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martes, septiembre 21, 2021
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Para Marta Novaro

Marta, estaba de mi parte la promesa de escribir para vos. Pensé que tenía que escribir un texto que reflejara aunque fuera un poquito tu rica personalidad, tu manera de sentir y pensar. Y entonces escribí un cuento que como todo cuento, es una ficción y por lo tanto, cualquier semejanza con hechos o personal reales, es mera coincidencia. Este cuento está dedicado a la Marta que tuve el placer de conocer un poquito hace muchos años y a la Martita que hace menos años tuve la hermosa oportunidad de aprender a conocer mucho más,... Los guardapolvos “Así que es verdad”, se dijo a si misma mientras entrecerraba los ojos encandilada por el resplandor del sol que inundaba la galería. Se acomodó, estirando su menudo cuerpo, en el sillón de mimbre, ese que hasta hace muy poco sólo era un adorno más. Porque ella no tenía mucho tiempo para sentarse y descansar y “su” Juan, siempre frente a la mesa de trabajo o frente a la computadora… ¡qué se va a sentar a tomar sol, en invierno, y en la galería! Pero ella ahora si. Ahora podía. Podía disfrutar del sol de las diez que daba a pleno sobre su pelo, colorado por elección, podía cuidar las flores del jardín, podía jugar con su nieta, podía acariciar tranquilamente el gato gris regalo de una de sus amigas, salir a caminar porque si a cualquier hora… podía… podía… podía… “Era cierto entonces lo que me decían las otras”, pensó, “es otra vida…” -¡Señora Marta! ¿Qué hago con los guardapolvos? La voz de su empleada la sobresaltó. Lola estaba a su lado con dos guardapolvos colgados en sendas perchas. Blancos, con sus cuellos bordados primorosamente y sus voladitos en el canesú. Perfectos. -Yo los planché, no se si los va a guardar así o en una bolsa. A mí me parece mejor en una bolsa de papel blanco, con naftalina y en una caja, así no se ponen amarillos porque… Lola seguí ay seguía. Siempre hablaba mucho, más que su patrona, que ya es decir. Pero marta ya no la escuchaba. Tenía los ojos fijos en los guardapolvos que, a semejanza de una pantalla cinematográfica, reflejaban las imágenes de momentos muy importantes de su vida. Y comenzó a recordar… Hacía calor esa mañana de marzo. O por lo menos ella sentía calor y sus mejillas se habían arrebolado haciendo juego con su boca pintada de rojo. Su pelo negro y su piel morena contrastaban con el delantal blanco que su madre había almidonado y planchado y los ojos, vivaces e incansables, demostraban su ansiedad. Era su primer día como maestra. No podía parar de hablar y reír. ¡Estaba tan feliz! Nunca olvidaría ese día. Pero ¡Cuántas mañanas de marzo como ésta le tocaron vivir! Y en todas se puso nerviosa, en todas pintó su boca de rojo, en todas su guardapolvo estuvo blanquísimo y siempre se sintió feliz, feliz de ser maestra. Eso era lo que había elegido. Tantos años de trabajo, en tantas escuelas, tantos chicos fueron sus alumnos, y luego los hijos de esos chicos también lo fueron, cuántos amigos cosechados... Siempre esforzándose para estar “espléndida”, como a ella le gusta definirse, siempre con una palabra cariñosa a flor de labios para los alumnos y sus compañeras, y alguna vez que no se sintió del todo bien, volver a su trabajo la hizo sentir mejor. Por eso ahora está feliz porque podrá hacer muchas cosas, pero... también siente que algo importante en su vida terminó. El murmullo de la voz de Lola que seguía hablando y hablando, la hizo reaccionar. ...y mi abuela siempre decía que a la ropa blanca hay que guardarla envuelta en papel azul, ¿Tiene papel azul señora? Yo le puedo conseguir si quiere porque el marido de mi prima Rosita, una porquería ese tipo, pero bueh... !Que le va hacer!... bueno este desgra... este hombre, trabaja en una papelera. ¿Se acuerda de Rosita, la hija de mi tía Juana, la que... Bueno Lolita, mi tesoro, no te preocupes, no molestes a tu prima ni al marido – le dijo – Y si me acuerdo de tu prima Rosita, un amor de chica, lástima pobrecita que no tuvo suerte ¿no? Se levantó y poniendo su brazo sobre los hombros de Lola comenzaron a caminar hacia la cocina. Mirá Loli, amorosa, esos guardapolvos... no los vamos a envolver ni en papel blanco, ni en papel azul, ni en caja, ni con naftalina. ¿Sabés por que, tesorito? Porque en los papeles dice que yo me jubilé, pero no dice nada sobre que mis guardapolvos se hayan jubilado. Ellos pueden seguir trabajando sobre los cuerpos de otras maestras con muchas ganas de enseñar, como yo las tuve; y pueden andar todavía por muchas aulas y volver a mancharse con manitos pegajosas de chupetines, lápices con punta afilada o fibras traviesas y hasta pueden saltárseles algún botón producto de un tirón cariñoso... Así que, por ahora, dejá mis guardapolvos colgados en el ropero, porque ellos seguirán asistiendo a clase, igual que yo. Bueno señora, pero... perdone no, pero yo no la entiendo. Si usted se jubiló, ¿por qué dice que va a seguir asistiendo a clase? Porque voy a seguir Lola, porque todo lo vivido enfundada en un guardapolvo, está tan dentro mío que la escuela es una parte de mí y nunca podré abandonarla. Así que seguiré asistiendo a clase a través de mis recuerdos y de los que me recuerden, de los que fueron mis alumnos, sus familias, a través de mis compañeros y de las aulas, pasillos y galerías de las escuelas por dónde transité y en dónde fui dejando día a día un poquito de mi y aprendiendo mucho de quienes me rodearon. ¿Sabés?, algunas amigas me dijeron que cuando uno se jubila comienza a vivir “otra vida”. Y hasta hace un rato yo también lo creía. Pero ahora, después ver mis guardapolvos, creo que esa otra vida tiene que construirse y alimentarse de la vida que vivimos antes, porque si no no tendría sentido y no se podría disfrutar plenamente. Ahhh! Bueno... si usted lo dice... será así nomás – dijo Lola, y se quedó callada mientras Marta se dirigía a la galería. Pocas veces se podía lograr que Lola quedara callada durante varios minutos, pero ahora, después de lo que había dicho su patrona, además de estar callada, su rostro regordete denotaba preocupación. Después de un rato, lentamente, comenzó a subir las escaleras con los guardapolvos planchados rumbo a la habitación de los dueños de casa. Al llegar al descanso giró bruscamente y comenzó a bajar corriendo hacia la galería. ¡Señora Marta! ¡Señora Marta! ¡¿Y ahora que pasa tesoro?! ¿Porqué gritás así? Después de todo lo que dijo... digo yo... jubilada y todo y con sus recuerdos y con lo de la otra vida... ¿Igual va a seguir estando espléndida no? ¡Si mi tesoro, siempre estaré espléndida! [i]Ana María Debolio[/i]

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