos, por mis profesores, por el personal no docente, en definitiva por todos los que la hacemos”.
Esa forma de ser la reflejaba constantemente, y como claro ejemplo de su participación en la vida escolar, traigo a la memoria las veces que la vi charlando con el jardinero del comercial, sobre una planta en particular, sobre el cuidado de las rosas, o interesándose por la salud de dicho jardinero.
Inspectores, alumnos, profesores, padres, todos desfilaban por nuestra casa, pese a que ella aclaraba que su trabajo terminaba cuando salía del colegio, razón por la que nunca tuvimos teléfono. Sin embargo, no solo muchos tocaron el timbre en la calle Rivadavia, sino que traicionando su propio reglamento, mamá terminaba trayendo trabajo a casa.
Pero no sería justo no destacar que siempre tuvo a su lado gente que la apoyaba y que trabajaba a la par, y mencionarlas sería interminable y terminaría olvidándome de muchas. Pero, a manera de agradecimiento nombraría a dos entrañables personas, incondicionales en su vida, desde la infancia, la juventud, la vida universitaria en La Plata y luego como colegas: a su amiga Nelly Beneventana y a su hermana, Elba Sotil de Estévez.
En definitiva, y como dije en los primeros párrafos de esta nota, mi madre siempre supo lo que quería ser. Para ella no hubo obstáculos, sino desafíos, como cuando partió a La Plata a estudiar el profesorado en Filosofía y Ciencias de la Educación, y así volcó sus conocimientos para formar a nuevas maestras, para enseñar a enseñar, y para luchar por una escuela no excluyente, sino para todos y con todos.
Fue defensora acérrima de la ley 1420 y todo lo que dicha norma expresa. Para ella la escuela libre, pública y laica, estaba por sobre todas las cosas. Su manera de pensar siempre fue la de hacer de la escuela un lugar para todos, sin ataduras políticas, ni religiosas.
En fin, no es fácil escribir sobre mi madre, porque la delgada línea de la subjetividad, quizás no me permite ser objetivo, pero lo cierto, que estas palabras que hoy escribo a pedido de mi amiga Lily, no buscan solamente sumarme al homenaje por los 25 años de su fallecimiento, tratan de ir mas allá. De sus tres hijos, solo yo no tuve la dicha de ser su alumno, pero si mis hermanos, Sergio y Fernando, y siempre sentí que eso fue para mi una asignatura pendiente, quizá por eso mi placer por enseñar intenten mitigar el no haber tenido esa experiencia.
Por eso hoy, en mi rol como docente, busco en mi interior lo que pudo haberme dejado mi madre, y creo que lo más importante es el comprender que el proceso educativo siempre debe ser un acto de amor, un compromiso de lealtad y respeto hacia el educando. Solo espero ser merecedor de su legado como docente, como padre, como hijo.
David Juan Pujol
La Plata, 18 de Octubre de 2008
