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lunes, junio 21, 2021
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La travesía de unos aventureros que hoy es búsqueda desesperada

El velero que tripulaban los sampedrinos Jorge “Pulga” Benozzi y Horacio “Mono” Morales está en emergencia desde hace una semana. Navegaban por el mar brasileño con destino a Río de Janeiro cuando los sorprendió una tormenta que dañó el mástil y el motor. Las Armadas de Brasil y Argentina movilizaron más de mil hombres para los rastrillajes áereo y marítimo. Los familiares viajaron a Brasil para acompañar la búsqueda. Toda una ciudad pendiente de las noticias. La historia de un viaje soñado.

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El viernes 22 de agosto zarpó de las costas de San Fernando el velero Tunante II, una confortable embarcación tripulada por Jorge “Pulga” Benozzi, Horacio “Mono” Morales, Alejandro Vernero y Mauro Capuccio. Los amigos iniciaban así una exigente travesía que los llevaría por el mar del Brasil con destino a las costas de Río de Janeiro, donde planeaban llegar alrededor del 12 de septiembre.
Nadie esperaba que cuatro días después las condiciones climáticas no fueran las mejores, a pesar de lo cual decidieron continuar viaje, y menos aún que una tormenta los sorprendiera y provocara serios daños en la embarcación, que hasta el cierre de esta edición permanece a la deriva, sin novedades sobre su paradero.
Las Armadas de Brasil y Argentina, quienes en total dispusieron de cuatro barcos y cuatro aviones, diagramaron un mapa de búsqueda que hasta el momento no ha dado resultados.
En San Pedro, toda la ciudad permanece alerta a la espera de noticias sobre el “Pulga”, el “Mono” y sus compañeros de aventura.

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Un día de furia
El viaje era normal y así se lo habían hecho saber a sus familiares mediante las comunicaciones constantes que mantenían a diario. En el velero Tunante II viajaban el oftalmólogo sampedrino Jorge “Pulga” Benozzi, de 62 años; el cardiólogo del Hospital Pirovano Alejandro Vernero, también de 62; el yerno de Benozzi, Mauro Cappuccio, de 35; y Horacio “Mono” Morales, de 57 años.
Giovanna, la hija mayor de Benozzi, fue quien alertó sobre lo que les estaba sucediendo. La joven informó que el martes mantuvo la última comunicación con su padre, quien le había indicado que una fuerte tormenta los sorprendió y que, debido a las olas que superaban los ocho metros, la embarcación se les volcó sobre uno de los laterales pero que luego, por el propio oleaje, recuperaron su posición normal.
La situación provocó que el velero sufriera la rotura del mástil y en consecuencia perdiera el único factor de propulsión con que cuenta. El motor que posee este tipo de embarcaciones es sólo de apoyo ante circunstancias eventuales, pero no lo suficiente como para navegar en el exigente mar.
La fractura del mástil generó a su vez que se dañara la antena que sirve para comunicarse. El único medio de comunicación pasó a ser el sistema satelital, que al agotar su batería también quedó inutilizado. A partir de allí, la pérdida de contacto generó el alerta y el velero Tunante II pasó a estar en emergencia.
Todos se encontraban a bordo de la embarcación, un velero clásico de doce metros de largo y resistente a diversas circunstancias, que podría haber sufrido otro tipo de improviso.
Desde el entorno de los tripulantes aseguran que llevaban provisiones para aguantar más de quince días, diez desde la tormenta, y que las características del barco les daba la posibilidad de permanecer en cubierta y a la deriva hasta ser rescatados.
A partir de allí se generaron las voces de aliento y esperanza de los familiares y amigos, que rezan e imploran para que los cuatro navegantes regresen sanos y salvos.

En San Pedro esperan que vuelvan
San Pedro es una tierra que cuenta con mucha gente relacionada con la actividad náutica. Respetuosamente, han sido muy cautos a la hora de brindar opiniones al respecto. No solo por tratarse de vecinos conocidos sino porque existen firmes posibilidades y hondas esperanzas de que los cuatro tripulantes sobrevivan a esta peripecia y sumen una anécdota más a otras tantas que han vivido arriba de un velero.
Los amigos médicos del “Pulga” Benozzi, viudo, padre de dos mujeres y hermano del Dr. Miguel Benozzi, aún esperan con ansias verlo entrar por la puerta principal de la Clínica San Pedro o caminar por la dársena del club Náutico y fundirse con él en un fuerte abrazo para que luego, durante horas, les relate esos inolvidables días a la deriva en alta mar.
Lo mismo sucede con el “Mono” Morales. Padre de una mujer y gran jugador del maxibásquet, debe estar ansioso por saber cómo le va a la generación postdorada en el mundial de España. Las noches de la Clínica San Pedro son distintas sin él sentado en la recepción para recibir a los pacientes.
Quienes conocen a los tripulantes sostienen que el Dr. Vernero era quien más conocía de navegación. “No era un improvisado”, aseguraron. El cardiólogo tiene en su curriculum navegante el haber cruzado nada menos que el océano Atlántico en un velero de similares características.
Si bien hacía tiempo no emprendía un viaje tan largo y exigente, no hay una sola persona de su entorno que no exprese que “estaban preparados para navegar y tenían mucha experiencia en excursiones de este tipo”.
Jorge Benozzi , su yerno Mauro y Horacio Morales conocían bien de qué se trataba, aunque todos coinciden en que el Mono era de los más solidarios pero con menos conocimientos.
Los cuatro habían planeado el viaje varios meses antes y con mucha confianza. Zarparon con la ilusión de navegar durante un mes para regresar y relatar una vivencia más, de esas únicas que los amantes de la náutica atesoran como un orgullo.
El caso, que movilizó a todo el país, se sigue minuto a minuto desde nuestra ciudad. No hay quien no hable del tema, no hay quien no pregunte por “el Pulga” y “el Mono”. Todos confían en que esta historia terminará como otras tantas. Que los náufragos argentinos sobrevivirán a la furia del mar y tras los días de intensa búsqueda serán recibidos como héroes por toda la comunidad.

Por lo pronto, sin señales
Pasan los días y las inclemencias del tiempo juegan un papel preponderante ante la emergencia. La búsqueda frente a las costas de Río Grande do Sul es intensa y, desde ayer a la mañana, con los hijos de los tripulantes en Brasil, para acompañar las tareas que allí se realizan.
Los gobiernos argentino y brasileño se complementaron a través de la Armada de cada país para efectuar un trabajo en conjunto; encomiable, aunque con resultados que, al menos hasta el cierre de esta edición, no han sido los esperados.
Los primeros días de rastrillaje fueron complicados por las fuertes tormentas que todavía perduraban en esa zona. Durante el fin de semana, las condiciones meteorológicas mejoraron y permitieron que la búsqueda se intensificara con el objetivo de hallar la embarcación.
Ayer se sumó otra fragata Argentina, la Gómez Roca y a su vez regresó a tierra la Tritao, que fue a reparación. Las tareas programadas por las autoridades marítimas prácticamente se completaron durante la mañana del martes y se decidió rastrear en sentido a la costa, por el curso que ha tomado el mar a raíz de la llegada de una corriente fría.
Ahora y mientras el clima lo permita, las tareas de búsqueda se desarrollan en espiral, desde adentro hacia afuera, ya que la corriente fría logra que todo se dirija en sentido a la costa.

El destino de los sampedrinos
Más allá de que las circunstancias sean totalmente opuestas, esas cosas que tiene el destino ponen como escenario principal a la ciudad de Río Grande do Sul, prácticamente en el límite con nuestro país.
Hace poco más de un mes, ni bien terminó el Mundial de Fútbol en Brasil, un grupo de amigos sampedrinos, utilizando el nombre de su equipo de fútbol, protagonizaron una historia cargada de anécdotas y emoción.
Los chicos de “El Alfajor” colgaron una bandera argentina de unos cuantos globos y dejaron que se la llevara el viento. El destino quiso que la bandera volara hacia Brasil y cayera en un campo de Río Grande do Sul.
Todos los canales y portales de noticias se encargaron de narrar esta simpática historia. Hoy, cuando esa anécdota aún sigue viva, los mismos comunicadores que siguen de cerca las noticias que llegan desde el mar, relatan asombrados la contracara de una ciudad que aún espera ansiosa que sean buenas noticias las que lleguen desde tierras brazucas.

El “Pulga”, destacado
en el mundo
Todas las noticias sobre el naufragio de los sampedrinos tiene la particularidad de destacar a Jorge “Pulga” Benozzi desde el punto de vista profesional. No hay nota en los medios nacionales e internacionales en las que no se lo señale como un “prestigioso médico”.
Su “Método Benozzi” que reemplaza con la “pulgota” a los anteojos ante la presbicia, patentado en Europa y Estados Unidos en 2003 y reconocido por la Sociedad Argentina de Oftalmología en 2009, es un verdadero invento revolucionario.
La presbicia es una enfermedad que se agrava con el paso del tiempo. Para “ver bien”, el ojo pone en marcha un mecanismo que hace variar el espesor del cristalino, aumentando su potencia. Eso se produce a través de la acción del músculo ciliar, que, como todo músculo, pierde elasticidad con el paso de los años y afecta la flexibilidad del cristalino, haciendo disminuir la visión a corta distancia.
Los síntomas aparecen entre los 40 y 50 años de edad: hace falta separarse de lo que se lee o de la tarea que se realiza y se necesita cada vez más luz para leer. La situación suele ser chocante para quien la padece, porque suelen ser personas que nunca usaron lentes y descubren un rápido y progresivo deterioro en su visión cercana, lo que obliga a aumentar constantemente la graduación de sus cristales.
“En aquellos años no pensábamos en el perjuicio que podía ocasionar el uso de anteojos para el tratamiento de esta enfermedad y estábamos contentos de poder solucionarlo así”, relató el “Pulga” a La Opinión cuando este semanario publicó el logro de este hijo dilecto del pueblo.
Jorge Benozzi nació en San Pedro y cursó sus estudios secundarios en el viejo Colegio Nacional. Allí lo llamaron “Pulga”, que lo identifica en la patria chica más que el apellido. En el año 1970 se instaló en Buenos Aires para cursar en la UBA la carrera de medicina, que terminó en 1976.
En 1978, ya especializado en oftalmología, trabajaba en el Hospital Durand y recibió la posibilidad de especializarse en Bélgica, que por esos años era un centro de referencia en la medicina oftálmica. Allí, Jules Francois intentaba articular las investigaciones que paralelamente se desarrollaban en EE. UU. y la Unión Soviética, en plena Guerra Fría.
A pesar de las dificultades del idioma, el “Pulga estudió, investigó al lado de Francois y se transformó en uno de los principales referentes sobre las enfermedades de la vista.
En 1981 volvió a la Argentina, enviado por la propia Universidad de Gantes, Bélgica. Aquí permaneció hasta 1984, año en que volvió a Europa, para trabajar y estudiar en Francia. En 1987 regresó a nuestro país y se instaló definitivamente con su familia, aunque mantiene una relación profesional constante con el viejo continente, ya que durante veinte años atendió pacientes y practicó cirugías en España y Francia.
Su pasión por la navegación nació, como no podía ser de otra manera, en la costa del Paraná, en el club Náutico, donde además fue un destacado atleta en deportes como básquet, vóley y en actividades gimnásticas como cajón y colchoneta.

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