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jueves, mayo 19, 2022
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Cuba quiere ser Cuba

 

“Cuba quiere ser Cuba, y nada más.” Lo dijo Sartre luego de visitar la isla, en el año 1960, junto a su mujer rota y amada Simone de Beauvoir. Lo dijo el francés y lo repito yo, sencillamente un viajero curioso.
Vuelvo de un país en el que se habla de revolución como se habla del tabaco, de las corrientes de frío o de piratas y tesoros por encontrar. Esto no debería llamarnos la atención ni venir al caso, a menos que seamos de un país en el que ardan todas las bocas que pronuncien esa palabra y se nos vuelva la muerte a los pies ni bien cruzamos la erre. Pero, decía, vuelvo de un país en el que la Revolución se canta, se grita, se vive y se critica. Claro que sí: ¿cómo no criticar aquello que se quiere y que costó tanto? ¿Cómo, si no, se renuevan las premisas ya cumplidas?
Hablemos de derechos fundamentales. Salud. Educación. Vivienda. Parecería una enumeración arbitraria de quien escribe, pero no. Alexis es camarero en un hotel de Freire, un pequeño pueblo cercano a la ciudad de Holguín. No se queja de su sueldo y se alegra con las propinas. Mientras machaca la yerba buena del mojito me cuenta que médicos cubanos salvaron el riñón de su hija. La recuperación fue dura, larga, pero al salir del hospital sólo dejó un saludo ferviente al plantel de doctores y las gracias. Yaricel vive en un barrio humilde, en las afueras de Camagüey. En el centro histórico de la ciudad hay una maqueta de la zona urbana y su casa, de tan alejada, no figura allí. Lo toma con humor, ríe bien blanco y se tapa los ojos. Yaricel está cursando el cuarto año de la carrera de medicina y en sus pocas horas libres estudia alemán. El Estado le garantiza transporte, materiales, la vianda diaria y un incentivo económico. Si eres extranjero –me dice– igual tienes derecho. Además, ni Alexis ni Yaricel pagan por su vivienda: el alquiler no existe. Y no me niegue la sorpresa, si es que usted vive en una ciudad en la que la especulación del negocio inmobiliario ha llegado a límites insospechados.
Y así, entre deudas pendientes, bloqueos crueles, y aperturas de nuevas etapas, Cuba quiere ser Cuba. Podrán los dólares de los turistas reemplazar algunos ingenios azucareros, pero jamás pensarán en exportar un grano de alimento si un solo niño cubano sufre hambre. No han oído siquiera hablar de la fuga de cerebros, porque esos especialistas forjarán nuevos y mejores profesionales, como los científicos que descubrieron la cura de la diabetes y que actualmente tienen a prueba la vacuna contra el cáncer. Nunca, nadie, ni el propio Estado, arrendará una casa mientras un habitante que pise ese suelo caribeño viva en la calle.
Digo, entonces, que Cuba quiere ser Cuba; y que se molesten los que se molestan, pero vuelvo de un país que no necesita de visitantes altaneros ni de sus ases de manga para explicar las etapas históricas, el progreso y todo lo que afuera de la isla es “mejor”. No cabe, en el país del que vengo, una propina lastimosa para compadecerse, como buen cristiano, del pobre que nos sirve. No merece que les enseñemos nada, porque no hay nada que podamos enseñarles: evitemos pretensiones. De los profetas financieros están hartos, y contra ellos han luchado hasta vencer; de los visitantes playeros y sus consejos están empachados, pero se los escucha sordamente porque de ellos se vive, a pesar de todo.
Propongo complacer a los cubanos con un poco de silencio. Guardar la primera piedra y el librito de opinólogos del bienestar, compradores de pocos dólares, con ganancias sin declarar. Cuba quiere ser ese pueblo de rutas angostas y carteles clavados en la tierra que dicen “El mundo debería ser una gran familia. Buen camino”. Vuelvo de un país en el que Cuba quiere ser Cuba, y nada más.
Román Solsona

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