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    1253 semanas de La Opinión

    6 de abril de 2016 | 14:30
    1253 semanas de La Opinión

    Éramos jóvenes y atrevidos. Veníamos a interpelar a una sociedad acostumbrada al buen abastecimiento de noticias locales que ya proporcionaban los medios de entonces. Pero, como en la propaganda del desodorante, “siempre hay lugar para uno más”; y este es el resultado.

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    El aroma fresco del papel de diario impreso en offset se ganaba ese estrecho pasillo para circular y comenzar a llegar a domicilio con un estilo propio de redacción llana, a la que se le sumaban las notas de investigación que formaron parte de la explosión de una camada de nuevos periodistas apenas comenzada la década del 90. Desde 1987, Página 12 había logrado seleccionar a un gran equipo y afianzar un estilo propio en la comunicación. Habían aprendido la profesión con profesores de lujo que escribían a máquina y pasaban el papel para que alguien lo procese en una computadora, con cierta sospecha porque nadie hablaba de tinta. Esos nuevos cronistas tenían ni más ni menos que disputar lectores ávidos, inteligentes, reflexivos, exigentes y demandantes que se aferraban a Clarín y La Nación como referentes, pero no se privaban de mirar la tapa de esa portada con una foto gigante, un título ingenioso que se transformó en un clásico que acunó textos de análisis y opinión que pusieron en jaque a más de un funcionario. Comprarlo era un acto de militancia para sostener esas 16 páginas que se multiplicaron al ritmo incluso de la publicación gratuita de los nombres de los desaparecidos que entregaban las Madres de Plaza de Mayo.

    Todos nos queríamos “parecer” y ensayábamos con decir todo, aun aquello que resultara peligroso o poco conveniente. Sin dudas, el gobierno de Carlos Menem parió una modalidad para los trabajadores de prensa que llegaba para quedarse, instalarse y producir esa primera visión de la historia que percibe “la gente”.
    “Hacer de un cascote una mayólica”, solíamos repetir respecto de hechos muy menores que daban para dos renglones pero que con fotos y bien redactados podían ocupar una media página.

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    Trabajar en los medios de comunicación nos otorgaba un rol importante, pero trascender y permanecer en la gráfica nos obligaba a ser rigurosos con “la versión original de los hechos”.

    La política le ganaba por goleada en espacio a los policiales, y el deporte en medio de la semana permitía el análisis más allá del resultado. Era un tiempo en que la agenda se imponía por el peso de sus protagonistas y no por el protagonismo de quien las escribía.

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    Una época en la que un accidente de un menor llegaba a la portada porque no se estaba acostumbrado a que la muerte adolescente fuese una noticia de consumo cotidiano. Un territorio en el que disputar un cargo público podía ser un honor y no una ventaja para la subsistencia. Una ciudad que ya había perdido su laguna se preparaba para dejar morir sus cosechas y para olvidar el anhelo de la radicación de alguna industria.
    El cuarto de siglo que comienza a transitar La Opinión ha sido sin dudas la oportunidad de crecer y ver crecer un archivo que resiste discusiones y no olvida anuncios o promesas que hoy suelen formar parte de logros y frustraciones.

    Por momentos, los teclados se mueven solos para repetir algunos títulos, cambiando de protagonistas y al ritmo de las gestiones: los árboles de la 191, el basural, la depuradora, las usurpaciones en la costa, el puerto, los montes de fruta, las exportaciones, la laguna, la propiedad de la Coopser, el caos de tránsito, el presupuesto municipal, los sueldos de los funcionarios… que se suman al “todo mal” puertas adentro y a sentir “orgullo sampedrino” puertas afuera.

    A áquel semillero de periodistas y a los precursores de nuevos modelos de comunicación radial les queda el sabor incomparable del cambio vertiginoso, del fax al Instagram; del carbónico a la app del celular.

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    Es cierto que para casi todos esa mutación lleva el nombre de avance tecnológico, pero en realidad se trata de nostalgia y deseos de volver a sopesar el valor de la verdad puesta en palabras. No es lo mismo tener una memoria sensible activa que almacenar todo en un disco rígido o en la nube para ir a buscarlo cuando se necesite. Acaso les suceda con las fotos, pero aquí nos gusta ir por los biblioratos a tientas y con la sola guía de una tapa memorable.

    Los hombres y mujeres que se desempeñaron y desempeñan como sobrevivientes en los medios de comunicación tradicionales y ahora en los digitales son parte de una generación que se siente victoriosa y a la vez vencida. No han podido asimilar los tiempos en los que se los obligó a regresar a la guerra que los mantuvo como rehenes y víctimas desde que apuntaron a demoler las trincheras donde se refugiaban sus principios. Principio a veces es comienzo, pero en el caso del periodista es conducta y convicción.

    Los sobresueldos en la SIDE destinados a programas de televisión, radio y sus conductores fueron el punto de partida para el desguace moral y la justificación para la puesta en marcha de un ejército de denostadores y descalificadores mal llamados periodistas militantes, gente que tal vez por necesidad de llevar el pan a su casa o saciar la sed de fama contribuyó a la demolición intelectual que por perversidad y cálculo quedó en manos del más despreciable empresariado.

    A poco de agotarse la caja de la publicidad oficial con la que nunca pudieron contar los que se resistieron al perverso compás de correr detrás del Estado como único anunciante para que se caiga una idea, nos identificamos con varios párrafos de una nota editorial del bisemanario Perfil firmado por Jorge Fontevecchia que refleja lo que pasa cuando el interés por la noticia y la verdad se considera una cuestión menor.

    “Con el dinero de la AFIP, Cristóbal López compró medios por alrededor de 250 millones de dólares sumando los de Daniel Hadad, la productora de Marcelo Tinelli, el diario Ambito Financiero, y las productoras Pensado para Televisión (Diego Gvirtz) y La Corte. Estas dos últimas empresas no tenían tradición en la industria de medios porque nacieron por y para el kirchnerismo (en el caso de Ambito Financiero, había fallecido Julio Ramos). Pero Hadad y Tinelli sí eran jugadores permanentes y por eso mismo fueron sus compras a ellos las más emblemáticas”, dice el artículo publicado a pocas horas de la nota en la que se reveló que el empresario petrolero se quedó con 8.000 millones que le pertenecen al Estado nacional.

    Luego recuerda que “En Estados Unidos se explica que cuando los dueños de The Washington Post (los herederos de Katharine Graham) decidieron vender su diario podrían haber obtenido mucho más dinero si, en lugar de vendérselo al dueño de Amazon, lo hubieran negociado con el representante de un magnate ruso o chino o un norteamericano que precisase mejorar su mala reputación”, para quien un medio de esa importancia sería una especie de blanqueador. Esos abundan en todos los rubros, aun en pequeñas comunidades donde todos saben si “te criaste a guiso”.

    El diario norteamericano decidió ganar menos para dejarlo en manos del emprendedor digital Jeff Bezos, quien contaba con antecedentes como para mantener e impulsar al The Washington Post en la lógica que impone la era de la comunicación digital y mantenerlo vigente, cumpliendo los mismos principios periodísticos.

    No fue ese el único ejemplo que citó Fontevecchia cuando se recibieron muy buenas ofertas por la compra de la señal televisiva de San Pablo que manejaba Editorial Abril de Brasil. El límite fue para “que no fuera a ninguna de las nuevas iglesias, que pagaban mucho más porque utilizan los medios para captar fieles, que luego aportan su diezmo”. La empresa editorial prefirió venderle su señal a una persona de trayectoria en la televisión del país vecino.

    “Quizá resulte extraño para el mundo del comercio, donde los bienes se venden al que mejor pague, pero en una sociedad evolucionada se aspira a que quienes se dediquen a los medios tengan algunos valores que trasciendan, aunque sea en una mínima proporción, la sola maximización de los beneficios, y mucho más en aquellos que han dedicado toda su vida a los medios”, escribió, y cerró con el párrafo que comparte a pies juntillas La Opinión Semanario: “Es cierto que existen empresarios especializados en ser desarrolladores de negocios: compran empresas para mejorarlas o lanzan nuevas para instalarlas y luego las venden a quienes las continúen porque su especialidad es agregar valor inicial. Pero no debería ser lo mismo con los medios de comunicación, que tienen una incidencia social distinta a la mayoría de las actividades sólo productivas. Por el contrario, ser un desarrollador de medios para ser vendidos a quienes los utilicen para otros fines es como ser un fabricante de armas para venderle a ejércitos de mercenarios”.

    En este presente intentamos generar nuevas ideas, satisfacer a suscriptores y lectores que hoy tienen 25 años más y quieren un cuerpo de letra más grande para leernos sin anteojos. Este ahora nos propone la generación de contenidos que atrapen a la gigantesca masa de lectores que se suman desde cualquier lugar del mundo y con la certeza de poder consumir gratis lo que otro generará para compartir. Así es ahora, así será al menos este año porque, aunque la velocidad de la nueva comunicación nos obligue a tomar las curvas a fondo, no queremos morder la banquina ni abrazar la bandera a cuadros si no es porque somos muchos en la carrera.

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