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Publicado el: Miércoles, Julio 29, 2020 - 07:24
Pequeñas historias que nos hacen grandes

Alonso, 77 años: "A veces sueño que estoy trabajando y que estoy en movimiento"

Nació en Mendoza y, por trabajo, llegó a la zona a los 13 años y se instaló a los 26. Fue recolector, embalador, tractorista, camionero y otras tantas actividades relacionadas con la actividad frutícola, que supo ser una la más importantes de la región. La casa propia, el estudio de los hijos y una historia de vida de un trabajador que hizo grande a su pueblo en la cotidianeidad.

"La gran Roma / está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?", es una de las preguntas del obrero que lee,  el célebre poema del alemán Bertolt Brecht. Más cerca y más nuestro, el librero y radialista Román Solsona afirmó que "a los pueblos los hace la gente / los lugares, los mitos vivientes", en una canción que musicalizó Nico Aulet. 

Por eso, La Opinión presenta Pequeñas historias que nos hacen grandes, una serie de retratos de vecinos comunes que con su trabajo cotidiano forjaron su pueblo, dejaron huella en su familia y sus amigos, en sus clientes o en sus compañeros. Esos héroes anónimos, los que ante cada victoria colectiva cocinaron el banquete de los festejos y ante cada fracaso pagaron los platos rotos.

Uno de ellos es Alonso Valenzuela. Tiene 77 años y vive en Gobernador Castro. Nació en el departamento mendocino de Guaymallén, una zona rural que debe su nombre a un cacique pero que en lengua huarpe significa "tierra de bañados", ubicada a apenas 6 km de la capital provincial en lo que hoy se denomina Gran Mendoza.

La primera vez que llegó a la zona de San Pedro fue en 1956. Tenía apenas 13 años. Ya trabajaba. Su padre había fallecido hacía dos años y la situación económica familiar lo puso en ese rol. "Fui embalador desde los 13 años. Sé que los tiempos cambiaron y que los chicos no tienen que trabajar, pero también a veces creo que por eso hay tantos vagos", opinó ante La Opinión.

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Durante más de 10 años, Alonso Valenzuela vino a Gobernador Castro a trabajar "para la temporada de durazno, con Julio y Fito Rolfo". En el año 69, la firma Tauterys "decidió trabajar diferente y vender la cosecha de las plantaciones, que eran como 6.000 o 7.000, por cuenta propia; antes se las vendía a Rolfo", recordó. 

Ese año, un mes antes de que el mundo asistiera a la llegada del hombre a la luna, Alonso recibió el llamado para volver al lugar de donde se  había ido en abril tras terminar la temporada: "Me fueron a llamar para trabajar todo el año con Tauterys", contó.

Tenía 26 años. "Llegamos a Castro con una valijita chiquita cada uno", dijo este jubilado que hoy, 51 años después, dialogó con La Opinión desde su casa en el pueblo erigido en las tierras que donó Emilio Castro Rocha en 1878, seis años después de dejar la gobernación bonaerense.

Esa vivienda familiar es su máximo orgullo de trabajador: "El 80 por ciento de la gente que trabajó con Tauterys tiene su casa", estimó Valenzuela. En esa firma también trabajaron sus hijos, Mauro, Marina y Martín. El último y David, el restante, hoy residen en España.

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"En las vacaciones, me acuerdo, venían los pibes de 14 y 15 años y nos pedían un  laburo. Ahí se juntaban unos 25 chicos que hacían algunos trabajitos y se juntaban la platita para los viajes", recordó Alonso sobre aquellas épocas de jornales para todos y todas.

"Tengo cultura de trabajo, todo lo hice con trabajo. Empecé a trabajar con Tauterys con 6.000 o 7.000 plantas, era gente muy emprendedora, siempre para adelante. Después, poco a poco, había 20.000, 40.000, 50.000, 60.000, 70.000 plantas, llegamos a trabajar 300.000", recordó.

"Con las plantas de durazno trabajaban entre 12.000 y 14000 cajas por día, 1 millón de cajas por temporada", enumeró. Asombrado acaso por su propio relato, destacó: "¡Fijate qué movimiento tenia Castro!".

Y claro, la firma Tauterys era una empresa grande: "Unos 1700 metros cubiertos; aparte, las dos cámaras frigoríficas; los galpones donde iban los tractores y las máquinas; los talleres donde se arreglaban las maquinarias y los camiones; el aserradero que traía la madera de Entre Ríos y acá se cortaba y se armaban las cajas; y además había otros aserraderos trabajaban para Tauterys".

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"No se daba abasto de tanto trabajo", sostuvo Alonso Valenzuela, tras más de 50 años en una localidad que vio perder los montes frutales, los galpones de empaque, la actividad ferroviaria y con todo eso a los propios habitantes. Pero hubo un tiempo que fue hermoso: "Castro se hizo grande porque la gente venía y se quedaba".

"El consumo era entre 10 y 14 mil cajas por día", dijo Alonso. Habla de los duraznos más famosos del país, los de la tierra donde todavía se hace la fiesta para agradecer las bondades del fruto maravilloso que fue sostén de todo un pueblo.

"El que quería trabajar, trabajaba", reflexionó. Es que "la gente trabajaba, había consumo". Tras 41 años de trabajo en el año 2010, Alonso Valenzuela se jubiló, ya en la empresa Frutales, donte estuvo una década. 

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"Lo recuerdo, lo pienso y lo sueño. A veces sueño que estoy trabajando y que estoy en movimiento", dijo mientras su cabeza volvía a aquellas épocas. "Toda la vida trabajando, desde chico; trabajando. Sueño y digo ¡qué lindo!", repitió, emocionado.

"Cuando trabajás, podés darle un estudio a los hijos", celebró Alonso Valenzuela, que tiene cuatro que le dieron ocho nietos. Alonso fue podador, tractorista, camionero en el mercado, hizo todos los trabajos que pueden hacerse en el ámbito de la fruticultura, actividad de la que su memoria es, para las nuevas generaciones, un verdadero horcón que sostiene una manera de ser y hacer las cosas.

EDICION IMPRESA #1461
Lunes 13 Abril 2020

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